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Cuando un avión va llegando al aeropuerto José Joaquín del Olmedo, en Guayaquil, desde las ventanillas se ven las casas de las urbanizaciones de la vía a Samborondón. Pintan bien: los costos de comercialización son altos y los constructores se han preocupado porque la vivienda de mercado sea un bien de consumo en óptimas condiciones físicas y estéticas, incluso en esa parte que casi nunca se ve: la quinta fachada, o las terrazas, azoteas y tejados de los edificios. La quinta fachada es fundamental en la imagen de una ciudad: desde una visual aérea o desde lugares altos, aporta al paisaje urbano. Una casa que contribuye con la estética de la ciudad mejora la percepción sobre la propia calidad de vida, y el estado de la quinta fachada es un indicador del estado de toda la edificación. Pero la historia es otra en Guayaquil. Barrios del sur (Isla Trinitaria, Guasmo Oeste, La Floresta, Batallón del Suburbio) y del norte (Sauces, La Alborada, Samanes) son pobres en la estética de su quinta fachada, que no es coherente con lo que se ve desde el avión. Unas tienen cubiertas de caída de aguas de zinc, la mayoría de ellas en estado de óxido tornándose de color café; otras, cubiertas de caída de aguas de eternit con un color gris inicial que con el envejecimiento y la humedad producto de las lluvias se torna de color negro, y otras tienen losas de hormigón armado sin presencia de terrazas jardín y con varillas vistas para futuros pisos a construir. Son tres patologías que responden al desinterés por tener una vivienda que aporte a embellecer de forma colectiva a la ciudad, y un problema para una ciudad que intenta consolidarse como un destino turístico.

La arquitectura informal es bastante alta en Guayaquil. Según estudios de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Guayaquil, siete de cada diez personas construye sus casas sin arquitectos. Es decir, la construcción de viviendas se entiende como empírica. Resultado: malos acabados por la falta de criterio técnico en la combinación de materiales y pobreza del diseño, lo que vuelve a la ciudad antiestética. No se puede hablar de progreso urbanístico y muchos menos de desarrollo si el 60% de la población de Guayaquil vive en casas con un inexistente diseño arquitectónico, artístico y técnico, que son el deber ser del campo de la arquitectura.

La apariencia de las ciudades responde a la voluntad arquitectónica y urbana de su gente. Una ciudad se construye a lo largo de un proceso histórico sobre un territorio determinado, y enmarca a una población con rasgos antropológicos y sociológicos. Las ciudades construidas por sus habitantes –de manera formal o informal– responden a las aspiraciones estéticas de su población. Es decir, toda localidad puede transmitir belleza, pero esto depende del deseo de gozar una ciudad estética que funcione técnicamente y con la que sus habitantes se identifiquen.

Movimientos arquitectónicos del pasado buscaron priorizar la estética urbana a través de la producción arquitectónica. Los griegos, con los órdenes clásicos en busca de la belleza propia de la geometría de la naturaleza, construirían la acrópolis de Atenas. Retomando esos órdenes, los renacentistas italianos crearon un lenguaje arquitectónico que comulgaba con los ideales humanistas en Florencia. Ese estilo, que rompió con el gótico, luego se esparciría por toda Europa y el mundo. En el siglo XX, la arquitectura moderna buscó un nuevo estilo racionalista-funcionalista. Eran formas que carecían de ornamentación, pero la belleza estaba en su geometría limpia y cubista. En la posmodernidad arquitectónica, toda combinación ecléctica de estilos anteriores es válida para proyectar la estética urbana contemporánea. Todas las ciudades a nivel mundial pudieron aprender de estos estilos vanguardistas en sus épocas para crearse una identidad mediante la arquitectura.

La construcción como urbe de Guayaquil tuvo muchas influencias. Inicialmente, sus construcciones en madera basaban sus proporciones en la arquitectura clasicista propia de las colonias españolas. Años después, serían consumidas más de una vez por voraces incendios. A inicios del siglo XX, con el aporte de arquitectos italianos, se levantaron obras monumentales. A mediados de ese siglo, Guayaquil desarrolló su propio lenguaje arquitectónico, un estilo que se hace evidente en la obra de arquitectos como Guillermo Cubillo Renella, Quevedo, Simón Bolívar Jalón o Héctor Martínez, entre otros. Pero en la década de los ochenta, políticas locales populistas y anti-técnicas dieron inicio a un crecimiento urbano desigual no planificado, donde se consolidaron varios sectores marginales de la ciudad. En esta época, barrios como Mapasingue, Pascuales, Prosperina o Febres-Cordero fueron el resultado de promesas electorales que, sin planificación técnica, causaron un punto de quiebre entre la estética arquitectónica formal e informal. Aquello causó una categorización espacial de estratos sociales en Guayaquil: estos sectores vulnerables y sin estética arquitectónica serían relacionados con la pobreza y miseria de la ciudad.

