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“Yo te puedo bajar la luna y las estrellas, solo dame un balón y ponme una portería enfrente”, decía un meme que mostraba la cara de Sergio Ramos, luego de fallar el penalti con el que el Real Madrid quedó eliminado de las semifinales de la Champions League en una tanda contra el Bayern Munich en 2012. Y aunque dos meses después Ramos se reivindicara —con un penalti a lo Panenka— en una tanda de Eurocopa contra Portugal, nunca dejó de ser una referencia para un penal lanzado por encima del travesaño. Tenía hasta un punto de referencia: la luna. Una carga que llevan los jugadores que fallaron —así— cada vez que vuelven a patear otra vez desde los doce pasos. Talvez ellos no lo sientan más, pero el público sí. Una cruz para los que se atrevieron a apuntar demasiado alto, como le pasó a Gonzalo Higuaín al fallar el penal que le tocaba en la tanda contra Chile en la final de la Copa América 2015.

La luna ha sido inspiración para la belleza, desde los prehistóricas figuras rupestres, hasta los poetas modernos que escriben en versos libres y los artistas contemporáneos la representan en instalaciones; aparece nombrada en mensajes amorosos deslizados bajo la puerta, y es, desde que Neil Armstrong la pisara en 1969, un paradigma del triunfo del ingenio humano. Siempre ha sido un objeto de deseo, una aspiración de belleza o un terreno para la conquista. Pero en fútbol, es un punto para referenciar el desastre.

Roberto Baggio se salvó de la comparación, pero no del estigma. El exdelantero italiano, elegido mejor jugador del mundo en 1993, llegó con la selección azzurri a disputar el título en el mundial de 1994, en Estados Unidos; y aunque había llevado a su equipo a la final —él marcó los dos goles contra Bulgaria en la semi, tal como Maradona había hecho contra Bélgica en 1986—, también fue el responsable del vicecampeonato: en la tanda de penaltis de la única final sin goles de la historia, Baggio mandó su penal a la luna y el arquero brasileño Taffarel se tiró sobre sus rodillas a celebrar el tetracampeonato. Aunque entonces no había suficiente internet para convertirlo en meme y vincularlo para siempre con la luna —como a Sergio Ramos—, Baggio se quedó con el estigma. En Francia ’98, en el primer partido de Italia contra Chile, no falló desde los doce pasos. Hasta se convirtió en comercial de Johnnie Walker: “En mille novecento novanta quattro, cometí un error. Cuatro años después, cobré otro penal”. En un torneo tan importante, a un jugador le basta con enviar una vez un penal a la luna para convertirse en una fuente de nervios para sus hinchas.

En un amistoso Brasil-Colombia en 2012, el árbitro estadounidense Mark Geiger cobró una falta dudosa de Armero contra Dani Alves. Cuando Neymar fue a cobrar el penal, tomó una carrera aparatosa, con saltitos de rayuela y una pequeña —y malograda— detención. La ejecución fue más teatral que otra cosa, y falló como si fallar fuera lo profesional. Había apuntado hacia la luna. Fue un disparo hermoso, si no tenemos en cuenta que un penalti se cobra para marcar un gol. Pero el secreto —decía Zidane— está en el gesto, y aunque Neymar quedó pésimo por el disparo, patear a la luna le sirvió a Neymar en el terreno de las especulaciones. Luego del yerro, el arquero colombiano, David Ospina, se acercó a agradecerle al brasileño por el tiro. En Colombia, en los pasillos, las redes sociales y otras fuentes de rumores, se dijo que el brasileño había fallado a propósito, porque la falta no era legal. Y de aquello se agarraron los medios centroamericanos para recriminarle al jugador mexicano Andrés Guardado por otro penal mal pitado en las semifinales de la Copa de Oro 2015, con el que la selección de Panamá quedó eliminada. El árbitro había sido el mismo. “Neymar sí botó un penal regalado”, tituló La Nación de Costa Rica. En Twitter, alguien dijo que por dignidad, Guardado debió haber “mandado el penal a la luna”.

Patear un penal por encima del travesaño le puede pasar a cualquiera, incluso a los mejores pateadores del mundo, porque inflar las redes con un balón que va hacia arriba es un signo de destreza. Quienes lo logran, demuestran que dominan el balón. David Beckham fue siempre reconocido por su habilidad a la hora de cobrar tiros libres con potencia y efecto. La ponía donde quería, y así eliminó a Ecuador de los octavos de final de Alemania 2006 con un libre directo pateado muy lejos del punto penal. En los cuartos de final, Inglaterra llegó a cero al final del partido contra Portugal, y cuando fue el turno de Beckham, él no podía tirar un penal rupestre: decidió apuntar hacia arriba, como había hecho Roberto Baggio en la final del ’94. Falló. Dos hinchas portugueses lo señalaban y se reían en las gradas. De él, el mejor pateador del mundo. Él, que habí querido tentar a la luna para demostrar —por enésima vez— que era capaz de poner el balón donde quisiera, a su antojo, como si con solo pensarlo le bastara. Pero para enaltecerse, había provocado a la luna, y en fútbol, los que provocan a la luna pagan su ofensa con dolor.

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