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El exministro de economía, Mauricio Pozo Crespo, escribió una columna en El Comercio titulada Más me importan los pobres, que no debe ser pasada por alto por lo reaccionaria y retrógrada de su visión. La última frase del texto es la que más estremece. Pozo escribe: “Buscar quitar a unos y dar a otros sin promover más riqueza es lo más parecido a comportamientos de personas envidiosas, con complejos y claramente mezquinas. Lo que me preocupan son los pobres no los ricos.” La verdad es que no se trata de quitarle ni a al señor Pozo ni a nadie. De lo que se trata es de igualar la cancha para que deje de haber un 5% que desperdicia recursos y comida, mientras un 95% vive modestamente y con lo justo, por no hablar de los que mueren de hambre.

El sistema actual ha preparado una cancha de juego con determinadas reglas, en el que como anota Pozo en su artículo, tan solo el 5% de la población tiene patrimonios superiores a un millón de dólares. Así, no todos pueden ser ricos y peor millonarios sino solo unos pocos, pero para Pozo “no es injusto que unos pocos —el 5% de la población mundial— tengan millones de dólares y la gran mayoría —el 95%— tengan patrimonios infinitamente menores.” Incluso para él, “no es perjudicial sino beneficioso, pues la gran mayoría de las personas ya cubre sus necesidades básicas, aunque unos pocos concentren la mayor cantidad de la riqueza.” En otras palabras, a Pozo no le importan los pobres. Lo único que le importa es que las masas salariales se reproduzcan en forma básica pues lo más beneficioso para Pozo es cuidar de esos pocos privilegiados para que concentren la mayor cantidad de riqueza. Sólo así el 95% tendrá algo para comer, estudiar y curarse, gracias a que ese 5% no es envidioso, ni acomplejado, ni mezquino, como se supone que son los izquierdistas.

De eso se trata este juego que tanto admira el economista Pozo: uno en el que el 95% de la población mundial se encarga de enriquecer aún más a ese 5%. Y no falta poco para que ese pequeño porcentaje se convierta en un 1%. Según el informe anual de 2015 de la organización británica Oxfam, actualmente 80 personas poseen la misma riqueza que el 50% más pobre de la población mundial. Esto quiere decir que 3.500 millones de personas comparten la misma cantidad de riqueza que estas 80 personas enormemente ricas. En 2010, la concentración estaba en 388 personas, lo que da cuenta de una creciente concentración de la riqueza mundial en cada vez menos manos. En el caso de Ecuador, el 2% de las familias posee el 90% de las grandes empresas, como lo ha señalado repetidamente el propio gobierno correísta. 

Cabe anotar, que el señor Pozo no es parte del 5% sino del 95%, aunque sea un alto ejecutivo encargado de consolidar ese 5%. Habría que preguntarle si algún día él podrá llegar a ser parte de ese 5% con tan solo ser un ejecutivo más. Por ahí uno o dos ejecutivos lo habrán logrado, pero ellos no hacen una constante sino una excepción. Y ese es el asunto: por el tipo de cancha y juego delimitado por ese mismo 5%, solo una excepción puede llegar a ser parte de ese grupo privilegiado. De tanto en tanto, los miembros de ese 5% cambian pero lo que no se modifica es el sistema del 5%-95%, o algo parecido. Unos suben y otros bajan, pero el sistema se mantiene inalterable. De eso se trata el capitalismo.

Por ejemplo, la familia Odebrecht de Brasil se encuentra envuelta en escándalos y juicios por haber sobornado a funcionarios de distintos gobiernos para obtener grandes contratos y, así, ir concentrando todo en sus manos. En Ecuador, los banqueros como Guillermo Lasso y  los hermanos Aspiazu se enriquecieron al aprovecharse del feriado bancario y, a través de los certificados de depósitos reprogramados se quedaban con un 40 a 50% de los ahorros de los ecuatorianos. 