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Posteriormente, sectores económicos aún más vulnerables ya no pudieron contratar el servicio de arquitectos, y culturalmente no tenían el interés de vivir en casas que los dignificaran desde la estética del diseño de la vivienda. Ya no parecía importar la estética de la arquitectura guayaquileña, sobre todo en las viviendas de los estratos sociales medios-bajos. La ciudad estaba en su aspecto estético más deplorable. Y por supuesto, la quinta fachada también ha sufrido su parte. Esa que se ve de forma ocasional desde un avión, o los puntos altos de la ciudad, o Google Earth Pro, una herramienta que permite tener lecturas reales del estado en que están concebidas las quintas fachadas en todo el mundo.

Proyectos de quinta fachada

La municipalidad de Cuenca ha fomentado el uso de la teja como un material identitario que denota el buen gusto y el sentido de tradición en el austro ecuatoriano para las cubiertas de las edificaciones. Al arribar a la capital azuaya vía aérea se puede notar que su quinta fachada es homogénea y está en buen estado, lo que invita a encontrar una ciudad que, desde la arquitectura de sus edificaciones patrimoniales como modernas, es coherente con lo que se puede ver desde el cielo. El museo a cielo abierto del cerro Bellavista (Valparaíso, Chile), es otro caso donde el arte de los murales en las edificaciones y un estado aceptable de las quintas fachadas son fundamentales para la apreciación y deleite de los miles de turistas que llegan cada año. Mendoza, Argentina, complementa la estética de la quinta fachada con arborización en las aceras, un estímulo visual para una vista aérea.

En 2011, el municipio de Medellín, Colombia, inauguró unas escaleras eléctricas en el barrio San Javier (Comuna 13), ubicado en un cerro con pendientes pronunciadas. Desde la construcción de las escaleras, el trayecto de salida –que tomaba media hora a pie– dura unos seis minutos. Es decir, ha mejorado considerablemente la calidad de vida urbana del sector. Lo más interesante es que la comunidad barrial –guiada por la visión de los arquitectos colombianos– ha puesto grafitis sobre las cubiertas de zinc de las casas. Es decir que la Comuna 13 se ha vuelto un espacio urbano artístico. Este tipo de iniciativas motiva al ciudadano local como al turista a visitar el barrio, impulsando un modelo de desarrollo que beneficia la economía colectiva del sector, al ser parte de la oferta turística de Medellín.

Las quintas fachadas pasaron de ser simplemente cubiertas a ser elementos identitarios enraizados en la cultura local de sus habitantes. Esa fachada que casi nunca se ve es capaz de cambiar la percepción de los habitantes sobre su calidad de vida. Y eso es un estímulo necesario para el empoderamiento de una cultura colectiva en la transformación de la ciudad. Es fundamental el mantenimiento de la quinta fachada y la búsqueda de iniciativas para mejorar la forma en que nos vemos desde arriba.

Y el desafío para Guayaquil es que su gremio de arquitectos participe en la construcción de la ciudad desde las viviendas de estratos sociales de renta baja, porque el diseño es capaz de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos a través de su percepción visual de lo estético.

La ciudad será estética solo si en la suma de todas sus partes, el resultado es la unidad visual. Las edificaciones no son objetos aislados en el espacio urbano: la arquitectura en ellos es el rostro de la ciudad. Las fachadas son como lienzos donde el arte plástico exige moralmente el mejor diseño y acabado posible para el beneficio visual colectivo. La quinta fachada no es la excepción, pues hoy más que nunca está a la vista desde el transporte aéreo y desde la tecnología. Si Guayaquil quiere ser competitiva en la industria turística mundial debe revisar qué calidad de quintas fachadas está promocionando ante la población global. Talvez las pinturas de Ernesto Charton de Treville, que retrataban de forma pintoresca al Guayaquil del siglo XIX, sirven como punto de partida para repensar la quinta fachada identitaria de la ciudad.

La estética de los edificios equivale a la voluntad arquitectónica de la sociedad de la época. En otras palabras, es como un espejo de lo que somos cultural y artísticamente como sociedad.

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¿Por qué es tan importante el techo, si casi nunca lo vemos?