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Se utiliza la palabra marica para definir al cobarde, pero los hechos alrededor del mundo –y mi propia experiencia– demuestran lo contrario. ¿A qué edad descubriste que eras gay? debe ser la pregunta número uno en el ranking del interrogatorio a un homosexual. Le siguen ¿Lo sabe tu familia? y, ¿el uno hace de hombre y el otro de mujer? Dichas dudas, aclaradas, una y mil veces, ponen de manifiesto que aún vivimos en una sociedad ignorante, por elección.

No es que haya una epifanía en la adolescencia o algo parecido para descubrir que uno es gay, yo lo supe cuando me enamoré de Eduardo Capetillo, la primera vez que pasaron la telenovela Marimar. El proceso es tan natural como cuando te tocabas pensando en la vecina, sin miedos y sin culpa. Y ahí está la diferencia entre tú y yo: mientras a ti te felicitaban por levantarle la falda a una niña o celebraban que te gustara, yo tenía que escuchar:

—es normal, lo anormal sería que no le guste.

Vivía con la culpa de hacerle daño a mi familia y el miedo de convertirme en un enfermo, en un degenerado, en un pecador. Tal vez parezca nada, pero piensa en un pelado de catorce años afligido por eso.

Además tenía que ser un secreto. Se lo dije solo a una psicóloga, a la que le pagué con mi mesada. La [supuesta] profesional respondió: “ser gay es una cuesta arriba ¿por qué no te tomas un trago y te acercas a una chica?”. En el colegio me vi obligado a tener novia para no ser aniquilado: ya era suficiente con que no me gustase el fútbol. Toda la secundaria tomado de la mano de alguien por quien no sentía nada, dándome besos a tutti frutti para que los demás vieran. Besos insípidos y vacíos.

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A diario tenía que lidiar con expresiones de supuesta aprobación, las cuales siguen camuflando una realidad prejuiciosa y discriminatoria. Siempre con un pero. “Acepto a los gays pero si no se meten conmigo; los tolero pero si no son afeminados; cada uno hace con su vida lo que quiere, pero no estoy de acuerdo con que los niños aprendan de eso; yo no soy homofóbico pero no puedo ver a dos hombres besándose”. Yo no era un acosador, ni un taladro en la madrugada para que me toleren, ni pretendía ser una guía de amaneramiento para los niños ¡Yo era un niño!  

Los gays somos el grupo que ha sustituido a los negros y a las mujeres de ser defendidos en los discursos progresistas con el único fin de mostrarse políticamente correctos. El problema es que no pasa a la práctica y encima, nos defienden mal, siempre escucho frases como “yo tengo varios amigos gays”, “los gay son los mejores confidentes”, o “son súper artísticos”. Como si fuéramos una especie distinta ¿Qué esperan por tener un amigo gay, un trofeo?

Sí, mi familia sabe de mi orientación sexual pero no querría saberlo. Aunque hemos pasado incluso la etapa del don’t ask, don’t tell (en un periodo de al menos cinco años), tampoco es el tema favorito de la sobremesa. Cuando se enteraron por una foto en la que estaba con mi novio, mis padres tenían tan poca información, que llegaron a decir y, no miento, que todo era consecuencia de escuchar Atrévete de Calle 13, porque la canción dice “salte del clóset” (donde ahora viven muriendo por asfixia, muchos hombres que conozco). Mi confesión, como fue forzosa, constituyó también un acto de violencia. Mis padres montaron un melodrama lleno de frases preestablecidas: mi madre clamando a Dios en un llanto inconsolable con un frasco de Rivotril en la mano gritando que ella había tenido un varón, y mi padre haciéndome jurar que fue una cosa de una vez, algo así como algunos montubios con las burras o los presos por necesidad ¡Me mandaron a la verga! Y allá fui a parar.

Llegó la época de conocer chicos, discotecas GLBTI y de probar la libertad. Los besos sentidos y las relaciones reales que tuve, fueron justo lo opuesto a las de mis años estudiantiles, siempre a escondidas, casi clandestinas. Y claro, no es que podía guiñarle el ojo a algún extraño en una fiesta, la citas amorosos eran a ciegas, pactadas por Internet. Así, la mía fue una libertad condicional.

Pudo ser peor: el presidente de Zimbabue dijo que los gays somos peores que los cerdos. El de Gambia, que somos alimañas que debemos ser perseguidos como la malaria. En Rusia existe una caza de homosexuales abierta e impulsada por el gobierno. Ser gay es ilegal en ochenta países. Se castiga con cárcel, latigazos, lapidaciones, confinamientos en instituciones mentales, e –incluso– con la pena de muerte. Detente un momento y analiza lo que acabas de leer, porque es común que hagamos como Susanita de Mafalda, que lee el periódico y dice “Por suerte el mundo queda tan lejos”. Relee. Sí, hasta pena de muerte porque te atraiga una persona.

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En cuanto a los roles sexuales, el cuestionamiento parte de un principio heteronormativo y la respuesta es simple: no. No puedes comparar tenedores con palillos chinos: No hay uno que hace de mujer y otro de hombre. Entendido eso, hay que decir, que en el sexo gay se aguanta, se goza, pero se aguanta. Por eso, ustedes a veces usan “les dieron por el culo” para decir que a alguien le fue muy mal o le pegaron una paliza. Lo admito, duele. Casi siempre es solo un ratito y te lleva a un clímax que tú nunca experimentarás, pero sí: duele.

Los gays nos fajamos. Superamos obstáculos que tú ni siquiera conoces. Hoy en el Ecuador presumimos de “privilegios” como el reconocimiento de la unión de hecho. Sin embargo, mientras existan casos de clínicas ocultas de “deshomosexualización”, despidos intempestivos y expulsiones por el hecho de ser gay, crímenes de odio, bullying, programas de radio y televisión con tintes homofóbicos y tengamos que aislarnos, todavía estaremos –como diría Mercedes Sosa– sobreviviendo.

Bajada

¿Qué tan difícil es ser gay?

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