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Cuando Jaime Nebot despertó una mañana después de ocho años de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en una cotorra. Me disculpo (acaso con el propio Nebot) si parezco despectiva, pero no es mi intención: recurro al inicio de La Metamorfosis de Kafka y a las propias palabras del alcalde de Guayaquil porque parece que muchos en el Ecuador están cegados por la —a ratos muy justificada— animadversión al gobierno de Alianza País y creen que el Chino (como le dicen sus amigos) es el antídoto para Rafael Correa. La verdad es que se parecen más de lo que quisieran.  La verdad es que Nebot es la perpetuación de la demagogia, la prepotencia, el populismo y el caudillismo que tan grave daño le han hecho a este país.

Hace treinta años, cuando era gobernador del Guayas, durante el gobierno de León Febres-Cordero, Jaime Nebot no era una cotorra. Era un gavilán esbelto y guapo, con el bigote tupido, que una mañana de 1985 vociferaba: “Ustedes, policías, tienen órdenes precisas, claras; tenéis el respaldo moral, legal y económico del gobierno” —decía con la temeridad de quien no respeta ni la gramática— “Usad las armas por que están facultados para ello. Ya saldrán las cotorras nuevamente a clamar por los derechos humanos, pero por los derechos humanos de los asesinos, de los delincuentes, de los terroristas, de los violadores y de los secuestradores” —le hablaba al recién creado Escuadrón Volante de la Policía Nacional— “Porque si una mínima, ínfima porción, la porción podrida de la sociedad, tiene que caer abatida, tendrá que caer abatida”.

El problema fue que esa cruzada contra esa supuesta podredumbre social, se convirtió en una violación sistemática de todas las libertades civiles por las que Jaime Nebot dijo el 25 de junio de 2015 luchar: “Un Ecuador donde todas las libertades sean respetadas, especialmente la libertad de expresión y la libertad de emprendimiento” —gritó ante cientos de miles de personas en la avenida 9 de Octubre– “Un Ecuador donde todos los derechos de todos los ciudadanos sean reconocidos y respetados y donde se les restituyan a los que tienen derecho a ello, los derechos conculcados”. Habrá que ver si esa restitución de la que habla el líder del socialcristianismo alcanza para las épocas en que él denostaba a las cotorras.

No solo era una confrontación retórica. Según una publicación de la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos del Ecuador (Cedhu) —las cotorras de entonces— “quedaba en manos de las en manos de las fuerzas represivas decir quién es terrorista. Es decir, la policía se convierte en juez y parte.” El 22 de octubre de 1985, durante una manifestación, murieron Luis Jara y John León, abatidos por disparos de policiales y militares. Ambos, estudiantes, protestaban contra el cobro de una tasa de quince sucres por la utilización del Terminal Terrestre de Guayaquil. Según la Cedhu, en una nota de diario Expreso de 1985,  “tanto el Vicepresidente, como el Ministro de Gobierno y el Gobernador del Guayas han manifestado que aprueban la actuación de la Fuerza Pública”. El Escuadrón Volante —al que Nebot pedía sordera ante el graznido de las cotorras— fue uno de los instrumentos de la represión sistemática de los años 1984-1988.  Hay que tener la serenidad y el tiempo suficiente para leer el informe de la Comisión de la Verdad para entender lo macabro que era ese comando policial, una idea del hoy alcalde de Guayaquil (hay que ver la página 191 del documento para entender lo que digo).

Pero hoy al alcalde Nebot, dice, le gusta la libertad. Esa sería una conversión fabulosa, si fuese cierta. Pero su larga administración de Guayaquil me hace pensar lo contrario: No solo la violencia de sus policías metropolitanos  contra los comerciantes informales —Nebot habló de la libertad de emprendimiento el 25 de junio, pero parece que no aplica para los vendedores callejeros— me hace dudar de lo que dice. También son las fuerzas de choques que aparecen en momentos específicos —como en el proceso que se inició en contra del artista Daniel Adum por pintar cuadraditos de colores en las paredes—, la censura en el Salón de Julio (y, en general, en su museo, como cuando ordenó retirar obras de la muestra Playlist), la mediocridad cultural de su gobierno,  su renuencia a hablar con números (aunque sí con amorfinos) de la pobreza y la desigualdad en la ciudad. En resumen, la metamorfosis del alcalde no existe. Es solo un disfraz oportunista.

