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El antiguo ministro coordinador de Talento Humano, Guillaume Long, se posesionó el 26 de marzo de 2015 como el ministro de Cultura, uno de los que menos tiempo aguantan a sus titulares: Long es el séptimo en ocho años. Es una institución en crisis, que ha logrado ha podido estrenar la Universidad de las Artes, intervenir cerca de doscientos lugares patrimoniales e implementar una serie de fondos concursables para la creatividad. Pero el horizonte ahora está un poco más allá: La intención es que el Ministerio, a través de los consumos y la creación cultural, desempeñe un papel en el desarrollo de economías creativas, parte importante del cambio de la matriz productiva, que es el eje de la propuesta del gobierno de la Revolución Ciudadana.

Con una Universidad de las Artes que ya tiene estudiantes en primer año y la urgencia de aportar al cambio de la matriz productiva, el camino a seguir es claro: El Ministerio debe, sí o sí, crear un Sistema Nacional de Cultura. Es decir, necesita organizar a las instituciones y delimitar roles y responsabilidades. Y aunque las artes y la cultura se suscitan, y no se decretan, para el ministro está claro que hay un punto clave para poner a marchar de forma definitiva al Ministerio: la aprobación de la Ley de Cultura. Luego de un mes de relativo silencioso, Guillaume Long habla sobre su nuevo puesto.

¿Qué hay que arreglar en el Ministerio de Cultura?

Algunas cosas, pero diría que lo más importante es establecer un sistema nacional de cultura. No podemos estar haciendo política pública ad hoc. El Ministerio debe tener cierta espontaneidad, pero necesita un sistema.

¿Qué se necesita para crear ese sistema?

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Para montar el sistema de educación superior, hubo una pelea muy dura que fue la Ley Orgánica de Educación Superior (LOES) en 2010. Han pasado cinco años y esa ha sido la hoja de ruta para avanzar. En Cultura no se puede negar que hay avances clave con los fondos concursables que no existían antes; una obra patrimonial importante –ahora mismo el ministerio está interviniendo doscientos lugares patrimoniales–, y una serie de cosas desde 2008. Pero hay una deuda pendiente que es el Sistema Nacional de Cultura. Contrario a lo que pasó en el área de Educación, acá no ha habido ese sistema, y eso hay que establecerlo con fuerza política y con eficiencia. Y eso pasa forzosamente por una ley, que es un tema que está retrasado.

Ahora la Ley de Cultura está en segundo debate en la Asamblea Nacional. ¿Cambiaría algo en el proyecto?

Creo que tiene que haber más énfasis en el fomento y más claridad sobre las funciones de la Casa de la Cultura.

¿Qué cosa exactamente vendría a ser al Sistema Nacional de Cultura?

Sistema es una palabra un poco abstracta, pero la idea que es cada una de las instituciones tenga un rol, que nadie se esté pisando la manguera: que el municipio no haga lo  mismo que la Casa de la Cultura o el Ministerio. Se trata de una institucionalidad seria con autonomías importantes. En el ámbito de la creatividad necesitas autonomías, porque no sabemos quién va a estar mañana en el gobierno, y con eso hay que tener mucho cuidado. El arte se suscita, no se decreta, y hay que dejar plasmado un sistema para que se pueda suscitar. El tema del fomento es fundamental. Necesitas fondos, pero que no sean fondos clientelares. Que no sean fondos porque me caes bien, o porque eres políticamente cercano. Que sean asignados de acuerdo a un reglamento claro, una normativa clara y que lo otorgue una institución que tenga claro cada cuánto tiempo, cuánto es el monto de esos fondos y cómo se alimentan: ¿Son del plan anual de inversiones del estado o tienen que ver con impuestos? ¿Son fondos municipales, estatales o provinciales… Cuando tienes la respuesta a todas estas preguntas, ya tienes un Sistema Nacional de Cultura. Es decir, se trata de organizar las cosas: Quién hace qué, a qué nivel y con cuánta plata. Y ver qué otros sectores incorporar. Por ejemplo, ahora hay muy poco apoyo del sector privado a las artes y la cultura.

¿Piensan incluir al sector privado en el financiamiento de la cultura?

Sí. Por ejemplo, industrias cinematográficas en auge como las de Brasil o Francia no solo se han levantado con fondos del Estado, sino también con fondos privados. ¿Cómo haces eso sin caer en el gran temor de los creadores, que es que el capital vaya dictando la creatividad? Como nosotros somos personas de izquierda que creen en la supremacía del ser humano y la creatividad sobre el capital y en el valor de uso por encima del valor de cambio, tenemos que cuidarnos mucho de eso. Pero se puede establecer un diseño institucional que hace que por ejemplo el sector privado aporta y las películas salen con el logo de la compañía, pero las empresas no necesariamente saben a qué película están aportando, y en que un consejo público toma la decisión de qué películas se benefician con esos fondos en función de criterios de calidad… Me parece que en Brasil todas las películas llevan el logo de Petrobras, porque Petrobras alimenta un fondo que es para toda la industria cinematográfica brasileña. Pero ellos no escogen a quién aportar en función de quién les cae bien o si los mensajes de la película están acordes a sus ideas. Así, las empresas no pueden dejar de financiar porque algún producto es demasiado transgresor. Y por supuesto, tienen que haber incentivos adecuados para que el sector privado quiera invertir en cultura.

