Entre agosto de 2008 y diciembre de 2009, conocimos la perfección futbolística de la mano del FC Barcelona dirigido por Pep Guardiola. En esa temporada, el club consiguió el sextete: Liga, Copa del Rey, Champions League, Supercopa de España, Supercopa de Europa y Mundial de clubes. Aparte de llevarse todos los trofeos que disputó a las vitrinas del Camp Nou, “el Barça de las seis copas” cambió el canon táctico que tanto tiempo llevaba apuntando al 4-4-2 como modelo ideal hacia el 4-3-3 y proyectó a Lionel Messi hacia el olimpo futbolístico. En su primera temporada al mando, Guardiola y sus jugadores construyeron un equipo imperfectible.

Y luego llegó el Inter de Milán de José Mourinho. El cuadro nerazurri utilizó la mayor fotaleza del Barcelona, el juego de posesión y toque, en su contra; le hizo un “Aikido futbolístico”. En la ida, el Inter desarmó a Messi con la marca hombre a hombre de Javier Zanetti y aprovechó sus oportunidades ofensivas para llevarse un 3-1. En la vuelta, los de Mourinho sacaron la casta italiana y dieron quizás la mayor exhibición de catenaccio jamás vista al más alto nivel. No querían atacar, querían cortarle los circuitos de pase al Barcelona, quitarle el espacio para correr en diagonal a Messi. Su delantero de referencia, Samuel Eto’o, recibía el balón en media cancha y se lo entregaba al arquero rival sin chistar. Perdieron, pero solo 1-0. Ganaron la eliminatoria e hicieron sangrar a Dios. La perfección ya no era perfecta.

Ese mismo Barça conquistó la Champions siguiente y se quedó a las puertas de otro triplete, arruinado solamente por el Real Madrid (dirigido ahora por el propio Mourinho) en la Copa del Rey. Seguían ganando, pero ya no era tan fácil como antes. Los defensas ya conocían mejor las mañas de Messi, que igual se las ingeniaba para sorprender, pero sobre todo, los técnicos ya sabían que ganando o perdiendo, Guardiola no iba a cambiar el esquema o el estilo. Cada vez más equipos, grandes y chicos, aplicaban la fórmula anti-Barça con éxito. Y al final, luego de perder la semifinal de la Champions 2011-2012 contra un Chelsea que supo desactivar el tiki-taka, Guardiola se marchó. El equipo necesitaba un cambio para seguir motivado y empujar sus propios límites.

Ascendió al mando su asistente técnico, Tito Vilanova, para continuar el proyecto. Desgraciadamente, un cáncer a la glándula parótida obligó al nuevo arquitecto a dejar su obra desatendida en el trecho final de la temporada 2012-2013. El equipo sintió la falta de liderazgo y sufrió una humillante derrota en semifinales de Champions ante el Bayern de Múnich, 7-0 en el marcador global. La salud de Vilanova no le permitió volver al banquillo y el club acudió a Gerardo “el Tata” Martino a pocos días de comenzar la temporada 2013-2014 para hacerse cargo del club. El técnico rosarino no pudo devolver el ímpetu al equipo y aparte de caer por primera vez en varios años en cuartos de final de Champions, dejó escapar la Liga en las últimas fechas. Fueron dos temporadas llenas de frustraciones deportivas y humanas. En abril de 2014, días después de caer en la Champions, murió Tito Vilanova, el técnico que estuvo desde el comienzo e intentó reconducir al equipo a la gloria manteniendo viva la idea que sembró Cruyff en los noventas y luego cosechó Guardiola.

Para esta temporada, la directiva volvió a apostar por un hombre de la casa: Luis Enrique. El asturiano, ídolo en “Can Barça” en su etapa de jugador por su entrega en el campo y por haber abandonado al eterno rival madrileño con bombos y platillos, volvía a casa con la tarea de convertir una buena era en una dinastía futbolística.

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No fue fácil. A mitad de año, el Real Madrid lideraba en la Liga, Messi estaba lejos de Cristiano Ronaldo en la tabla goleadora y después de una dura derrota en el campo de la Real Sociedad, trascendió que el máximo astro del equipo y el técnico no comulgaban. Marca, uno de los diarios deportivos más importantes de España, puso el asunto en primera plana con un titular incendiario: “El Barça se descompone”. La dirigencia despidió al director deportivo del club y anunció el adelanto de las elecciones presidenciales. Todo mal, el Barça parecía estar contra las cuerdas con todo el peso de su legado.

Como esto es una metáfora de boxeo, el Barça es Muhammad Ali, y Muhammad Ali peleaba colgado a las cuerdas para luego noquear a sus contrincantes. Lo mismo hizo el Barcelona. Más allá de los excelentes resultados que impulsaron al equipo a ser el primero en la historia en conquistar dos tripletes y recuperar el espíritu arrasador del “Pep Team”, Luis Enrique logró lo que parecía imposible: mejorar lo inmejorable. Este Barça no solo sigue siendo el mejor ejecutor del juego de posesión y pase del mundo, es posiblemente el mejor equipo al contragolpe y al juego directo en el planeta. Basta con ver la final de Champions ganada a la Juventus para evidenciarlo.

El primer gol: puro toque, Neymar arrastra la marca de Bonucci y abre un espacio en el área, pase a picar para Iniesta, el español habilita a Rakitic, pum, gol. En el primer tiempo vimos al Barça “old school”, puro toque, paciente, al acecho del mínimo espacio que dejara el rival. En el segundo tiempo, cuando la Juve empató y tomó las riendas del partido, el Barça decidió replegarse, arriesgar invitando al rival hacia su área para que Messi y compañía tengan espacios que atacar, algo impensable en la era Guardiola. La apuesta pagó en el minuto 68, cuando Messi pudo abrirse camino y rematar fuerte para dejarle un rebote pagando en el área a Luis Suárez. El Barça mantuvo la idea hasta el final y pudo aprovechar los embates finales de la Juve para culminar un contragolpe en el gol definitorio de Neymar con tiempo cumplido.

Este Barça es grande no solo por los títulos, no solo por los resultados, no solo por los grandes goles que ha generado. La grandeza de este equipo histórico está en haber conocido el dominio absoluto de su arte y aun así no conformarse y seguir buscando superarse a sí mismo. Este Barça que aprendió a sufrir hoy agranda su leyenda mirando al infinito. Moltes gràcies, Barça.