Essa Hassan espera en Quito una noticia. Flaco y de un metro setenta, camina con pisadas largas y relajadas. Essa Hassan tiene 26 años, una barba tupida y habla en inglés. Essa Hassan se fue de Damasco a Tasucu, una ciudad en la costa sur de Turquía. Se llevó solo sus libros favoritos —1984 de George Orwell, Once Minutos de Paulo Coelho, The Last Temptation of Christ de Nikos Kazantzakis —  y 450 dólares —que cubrirían dos meses de arriendo en el centro de Damasco— en su bolsillo. Está sentado en una oficina cerca al parque La Carolina, mientras sostiene una taza de café blanca con puntos amarillos. Su mirada, que suele estar fijada en el piso, se desviaba, a veces, para ver a Nena, una perrita runa que ronda la sala. Él le sonríe. Nena le huele los zapatos y le mueve la cola. Ella —rescatada de la calle— no confía mucho en las personas, pero algo en Essa la atraía. Essa Hassan espera en Quito una visa para llegar a México donde espera continuar con sus estudios. Essa Hassan espera llegar a México para, en realidad, continuar con su vida.  “He esperado demasiado y lo único que quiero es llegar a México y hasta que no esté ahí no podré estar tranquilo. He esperado demasiado”, dijo.

Está en Quito de tránsito. Llegó desde Italia en los primeros días de septiembre de 2015 con Adrián Meléndez, el fundador del Proyecto Habesha, una iniciativa humanitaria que busca solidarizarse con la crisis humanitaria en Siria para llevar a estudiantes a continuar con sus estudios en México. Se define —según Meléndez— como “sin fines de lucro, apolítica y neutral” y su trabajo se enfoca en “sensibilizar, diseminar y recibir”. Su primer paso es organizar charlas en México sobre el Medio Oriente para combatir los estereotipos, explicar la complejidad del conflicto, y concientizar sobre la responsabilidad humanitaria de todos ante Siria. Su siguiente paso es buscar fondos y apoyo para llevar a México a jóvenes profesionales en los campos de refugiados en Líbano, Jordania, Irak y Turquía, para que continúen con sus estudios. Treinta de esos estudiantes serán becados por la universidad Panamericana de Aguascalientes, México. Hasta el momento, se han seleccionado a tres. El primero es Essa Hassan.

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En marzo de 2012, Essan tenía veintidós años y dos opciones: enlistarse en el servicio militar sirio o abandonar su país. Desde 2011, un grupo de milicias armadas buscan derrocar al régimen de Bashar al-Assad. Hasta ahora, más de doscientas mil personas —la población completa de la ciudad de Orlando en la Florida estadounidense— han muerto por la guerra civil, según las Naciones Unidas. Al-Assad heredó en 2000 la presidencia de su padre, Hafez Al-Assad, quien gobernó durante 29 años. La familia lleva casi medio siglo en el poder. Muchos exigían un cambio que ha terminado en convertir al país en un campo de batalla en el que hay una sola consigna: O estás con el régimen o estás con los opositores. No hay otra forma de ver o de ser en Siria. Essa no quería pertenecer a ninguno de los dos bandos. Essa tenía, en realidad, solo una opción: irse.

Consiguió un trabajo en una cafetería de Tasucu, una ciudad en la costa sur de Turquía. Con lo que ganaba, podía comprar comida y costearse un lugar donde vivir. Pero, en dos meses, se le acabó el dinero ahorrado y lo que ganaba ya no era suficiente para vivir tranquilo. En junio de 2012, decidió irse al Líbano. Allí consiguió un trabajo en un hotel en la costa norte. Trabajaba doce horas diarias, sin descanso y sin días libres. Después de unos meses logró mudarse a la capital, Beirut. Rentó un departamento y, para vivir, daba clases particulares de árabe a los estudiantes o a quien esté interesado. Essa había conseguido cierta estabilidad pero no podía estudiar en una universidad privada porque era muy costosa y no fue a una pública porque los sirios no son muy bienvenidos en el país. “Yo los entiendo. Líbano es un país muy pequeño donde casi la mitad de la población son sirios y los más jóvenes que vienen a este país, sólo lo ven como una zona de tránsito”. En diciembre de 2012, Essa pudo renovar su pasaporte y consiguió trabajo en la organización no gubernamental Acción contra el hambre como supervisor de campo en el sur del Líbano. Para ese entonces, la ACNUR ya había registrado a cerca de 410.000 refugiados sirios en Egipto, Irak, Líbano y Jordania. La guerra, además, mataba a más de 40.000 personas.

