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Recibir una herencia es como ganarse la lotería: es más cuestión de suerte –por nacer en un hogar rico– que de esfuerzo del heredero. Y si hablamos en términos de meritocracia, tiene sentido que exista un impuesto progresivo a la herencia. Incluso desde el punto de vista del desarrollo económico de las naciones, es un hecho que gran parte de los países hoy desarrollados, ejemplares economías de mercado, tuvieron y tienen aún impuestos a las herencias. El tema ha generado mucha atención en Ecuador, pero también desinformación y, sobre todo, mala interpretación económica sobre este impuesto, que inicialmente se anunció con una tasa del 77.50% pero que luego fue moderado al 47,50% para los herederos directos.

El economista francés Thomas Piketty, especializado en desigualdad económica y distribución de la renta, propone impuestos altamente progresivos –incluyendo por supuesto los que gravan las herencias– para salvar al capitalismo de su propia destrucción. Eso lo escribió Piketty en el Quarterly Journal of Economics, la revista científica más reconocida del mundo en economía; es decir, no se trata de cualquier trasnochado comunista.

Es cierto que el deseo humano siempre será ver a los hijos en una buena posición económica. Además, está claro que los padres son una importante fuente de subsidio para sus hijos, pero ese subsidio es bastante desigual, y por lo tanto, la competencia es desigual, lo que genera deficiencia asignativa y disparidad. Y para eso, hasta las economías de mercado necesitan cierta regulación.

Es absurdo creer que el hijo de alguno de los magnates del mundo o incluso de los de Ecuador tiene las mismas oportunidades para competir que el hijo de un individuo de clase media. Por ejemplo, cabe preguntar: ¿Álvaro Noboa será alguna vez pobre? Lo más probable es que no: le bastaría con colocar su herencia en el sector financiero y recibir una renta a perpetuidad para tener la vida solucionada. Eso sí: sin haber creado riqueza adicional para él o la sociedad. Lo anterior sería generar una economía rentista, lo que va totalmente en contra de una sociedad meritocratica, e incluso es contrario a la visión neoclásica de la economía.

Cuando se trata de riquezas forjadas a costa de sacrificio y talento humano, como las de Bill Gates, Steve Jobs, Warren Buffet o Mark Zuckerberg, surge el dilema: ¿son sus hijos los más indicados para continuar con su legado? Suena mejor encontrar mecanismos para que la riqueza que forjaron se emplee de una manera eficiente. Hay un viejo refrán que dice: «abuelo trabajador, hijo rico, nieto pobre», corroborado por la consultora Price Waterhouse Cooper, que realizó un estudio que dice que de cada diez empresas familiares, apenas una llega a la tercera generación. En la actualidad, las empresas familiares han perdido protagonismo porque vivimos en un mundo gobernado por empresas administradas por gobiernos corporativos. Esas son las que logran competitividad internacional.

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Un impuesto a las herencias altamente progresivo puede solucionar la disyuntiva entre subsidios familiares dispares y falta de corporativización en las empresas si para pagarlo las familias dueñas de empresas grandes deben emitir acciones a través de la bolsa de valores. Esto, sin anular el derecho al que tienen los herederos de usufructuar de una parte de la riqueza de sus padres. En un impuesto progresivo, los más pobres y la clase media pagan poco o nada, mientras que los ricos pagan mucho, al mismo tiempo que el remanente (la herencia bruta) que queda para los herederos siempre es creciente. Es decir que no se vulnera el derecho a la propiedad privada, pese a que las tasas marginales puedan verse como muy altas.

Las herencias, según explicó el presidente de la república, Rafael Correa, ahora se regirán por medio de un impuesto progresivo que llega a un tope de 47.5% para herederos directos. Pero esto hay que entenderlo bien: porque ha habido mucha desinformación: la tasa marginal (la más alta) del impuesto no es la tasa efectiva, ni siquiera para herencias superiores a 564,600 dólares, el equivalente a 1,600 salarios mínimos, o –para ponerlo en perspectiva– 133 años de trabajo de un obrero dedicados exclusivamente al ahorro.

En la práctica, el impuesto a las herencias es sumamente progresivo, como muestran los dos gráficos a continuación. Es decir, todas las herencias de menos de trescientos mil dólares tendrían una tasa impositiva efectiva menor al 12.1%, que es el valor del IVA, que es el impuesto que más se paga en Ecuador, porque grava el consumo. 