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Pozo dice que ese 5% utiliza “normas legales, tratan bien a sus empleados y colaboradores, cuidan el medioambiente y principalmente invierten y contratan permanentemente trabajadores”. Si ese fuera el caso, Pozo debería explicar por qué los países donde se encuentran las más grandes empresas del mundo no han firmado el protocolo de Kyoto si cuidan tanto al medio ambiente. Por qué producen en China, donde explotan miserablemente a los trabajadores y no producen en sus propios países. Esa es la competencia que tanto defiende el señor Pozo, que es buscar cómo abaratar los costos al máximo reduciendo los costos laborales, buscando un país o un lugar que explote al máximo al trabajador —como lo hace la marca de ropa H&M—. Esa es la competencia que permite mantenerlos pobres con pésimos salarios y que así sigan siendo dependientes del 5% toda la vida. Seguramente también estarán de acuerdo con el sistema del 5-95%: Richard Martínez, César Robalino, Blasco Peñaherrera, Roberto Aspiazu, Pablo Arosemena. Todos altos guardaespaldas de los intereses de aquellas personas que no tienen comportamientos envidiosos, ni complejos, ni mezquindades.

El señor Pozo trata de convencer a sus lectores que su misión y visión de vida debe ser convertirse en buenos siervos de ese 5% y nada más. Como lo es también el presidente Rafael Correa, otro siervo del 5% —o del 2%, como el Presidente lo diría— tal como lo dijo en el enlace 431: “Los empresarios nunca han ganado tanto como con este Gobierno”. Eso es lo que Mauricio Pozo, Rafael Correa, Guillermo Lasso, Jaime Nebot quieren: un mundo en el que el 95% de plebeyos estén al servicio del 5% de reyes modernos —a través del privatismo— o de los neo monarcas burócratas —con el estatismo—. 

Cuando Pozo dice que se debería cuidar a los empresarios pequeños y grandes para que todos, sin excepción, generen crecimiento económico y empleo, parecería que está diciendo que sin los empresarios los ecuatorianos no son nada. Sin embargo, hay otras formas de generar riqueza que se alejan del sistema 5-95% donde prima la comunidad antes que el individuo y el Estado. Por ejemplo, las comunidades milenarias indígenas (que tampoco eran perfectas) no eran comunistas que priorizaban lo público, ni capitalistas que querían exclusividad de lo privado, sino que centralizaban todo en lo común, en lo colectivo, en la totalidad. Y si bien había jerarquías, funcionaban como los ecosistemas en que unos sostenían a otros, pero todos lo hacían como comunidad de vida entre seres humanos y naturaleza. Ningún cronista habla de pobreza en Amerindia —América indígena— sino de mucha riqueza. Este era un sistema muy alejado de aquel en que los pobres sólo completan sus necesidades básicas y los empresarios son los únicos que deciden quiénes y cuántos tienen trabajo, educación o salud.  

Este artículo no es una defensa del socialismo o del comunismo. Los países como China o Cuba son el otro lado de la misma moneda. Los socialistas —especialmente los estatistas— quieren reemplazar a ese 5% de empresarios por un 5% de burócratas —como los correístas—, a los cuales el 95% de la población también les debe servir. Por eso tampoco se busca una redistribución de la riqueza, de la justicia social, de la ley de herencias, ni que les quite nada a los ricos. Sólo se busca que se cambie la cancha y el tipo de juego para, ahí sí, competir en igualdad de oportunidades y capacidades. Ese es el único propósito de las nuevas generaciones: construir en comunidad. Para ello, no es necesario los paternalismos ni los asistencialismos de la izquierda, ni los puestos de trabajo ni la misericordia de la derecha, pues los ecuatorianos son capaces de todo ello por sí solos. El mejor ejemplo son las eco-aldeas, bio-comunidades y comunidades en transición. 

Esta es la diferencia entre los que protegen al 5% y quieren un mundo de siervos y patrones, y los que quieren crecer en comunidad. Entonces, señor Pozo, quizá es usted el que tiene los comportamientos de “personas envidiosas, con complejos y claramente mezquinas”, y está haciendo los méritos para que ojalá algún día pueda acceder al grupo del 5%, pero lo más seguro es que solo se quedará como siervo de esos patrones. Claro, que para usted eso “no es injusto”. Entonces, buen provecho.

Bajada

¿Qué pasa realmente cuando el 5% se enriquece con el trabajo del 95% de la población?