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Lo del 25 de junio pasado fue demagogia de la más rancia. Nebot dijo en la tarima que esa marcha era una asamblea popular, en la que iba aprobando puntos de orden a los gritos con la gente presente. Suena lindo, pero enseguida uno recuerda que corporativizó la participación ciudadana en Guayaquil. Enseguida uno recuerda que, no hace mucho, el alcalde de esta ciudad fue a un juzgado a dar de manotazos en las mesas, y de papelazos a un juez. Con el alcalde Nebot, el verbo que debe regirnos es recordar. Y, como con todo político —pero en especial, con los latinoamericanos— dudar.

Sobre la tarima, Nebot se parece mucho a Rafael Correa. Detrás del escritorio, también.

 

Son caudillos. Explosivos, irascibles, acostumbrados a mandar con vehemencia desbordada. La palabra preferida de Nebot parece ser carajo. Se la dijo al juez Luque y se la volvió a decir a unos vigilantes de tránsito. Sí, intentaban impedir que pasen unos buses hacia Guayaquil, en los que iba gente a la marcha del 25 de junio. Sí, de seguro era un impedimento ilegal e inconstitucional, pero la llegada de ranger texano, la orden al chofer del bus de que avance —aunque los oficiales seguían delante del vehículo— me hace pensar que todo este discurso sobre la democracia, las libertades y la familia es solo una fachada. Una mascarada que busca reemplazar una prepotencia por otra. Nebot no quiere construir un país mejor, solo quiere que la finca tenga el capataz adecuado: él.

 

Los seguidores de Jaime Nebot son irreflexivos, tal como los fanáticos gobiernistas. Son incapaces de criticar a su líder, y creen en ese ejercicio sofista de matizar todo lo que hace, pero, en cambio, no admiten los grises en la conducta de los rivales políticos. Son, todos, incondicionales. No les avergüenzan los errores de su ídolo, los celebran. Basta leer los comentarios —las alabanzas, en realidad— en el video lamentable episodio del ven para mearte. Sospecho que es la misma gente que se indigna cuando Correa agrede de palabra a sus rivales políticos, la que se mandó a hacer camisetas con frases de ese triste momento.

 

Nebot Se Acabo

 

Me pregunto qué pensarían los partidarios del alcalde Nebot si mañana el presidente Correa lanzara un tuit desde su cuenta promocionando el negocio de una de sus hijas, sin decir que es de ella. No soy pitonisa, pero me atrevería a decir que la rasgadura de vestiduras dejaría al Tuiter hecho hilachas. Pero si lo hace Nebot, nadie dice nada.

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Tampoco dicen nada sobre el financiamiento de la marcha del 25 de junio. En diario El Universo, el domingo 21, aparecía la convocatoria a la concentración junto a un escudo del Municipio de Guayaquil, ¿dónde está el límite de lo partidista y lo oficial? ¿No es lo mismo que le reprochamos a Correa cuando en campaña viajaba en los vehículos presidenciales? No hay ninguna diferencia entre ambas conductas, solo quien las realiza. Jaime Nebot tiene la complacencia de sus partidarios para todo. Me parece una dictadura del corazón.

 

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Nebot es homofóbico y machista. Pero no hay nadie de la oposición reprochándoselo. “Con cerebro, corazón y cojones vamos a vencer”, dijo el 25 de junio. También pidió que los gobiernistas se metan un cartel por donde puedan. No hay que ser unos genios —ni nos vamos a dar de ingenuos— para saber a qué se refería. Pero en él sus seguidores no ven procacidad, sino valentía. Para remate, destruyó el poema de Almafuerte y —poeta frustrado que vive hablando en rimas— obvió en su paráfrasis mencionar a dos personajes que aparecen en el original: procede como Dios que nunca llora, o como Lucifer que nunca reza. Es probable que no lo haya hecho porque en el éxtasis retórico los olvidó o porque, como él y Rafael Correa, esos dos se parecen demasiado.

En algo estoy de acuerdo con Jaime Nebot: la tortilla se viró. Los últimos sucesos me hacen creer que es muy poco probable que se apruebe la reelección indefinida o que el Presidente de la República vuelva a postularse. Creo que Alianza País llegará al 2017 a entregar un país endeudado —por el lado negativo—y con una vara de servicios públicos elevada —por el positivo—, pero sí, como dijo Nebot el 25 de junio de 2015: el país de Correa terminó. Lo que los ciudadanos sensatos, sin pasiones políticas desbordadas, debemos tener en cuenta es que el país de Jaime Nebot también debe haberse acabado, porque, como le dijo el escritor Rafael Lugo hace años, el país de Nebot parió el país de Correa. Entenderlo es un deber. En nombre de la democracia, la libertad y el verdadero progreso, hay que saber que la metamorfosis de Nebot no es más que un disfraz electorero.

Bajada

¿Queremos cambiar el país, o solo cambiar de capataz?

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