En términos relativos a la economía del Ecuador, 300 mil dólares equivale al salario aproximado de un obrero por cerca de 70 años dedicado exclusivamente al ahorro. No es un patrimonio despreciable, y lo que hay que notar es que el remanente o herencia bruta sería del 87.9% o 263,563 dólares. Es decir, quien recibe una herencia de dicha magnitud aún sería muy afortunado. Por otra parte, una herencia de 100 mil dólares pagaría apenas 3,075 dólares, lo que demuestra la alta progresividad del impuesto. En términos prácticos, el heredero aún sería como el ganador de una especie de lotería, lo que mantiene su superioridad de condiciones para competir frente a la mayoría de ecuatorianos. Pero aquella brecha ya sería mucho menor, como señala la diferencia entre la línea azul y la naranja en el siguiente gráfico.

Calcule en este archivo de Excel qué tasa efectiva le corresponde, su herencia bruta y cuánto debe pagar

Además de la desinformación que ha corrido sobre el monto de estos impuestos, también se han emitido conceptos cuestionables desde una mirada empírica. Por ejemplo, mencionar que este impuesto disminuye el ahorro. Corea del Sur (con un 30% del PIB) y Japón (con un 28% del PIB) son naciones que históricamente han tenido tasas de ahorro que aparecen entre las más altas del mundo, y el impuesto a la herencia en esos dos países es del 50% y 55%, respectivamente. Eso, antes de aplicar deducciones, que es otra forma de hacerlo progresivo; es decir, que su pago sea similar al comportamiento de las gráficas 1 y 2.

Incluso en Estados Unidos el impuesto marginal a las herencias ha sido históricamente muy alto. En los setentas, era levemente inferior al 80%, y empezó a bajar con fuerza con la llegada de Ronald Reagan a la presidencia en 1980. Para entonces, EEUU ya era un país desarrollado y tenía más igualdad que hoy; es decir que su tasa actual del 40% no es necesariamente un buen parámetro de comparación.

La siguiente tabla muestra el impuesto a la herencia en una serie de países del primer mundo que en algún momento tuvieron tasas superiores al 60%. Algunas llegan incluso al 90%.

Si los padres tratan de maximizar la herencia neta a sus hijos –y no la herencia bruta–, entonces un impuesto progresivo a las herencias motiva el ahorro, ya que para dejar un mayor remanente tocaría ahorrar más –esforzarse más–, asumiendo, por supuesto, que no existe evasión, que en la práctica es el principal problema de este impuesto. Es decir que el resultado de este impuesto sobre la inversión es ambiguo. Las conclusiones apresuradas están fuera de contexto, sobre todo mientras no haya un estudio riguroso sobre el tema.

Y en el supuesto de que el impuesto a la herencia sí provocara una disminución en el ahorro, este no es el principal motor del crecimiento económico, como detalla el Nobel de Economía de 1987 Robert Solow. En 1956, Solow estableció que el crecimiento depende en cierta medida del ahorro (que es algo finito) pero en mayor medida del capital tecnológico (infinito), un tipo de insumo que corresponde al aumento en stock y calidad de la ciencia y la innovación. Y la educación es un pilar fundamental para el desarrollo del capital tecnológico.

En 1992, Gregory Mankiw, David  Romer y David Weil explicaron que el nivel de educación es la principal causa las diferencias entre países en términos de desarrollo relativo. Por eso, en Corea del Sur (ver documento adjunto) –que tiene un impuesto marginal del 50% para las herencias– la educación es más importante que la herencia. O dicho de otra forma, en una cultura donde cada año 640 mil estudiantes compiten por un cupo en 1.200 universidades, la herencia que los padres dejan a sus hijos es la educación.

De hecho, tal vez la regularidad empírica en economía más consistente en el mundo entero es la que se obtiene de la ecuación de Jacob Mincer, que establece que la escolaridad tiene impacto directo en los salarios. Esa ecuación fue replicada por dos funcionarios del Banco Mundial, Claudio Montenegro y Harry Patrinos, que en 2014 concluyeron que por cada año adicional de educación, los ingresos de las personas se incrementan en alrededor de un 10% en todo el mundo. Invertir en educación es la clave para el desarrollo, y mecanismos impositivos como el de las herencias fortalecen esta inversión.

En el caso de Ecuador, los datos indican que el impuesto a la herencia no afecta en lo absoluto a los pobres y/o la clase media. Además, la evidencia empírica no señala que el impuesto perjudique al ahorro o al desarrollo de las naciones, pues una gran cantidad de países exitosos lo tienen o tuvieron a lo largo de su historia. Hay mucha desinformación sobre las tasas efectivas y la progresividad: las críticas vertidas hasta ahora se alejan de la realidad. Hace falta un análisis mucho más profundo en un tema que necesita debatirse con más responsabilidad y siempre con una visión histórica de los hechos.

 

*Una primera versión de este texto fue publicada en el blog Ecuanómica.

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¿Cuánto se pagará en realidad con la nueva ley de redistribución de la riqueza?

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