En diciembre de 2014, los alcaldes de Londres y Paris decidieron prohibir totalmente los autos a diésel en sus ciudades para el 2020. Lo hicieron porque este combustible ha causado que cerca de 3.000 personas mueran al año por la contaminación que se provoca en la capital británica. El diésel es un derivado del petróleo altamente venenoso para el ser humano y el medio ambiente que puede causar enfermedades mortales a quienes tengan contacto con sus emisiones. Pero una medida como la adoptada por las ciudades europeas está muy lejos de ocurrir en Ecuador: de este combustible depende que la cadena productiva del país pueda ofrecer productos de alta calidad a un precio bastante cómodo para los consumidores. Por eso al diésel nadie le va a quitar el subsidio.

En Ecuador todavía existe una dependencia total de hidrocarburos derivados del petróleo. En 2012, el 99,75% de los vehículos utilizaban tecnología tradicional de combustión interna y, según datos del INEC, en 2013 habían 187.263 vehículos matriculados que utilizaban diésel. Dentro de esta cifra se encuentran camiones, camionetas, trailers, volquetas que son utilizados para transportar productos —banano, café, textiles, pesca— en el país. Esto quiere decir que los vehículos que más utilizan este combustible son los que están involucrados en la cadena productiva de Ecuador. El diésel, con un precio de 1,03 dólares el galón —en comparación con 1,48 por extra y 2,00 por super—, se vuelve mucho más atractivo para las grandes empresas que buscan comercializar a largas distancias. Con el diésel no sólo se consigue un ahorro directo: su materia también da para producir más con menos.

El diésel como sustancia es muy parecida al crudo que se extrae de la tierra. Químicamente, casi no es refinado y contiene una mezcla de cadena de hidrocarburos y diferentes compuestos. Como está lleno de largas cadenas químicas de hidrocarburos, cada galón de combustible a diésel tiene más energía. Al combinar un combustible de más alta densidad de energía con un proceso de combustión más eficiente, un motor a diesel puede sacar mayor provecho a la economía: los motores comprimen un vapor del combustible líquido y aire a temperaturas y presiones altas, tienen que ser forjados con materiales mucho más resistentes y fuertes. Por esto es que los autos a diésel pueden correr por cientos de miles de kilómetros por menos precio y más eficiente. Pero todo esto viene a un costo.

Los motores a diésel producen más emisiones de NOx —gases venenosos y altamente radioactivos— y de materia particulada —suciedad, polvo, hollín, humo— que los que funcionan a gasolina. Por ejemplo, los motores a diesel livianos producen de 50 a 80 veces más partículas y los pesados de 100 a 200 veces más. Según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), el diésel emite más dióxido de carbono por cada galón de combustible consumido en comparación con la gasolina. Estos gases tóxicos son los mayores causantes del calentamiento global y el efecto invernadero.  Sin embargo, las emisiones más dañinas son las materias particuladas (MP). Estos productos de la combustión de diésel son partículas suspendidas en el aire que causan contaminación y smog. Tienen graves efectos en la salud de las personas.

Según la Agencia Internacional de Investigación contra el Cáncer (IARC), el diésel es tan peligroso para las personas como el tabaco: contiene sustancias cancerígenas como los hidrocarburos aromáticos y los policíclicos. Cuando una persona respira, los gases toxicos y las partículas del diésel —cinco veces más gruesas que el pelo de una persona— ingresan en los pulmones. Estas partículas —como arsénico, formaldehído, níquel— pueden mutar en células que producen cáncer. En California, Estados Unidos, el Air Resources Board (ARB) estima que el 70% del cáncer es producido por respirar las partículas de emisiones de diésel. La Office of Environmental Health Hazard Assessment (OEHHA) descubrió que personas que trabajaban con equipo a diésel eran más propensas a tener cáncer que quienes no lo hacen. Además, las emisiones del diésel pueden producir efectos más directos como ojos irritados, problemas con el sistema respiratorio, náusea, dolores de cabeza, ataques de asma.

Aún así: nadie va sacar del mercado al diésel, ni quitarle su subsidio. No en Ecuador. El país gasta de cerca de 1.300.000 millones de dólares en subsidiar el diésel, nafta y gas licuado de petróleo. Con este dinero aporta al sector industrial, las navieras y generación de electricidad que lo utilizan. Si se lo quitara del mercado ecuatoriano, los beneficios serían  menores que las desventajas. Los costos de la producción —y por ende del producto final— se elevarían, ya que se utiliza el combustible desde calentar calderos hasta transportar de los productos a diferentes zonas del país. Las empresas tendrían que pagar el precio internacional para el consumo de diésel. A la larga, causaría que sea mucho más costoso comprar productos ecuatorianos. El Ministerio Coordinador de la Producción aseguró en un estudio que los sectores industriales más afectados serían la elaboración de azúcar, fabricación de productos minerales no metálicos, fabricación de productos de madera y elaboración de bebidas. Afectar a este sector de la población es como hacerlo en el 5,38% del PIB en términos de transporte y un 22,65% en producción.  Tal vez se podrá quitar el subsidio ya que, según el presidente Rafael Correa,  sólo afectará al 1% de los costos en promedio, pero no desaparecerá completamente.

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Eliminar el diésel del mundo suena  ideal. Pero no va a pasar en Ecuador —hasta dentro de unos años. Sólo podría lograrse si es que se permite comprar automóviles híbridos, si se invierte en energía renovables y si se entregan alternativas reales y palpables a las empresas que lo utilizan. Hasta entonces, hay que idear un plan que se aplique de forma progresiva, para que el diésel sea menos indispensable para este país.