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Cuando un político está bajo presión extrema, da declaraciones y hace promesas de las que después se arrepiente, o le costará cumplir. Ocurrió en la Unión Soviética durante la crisis de los misiles cubanos, en 1963: Nikita Khrushchev aseguró que la única manera de acabar con la tensión entre él y el presidente estadounidense John F. Kennedy, era que se desate una guerra nuclear para “cortar el nudo que ambos habían apretado”. Después de este mensaje, Kennedy dio un paso atrás aceptando nunca más desestabilizar Cuba mientras que Khrushchev tuvo que retirar sus misiles de la isla del Caribe. En Ecuador, en junio de 2015, las protestas a favor y en contra del régimen de Rafael Correa, han despertado una situación similar: el alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, ha dicho que “si el gobierno no quiere oír el planteamiento del pueblo” —se refería al retiro los proyectos de Ley de Herencias y Plusvalía— “que se haga cargo de lo que va a pasar en el Ecuador”. El presidente Correa, que “está dispuesto a ofrendar su vida por la patria”. Nebot y Correa han apretado el nudo político ecuatoriano a tal punto que podría terminar en una violencia que encontraría su origen en sus irreflexivas declaraciones.

Durante la crisis nuclear, Kennedy dio órdenes para evitar el peligro de una guerra pero la Fuerza Aérea Estadounidense tomó acciones que casi desatan, en dos ocasiones, un intercambio nuclear. En el caso ecuatoriano, las órdenes de Correa o Nebot para activar sus bases, podrían también generar reacciones más allá de su control.  El discurso de Nebot articulaba un paquete de inconformidades —aranceles, inseguridad, carga tributaria— para convocar a quienes están hartos del gobierno. De cierta manera, su discurso se articulaba con el discurso opositor del cual surgió la frase #FueraCorreaFuera. Alianza País (AP) pretende minimizar la convocatoria opositora bajo el argumento de que se planea un golpe de Estado para “volver al pasado”.  Esto ha sido consistente con las advertencias del Presidente respecto a un proceso de desestabilización que estaría en marcha. Estás lógicas y discursos crean en los ciudadanos versiones —que ellos asumen como realidades— que pueden ser muy peligrosas. Alexander Wendt, profesor de Ohio State University, explica que estas ideas se convierten en realidades cuando se repiten hasta convertirse en una especie de rutina en las interacciones entre adversarios. AP y la oposición han creado códigos que legitiman el enfrentamiento y normalizan la posibilidad de la violencia para generar cambios políticos. Así, los partidarios del Gobierno podrían empezar a percibir a los opositores como enemigos que buscan destruir el imaginario de un Ecuador de progreso, mientras los opositores creen que los partidarios del oficialismo podrían convertirse en enemigos que quieren implantar un Estado autoritario, disfuncional, y socialista. Ambos tienen una percepción distinta sobre el mismo conflicto. 

Las protestas del 30 de septiembre de 2010 grafican esta dualidad. En ese entonces, la Ley de Servicio Público promovida por Correa terminó en un enfrentamiento armado que dejó seis muertos. Carl Von Clausewitz argumenta que la fricción —el proceso por el cual surgen eventos que no están bajo el control de los líderes— es una parte permanente de la guerra.  En política también hay fricción: es el proceso mediante el cual, las acciones y discursos de los políticos pueden desencadenar eventos y efectos totalmente fuera de su control. Los políticos tienen un límite para desenredar los nudos que crean y en el caso ecuatoriano, parecería que —como en la Guerra Fría— han sido apretados en un ambiente donde nos vemos como adversarios que no tienen otra salida que el enfrentamiento.  

En 1963, los discursos de Kennedy y Khrushchev tenían un propósito: legitimar unos planes nucleares y militares que eran aceptables sólo si sus países estaban en verdadero riesgo. Cuando los decían, pensaban en una posible guerra en Europa –y las consecuencias que tendría para sus intereses. Pero fue Cuba, un escenario impensable, lo que los obligó a cumplir sus declaraciones. Aunque Cuba tenía un gobierno de corte comunista, nadie en EE.UU. imaginó que Krushchev intentaría cerrar su desventaja en misiles nucleares ubicándolos a noventa millas de Miami. De la misma manera, los soviéticos no esperaban que el operativo secreto que transportó e instaló los primeros misiles fuera descubierto por un sobrevuelo de la CIA sobre Cuba. El escenario impensable tomó forma: ambos estuvieron en riesgo de tener que honrar su compromiso de ir a una guerra nuclear.

En el 2015, Correa y Nebot hacen declaraciones públicas que activan a sus seguidores pero también generan el peligro de tener que cumplir sus promesas y ser coherentes con sus amenazas. Para Correa y AP, el peligro es tener que  enfrentar una sublevación general la cual podría requerir el uso progresivo de la fuerza. Para Nebot y la oposición ecuatoriana, el peligro es tener que apoyar, de hecho, un proceso de revuelta que intente enfrentar por la fuerza al Gobierno constituido. Esto podría parecer impensable para aquellos que han olvidado el 30S. Pero los políticos no controlan la coyuntura en su totalidad, por eso podría ocurrir que tengan que cumplir su palabra en escenarios impensables, como el de Cuba.

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Es necesario que los actores políticos den un paso atrás y reconozcan que juegan con fuerzas retóricas, políticas, y humanas que están más allá de su control. Sería mejor que el Gobierno invierta en sistemas de inteligencia que distingan entre lo que es una marcha política pacífica y un proceso golpista en Ecuador, en vez de suponer y acusar sin fundamentos. La oposición, en cambios, debería afinar sus bases para ganar las elecciones del 2017 con un amplio margen electoral y nuevas propuestas gubernamentales, en lugar de llenar temporalmente las calles. Por el bienestar democrático del Ecuador es necesario que los ciudadanos y sus líderes recuperen la humildad, independientemente de lo que haga el otro bando. De lo contrario, Nebot podría tener que encabezar una rebelión y Correa tendría que proteger la Patria con su vida.

Bajada

¿Han apretado el Presidente del Ecuador y el Alcalde de Guayaquil un nudo que solo se romperá con violencia?