Hasta 2007, las donaciones para becas educativas se podían descontar de los impuestos. Pero eso se eliminó en este gobierno. ¿Un incentivo para que la empresa privada aporte a las artes sería en esa línea?

Eso lo vamos a trabajar. Tenemos muy poco tiempo y aún estamos tanteando este terreno. Pero puede haber formas legales de hacerlo, hay que ver cómo se maneja. Puede ser también a través de otro tema importante: con una reforma a la Ley de Cine actual. Hay propuestas. De hecho, hace unas semanas se habló mucho aquí en Guayaquil. Los cineastas están con propuestas que me alegran porque son solventes. A veces los artistas tienen ideas que no terminan de aterrizar en el papel, pero ahora veo propuestas muy rigurosas y definidas para reformar la Ley de Cine.

¿Cuál es el rol del Ministerio de Cultura en el desarrollo de las economías creativas?

Estamos en proceso de cambiar la matriz productiva, que la materia prima deje de ser el 90% de nuestra economía. Eso significa diversificar la economía y crear un valor agregado no sea necesariamente industrialización y manufactura como en el siglo XIX, sino que tiene que ver mucho con la economía de la innovación, con la economía de la propiedad intelectual, del conocimiento. Eso hemos apostado mucho en sectores de educación superior, ciencia y tecnología, pero tenemos que apostarle de la misma manera en cultura. La Cultura es el 12% del PIB de Estados Unidos, pero aquí es menos del 1%.

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¿Y cómo piensan apostar en Cultura?

En el siglo xxi, la ciencia y la cultura están tendiéndose muchos puentes. No solo desde el punto de vista académico, sino productivo, interdisciplinario. Por ejemplo, los teléfonos inteligentes que usamos a diario son esa mezcla virtuosa y económicamente rentable del diseño, de la creatividad artística y de la innovación científica. Cuando hablamos de innovación, de creatividad, tenemos que hacer que Cultura sea una parte de eso. Esto es lindísimo, porque las industrias creativas generan un tejido social súper rico, una modernidad a la que aún no hemos accedido en Ecuador, que todavía no logra estas urbes megacreativas.

Y eso es algo que podemos hacer. La Universidad de las Artes es clave ahí. Todavía tiene todavía que crecer y madurar, pero tiene presupuesto, voluntad política, una excelente comisión rectora, y cada vez más cosmopolitanismo creativo y académico. Creo que con la adecuada inversión del Estado y del sector privado se puede hacer grandes cosas. Yo voy a empujar este año una línea de emprendimientos culturales. La vamos a lanzar en mayo. Será un presupuesto distinto al de los fondos concursables para los artistas.

¿Y qué tipo de proyectos esperan tener ahí?

El tema no son los proyectos, sino cómo los sostengo. Por ejemplo, en ciencia y tecnología, lanzamos el banco de ideas. Los ciudadanos pueden mandar sus ideas, y hay toda una metodología para ver si desde el Estado –concretamente desde  Innopolis, ahora que se maneja mucho con yachay– se lo puede financiar, o financiar una parte. Pues bien, hay que hacer lo mismo en Cultura. De pronto hay un potencial brutal de empresas que se quieren dedicar a la creatividad, y podemos hacer una metodología parecida.

La Universidad de las Artes ya tiene estudiantes en primer año. En 2012, cuando el Consejo de Educación Superior (CES) aprobó el expediente, que destacaba la necesidad de una decolonización de las artes y de ganarle terreno al eurocentrismo. Eso, de acuerdo al discurso contrahegemónico de la Revolución Ciudadana. Pero daba la impresión de que esa idea de decolonización ocupaba demasiado espacio en el proyecto, se veía como la idea central en un momento en que el arte no se limita por fronteras. ¿Es necesario todo el espacio que tiene esa intención de decolonizar las artes y de salir del eurocentrismo? Vivimos en una república.