Essa abrió la primera oficina de Acción Contra el Hambre en Sour, Líbano. Su jefa era la italiana y directora del programa Martina Iannizzotto. Comenzaron dándole de comer a dos mil refugiados al día. Mientras el conflicto continuaba en Siria, grupos extremistas como el Estado Islámico y Jabba Al Nosra se extendían hasta controlar un territorio de cerca de 10 millones de personas desde Raqqa Siria hasta Mosul en Irak. El trabajo para Essa se hacía cada vez más duro: estaba a cargo de cuatro ciudades más en las que —a comienzos de 2014— había más de cien mil refugiados. El campamento crecía. Se llenaba de familias, universitarios, profesores, y niños que escaparon. Essa dice que la mayoría son personas que en su país tenían una profesión, una casa y una vida cómoda. Ahora, a pesar de tener un lugar donde dormir, algo de comida y electricidad, no tienen ningún plan para el futuro. Ese era el mayor problema que él veía en lo que hacía en ese momento: las soluciones sólo se enfocaban en los resultados de la guerra y no en un después de. Por eso, cuando conoció a Adrián Meléndez, creador del Proyecto Habesha, vio que la oportunidad de continuar con sus estudios en México era, también, la oportunidad de empezar a rehacer una vida. Comenzó realizando traducciones de árabe a inglés y se involucró cada vez más en el proyecto.

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Essa fue escogido por el Proyecto Habesha. Su nombre proviene de los principios del islam en el año 600 d.C., donde Habesha era el lugar seguro para los musulmanes en el reino cristiano de Etiopía. Dejó su trabajo en la fundación y regresó a Siria en julio de 2014 por dos semanas para ver a su familia. Se despidió de ellos con la promesa de que regresaría a su país cuando terminase con sus estudios. Para ese entonces, los refugiados sirios ya eran cerca de 3 millones.

Mientras Essa tramitaba su visa para viajar a México en octubre, abandonó Líbano porque cada vez era más inseguro y difícil quedarse. A través de algunos amigos consiguió los documentos necesarios para viajar a Italia, donde podría estar más seguro. Una vez en Roma, se dedicó a esperar. Hizo muchos amigos  que le preguntaban a qué se dedicaba. A él solo se le ocurría responderles la verdad:

—Esperar.

Ahí se quedó Essa por un año, mientras el papeleo universitario y la burocracia de las embajadas demoraban el trámite de su visa. Pensó estudiar y quedarse en Roma pero los procesos eran complicados, y no había muchas facilidades para él. Se dedicó a apoyar en el proyecto todo lo que podía para que salga adelante y, eventualmente, continuar con sus estudios en ingeniería social en México. “Somos las personas que creen en el cambio, y queremos conseguir que el resto esté con el mismo nivel educacional que el resto para mejorar la sociedad lo más rápido posible”, me dice mientras toma su café y juguetea con la mirada de Nena.

En agosto de 2015, Essa se cansó de esperar. Dejó de contestar a sus amigos porque lo único que le preguntaban era cuándo se iría a México. O si es que ya no se iría. El Proyecto Habesha comenzó a moverse más rápido, y a través de una campaña comunicacional presionó al gobierno mexicano para que los papeles se tramiten con más agilidad. Los medios lo reportaban. “Primer refugiado sirio en México llegará la próxima semana”, decían en El Universal. México —que entre el narcotráfico y la desvergüenza de muchos políticos no encontraba demasiados motivos— se sentía orgulloso. Mientras tanto, los 29 estudiantes restantes siguen esperando en los campamentos. Ellos son parte de los 4 millones de refugiados sirios registrados por la ACNUR y la cifra sigue creciendo.

Pero Essa aún no llega a México. Impaciente, le pidió a Adrián que lo transfiera a otro país. Le dieron cinco opciones donde los sirios no necesitan visa: Ecuador, Irán, Turquía, República Dominicana y Haití. En los primeros días de septiembre, llegó a Ecuador, donde sigue esperando su visa mexicana. Hoy, mientras conversamos, me dice que para esta fecha —17 del mes— debería estar ya en México. El lunes 21 —día en que se publicará este texto— Essa espera la carta que le falta para finalmente acercarse a la embajada mexicana en la capital ecuatoriana. Si no llega ese día, irán el siguiente. Nena se lo acerca como a mí nunca se me ha acercado. Toca las manos de Essa con su hocico. Su dueña, sorprendida, le dice “le gustas” y Essa sonríe. Adrián entra por la puerta de la cafetería con un sánduche y se sienta al lado mío. Alto, flaco, con la cabeza rapada, mira a Essa y le ofrece un poco. Essa le contesta que no, gracias con su acento inglés arábico. “Sí te van a dar la visa, ya vas a ver”, le dice Adrián. Essa recuesta su cabeza contra la pared, mira al techo, baja sus brazos y suspira. Parece aliviado.

Actualización: 

Essa Hassan recibió la carta que necesitaba y llegó a México el 23 de septiembre. La espera terminó.