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El autobús nos deja en una calle al noreste de Shanghái, una ciudad modernísima con más de catorce millones de habitantes y un edificio de más de veinte pisos casi en cada esquina. Desde un bus reconozco uno de los pocos contrastes de la capital económica de China: a mi derecha, un BMW del año intenta salir de su parqueadero; a mi izquierda, un vendedor de flautas de calabaza toca un instrumento de su mercadería. Su música parece una melodía tibetana. Lo tradicional y lo moderno confluyen en esa calle que, al cruzarla, alberga un pedazo de la China antigua. Es el Templo de Buda de Jade. De los pocos monumentos que sobrevivieron a la guardia roja. El templo ocupa una cuadra, tiene paredes color mostaza y puertas rojas de madera de más de tres metros de alto. El templo no mide más de seiscientos metros como la Torre de Shanghái —el segundo rascacielos más alto del mundo— pero es igual de imponente y de imprescindible en esta ciudad.

Cuando Mao Zedong llegó al poder —en 1949— en China se implementó una ideología comunista: creó la Revolución Cultural y su guardia roja se encargó de destruir todos los íconos culturales y religiosos del país. Destrozaron todo: desde los murales en el Palacio de Verano en Beijing, librerías y cuadros hasta la tumba de Confucio. La mayoría de las enseñanzas de las religiones milenarias como el taoísmo, confucionismo, y el budismo fueron destruidas. Cuando los monjes del Templo de Buda de Jade escucharon sobre los ataques de la guardia roja se propusieron proteger su espacio. Sabían que cuando los guardias vieran la estatua de Buda —de jade blanco, dos metros de altura y 200 kilos, traída de Burma en 1880— la iban a destruir. Para protegerla, la forraron con periódicos en los que aparecía la foto de Mao. Funcionó: los guardias entraron, expulsaron a los monjes del templo y destruyeron todo lo demás. La estatua de Buda, protegida por la imagen del hombre que la quería destruir, quedó intacta. Cuando la Revolución Cultural terminó en 1976, el templo volvió a abrir con el buda sobreviviente.

Adentro del templo, luego de cruzar las gigantescas puertas que lo separan de la moderna Shaghai, está el patio central. A un lado está el Salón de los Reyes Celestiales  —la principal arquitectura de ahí donde se encuentran las estatuas de Maitreya, Wei Tuo Bodhisattva y cuatro reyes celestiales, todas deidades del budismo—, al otro la Cámara de los Cuatro Reyes Celestiales. Las dos estructuras están conectadas por pequeños faroles rojos colgados en cuerdas y en el centro, un gran incensario de bronce. En el Salón de los Reyes Celestiales, debajo de un rótulo amarillo y una pancarta roja con letras chinas, hay cerca de veinte monjes que parecen recitar una oración. Ese día de mayo, sin planearlo, nuestra visita coincidía con la celebración más grande de los budistas en todo el mundo: el día en que Buda murió. Todos los años, en la luna llena de mayo, los practicantes se reúnen para escuchar las palabras de Dharma —las enseñanzas de esta religión—, ofrecer comida a los monjes, meditar, y recitar. Ese día, mientras recitaban oraciones, los monjes prendían grandes velas en forma de flor de loto —del tamaño de un melón—, e inciensos. Parecía una pequeña fogata. Las diminutas cenizas flotaban en el aire y caían en el pelo de quienes los escuchábamos con atención.

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Luego de contemplar el Salón de los Reyes Celestiales, el guía —practicante de budismo— nos lleva a la sala del Buda de jade de 200 kilos. Para llegar, cruzamos un patio lleno de pequeñas plantas muy verdes y una estatua circular de dos metros de alto, con cuatro elefantes. Antes de llegar, subimos unas escaleras de madera. Cuando la expectativa crecía, el guía nos advirtió —con mucha seriedad— que no podíamos tomar fotos adentro. Guardamos las cámaras y una emoción extraña surgió: es mejor ver algo espectacular sin estar detrás de mi lente.

La sala es cuadrada y está cubierta de madera de color chocolate claro. Hay un barandal que nos separa de la estatua. Nos paramos frente a ella y aunque está a más de cinco metros de distancia, se la aprecia perfectamente. El jade brilla sutil, como un mármol recién pulido: tiene cierta pureza. De su cuello cuelga un collar de bolas de jade verde y su túnica está sólo delineada con bordes dorados y piedras de colores azul, amarillo, rojo y verde incrustadas. Atrás de ella hay una especie de altar ovalado —de color rojo y dorado— con un círculo color marfil a la altura de su cabeza. Rodeando al inmenso Buda, en las estanterías de las paredes cerca del techo —como en pequeños nichos—, hay más de quinientas pequeñas réplicas doradas de la estatua. Cada una de ellas es en honor a los monjes y a las familias que ayudaron a proteger la escultura durante la revolución cultural. Quieren que su devoción se refleje en sus siempre brillantes figuras.

Al lado del Buda de jade están dos señoras vestidas de terno negro que venden un líquido amarillo para las ofrendas de los practicantes. Son como dos guardianes, listas para encontrar —y retar— a quien se pase el barandal o tome fotos a la estatua. Dos chicas suben las gradas, abren paso entre nosotros —los turistas— y llaman a las señoras. Le dan un billete de 100 yuans —como dieciséis dólares— y cogen la botella con lo que el guía —creo que un poco confundido entre el mandarín, inglés y los otros idiomas que sabe— me dice que es oil. Luego descubro que es agua con azafrán, un líquido amarillo que se usa en rituales como símbolo de purificación. La colocan entre sus manos cerradas en símbolo de oración, llevan la botella hasta su frente y empiezan a susurrar con los ojos cerrados. Después de un momento, la echan a un pequeño pocillo dorado con fuego. Los turistas observamos con atención, y emoción: un familiar que me acompaña tiene los ojos húmedos.

Al salir de la sala y volver al patio central, la ceniza sigue flotando en el viento. Hay una fila de cerca de sesenta personas listas para saludar a los monjes y luego pasar a ver al Buda de jade. Al mismo tiempo, un señor que tiene unos barcos amarillos de papel dice que es dinero para celebrar a buda. En el país donde el 49.58% de la población es atea, está una de las esculturas más antiguas de China —que recibe 57.7 millones de turistas al año—. En la ciudad donde todos manejan como si siempre estuvieran tarde y las luces nunca se apagan, está este templo que transporta al pasado. Este debe ser el único espacio en el que uno puede abstrarse de los pitos, el smog y las grandes avenidas comerciales, y retroceder un poco a la China antigua.