Sí, claro. Vivimos en una república. Pero la decolonización es una tarea pendiente y en curso. Y tenemos que seguir, porque todavía nuestras mentes están colonizadas en muchos aspectos. “Decolonización” no es sinónimo de “contahegemonía”, ni de lucha contra el eurocentrismo. Creo que ahí hay diferencias sustanciales. Porque la decolonización no quiere decir que vamos a dejar de tomar antibióticos, ver el fútbol o tomar cerveza, que son tres productos claramente occidentales. Hay que ser inteligentes en cuanto a qué es lo que nos sirve, qué tenemos que aprovechar, qué legado de la humanidad es universal. Yo soy muy universalista en ese sentido. Hay que tener cuidado con qué es lo que entendemos. Hay un fundamento universalista, pero por supuesto defendiéndonos de los imperialismos culturales que existen todavía. Es indignante ver que nuestras salas de cine le dan un espacio abrumador a Hollywood, y que e incluso se le impide el acceso a películas ecuatorianas de muy buena calidad. Por ejemplo, a La muerte de Jaime Roldós, porque el dueño del cine no quería pasar un documental tan político. En ese sentido, creo que el festival de documentales EDOC [Encuentros del Otro Cine] es contrahegemónico. Eso no significa que es solo ecuatoriano, o que retrata solo el mundo andino e indígena. Hay documentales de Asia, África… Y hay temas de rupturas estéticas que tienen razón local y regional, pero razón universal también. Entiendo lo contrahegemónico en cuanto a lo subalterno, a los pobres, marginados, a los invisibilizados. Estamos tan colonizados que los medios de comunicación nos invisibilizan. Me pregunto si se está cumpliendo con el artículo de la Ley de Comunicación que pide que el 10% de los productos de televisión sean independientes. Yo siento que no, pero vamos a hacer un estudio. Y eso es luchar contra la hegemonía de una sola estética, de un solo modelo de producción, de un solo formato, el de Hollywood. En ese sentido soy contrahegemónico. Siempre que defiendes la diversidad eres contrahegemónico. Porque las hegemonías impiden la diversidad.

Si el Estado cumple con las condiciones para expresar la diversidad… desde la pelucona hasta popular, todas las formas… Pero si garantizas esa diversidad, estás siendo contrahegemónico.

Este tema de la decolonización y lo que iba a significar en el pénsum de la Universidad de las Artes es una preocupación que estaba ahí porque las mallas curriculares eran –si no lo son aún– informes.

En eso se ha avanzado muchísimo. Es verdad que la Universidad de las Artes tuvo problemas en sus inicios. Nadie lo ha negado. Es difícil crear una universidad, sobre todo si tienes metas ambiciosas. Pero acabo de ver las últimas mallas, y siento que la propuesta es genial. Está a la vanguardia en temas académicos y artísticos a nivel mundial. Tenemos una comisión gestora de gran nivel. Creo que en los próximos meses vamos a ver un crecimiento no lineal sino exponencial.

Pero además, hay una muy buena relación con el ITAE. Y esa es una de las cosas en las que insistí mucho, porque el ITAE tiene un legado institucional establecido en Guayaquil. Con sus fortalezas y sus debilidades, el ITAE ha sido la institución que ha generado creatividad en esta ciudad. También hay otras, pero el ITAE es uno de los pilares. Y ahora hay una excelente relación. Ahora la Universidad de las Artes y el ITAE van a seguir juntos. Incluso es probable un proceso de fusión. Creo que ya estamos bien encaminados. Y ahí hay otro triunfo contrahegemónico: La mayoría de los productores y cineastas del Ecuador de hoy estudiaron en el exterior, y eso es un privilegio. Y de los que no estudiaron en el exterior, la mayoría lo hizo en la Universidad San Francisco de Quito, que también es un privilegio. Ahora van a poder estudiar en una Universidad de las Artes pública, gratuita. Un año después de la creación de la Universidad, por fin estamos despegando.

Acaba de revisar las últimas mallas. ¿Qué cosas concretas hay para afirmar que la Universidad despega?

Primero, vamos a tener una planta docente internacional de primera. No solo son académicos, sino también con gente del sector de la producción artística cultural. La comisión gestora va ayudar mucho en eso. Somos impacientes, pero hay que entender que la Comisión apenas tiene dos meses. Segundo, todo el trabajo que hemos hecho silenciosamente el último año en el tema de las mallas curriculares y está a la vanguardia a nivel mundial: han trabajado más de cien académicos sugiriendo. Tercero, la Universidad va a crecer fuera de la Gobernación, hacia otros edificios emblemáticos: El Telégrafo, la Bolsa de Valores y la Superintendencia de Compañías se van a ir sumando. Cuarto, vamos a cambiar la lógica del acceso a la Universidad. Los aspirantes tienen que presentar un portafolio, habrá audiciones… Hay que pensar muy bien la Universidad desde todos esos detalles.

Pero ¿qué clase de portafolios podría presentar un estudiante recién graduado de un colegio?

Aquí volvemos a la palabra “sistema”, porque sin eso no funciona. Necesitamos profesores a nivel de las escuelas y colegios. Si no, no vamos a ningún lado. Si es que no tenemos estimulación temprana en arte no vamos a ser una potencia cultural. Eso los cubanos lo entendieron muy bien. Y la Universidad de las Artes tiene que ser el gran generador de eso. Ahora estamos aupando un acuerdo con la UNAE, la universidad pedagógica. No todos los graduados de la Universidad de las Artes van a ser los próximos Guayasamín ni los próximos Oliver Stone. De ahí también tienen que salir los futuros profesores de un sistema complejo que permita conocer las artes desde la pequeña infancia, que sea sostenible, y que nos permita cambiar nuestra matriz productiva.

Bajada

¿Tiene algo que ver la emancipación cultural con la matriz productiva?