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Fue un tremendo golpe para HBO y una gran noticia para los fanáticos: a menos de 24 horas del estreno de la quinta temporada de la popular serie Game of Thrones, los cuatro primeros capítulos se filtraron a la web. Dieciocho horas después, el sitio web Torrent Freak reportaba que cada episodio había sido descargado alrededor de un millón de veces. En la era digital, el público es impaciente. La gente quiere productos y los quiere ahora. Pero para el canal no hay derrota. La filtración fue un regalo inesperado que no afectó los ratings de HBO: los mejoró. Alrededor de ocho millones de estadounidenses vieron la premiere de manera legal el pasado 12 de abril; es decir casi un millón y medio más que el estreno de la cuarta temporada en 2014. El esfuerzo de los piratas para democratizar la cultura a partir de descargas ilegales es, en términos empresariales, la mejor forma de publicidad para la industria del entretenimiento, aunque esta se niegue a entenderlo.

La era del internet y la inmediatez, avalada por redes sociales, Youtube, torrents y el streaming ha creado nuevos consumidores a los que la industria del entretenimiento parece no querer adaptarse. Estos internautas están ya acostumbrados a encontrar el contenido que quieren a cualquier hora del día, en el idioma preferido y el formato necesario. Mientras, Hollywood y las cadenas de televisión gritan sus pérdidas económicas y organizan tercas cruzadas contra la piratería. Lo que buscan con ello es no desarmar todo el modelo de negocios que las ha convertido en empresas multimillonarias.

El nuevo perfil del televidente

La TV pagada se promociona como un servicio en el que la mayor ventaja es su variedad. El discurso aún es aceptado en Ecuador. Según la Superintendencia de Telecomunicaciones (Supertel), de 741.187 suscriptores en junio de 2013, la cifra llegó a 1’210.575 en diciembre de 2014. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), los hogares del país cuentan con un promedio de 3.2 habitantes. Es decir que cerca del 30% de los ecuatorianos tiene acceso a la TV pagada. Este aumento coincide con el abaratamiento de costos gracias a la llegada de la televisión satelital: El servicio funciona con un sistema de recargas que permiten al usuario decidir cuándo gastar su dinero, lo que ayuda a administrar mejor sus recursos.

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Mientras tanto, la TV de señal abierta en el país aún no puede brindar inmediatez. Pasarían años antes de que aquí se pueda ver gratis el último estreno de Hollywood o The Big Bang Theory, la serie cómica más popular del mundo. Sin embargo, nada les garantiza a los suscriptores de TV pagada que tendrán al alcance la misma experiencia audiovisual que los norteamericanos. Todo depende del intrincado sistema legal que utilizan las productoras para comerciar los derechos de difusión de sus productos. Es culpa de este sistema de copyrights que, por ejemplo, el canal AMC transmita en Norteamérica un capítulo nuevo de The Walking Dead –la popular serie ambientada en un apocalipsis zombie– el domingo, pero que los televidentes de América Latina, pese a tener un paquete de cable, tengan que esperar un día para verlo en FOX, propietaria de los derechos de reproducción en la región. El mensaje de la industria parece ser “páganos y mira las cosas a nuestro ritmo”. Pero eso es despreciar el poder que tienen los televidentes de esta época hiperconectada.

Durante la transmisión de la quinta temporada de The Walking Dead, entre octubre de 2014 y marzo de 2015, la producción fue acumulando récords de descargas ilegales. En febrero de 2015, el quinto capítulo tuvo 1.29 millones de descargas alrededor del mundo veinte horas después de su estreno. Los datos pertenecen a la empresa de monitoreo web Excipio, que además indica que el episodio estuvo disponible en la red tan solo veinte minutos después de finalizar en AMC. Esos números son solo una muestra. En el conteo acumulado, la lista de series más pirateadas entre 2014 y 2015 está encabezada por Game of Thrones (HBO) con 8.6 millones de descargas. Luego viene The Walking Dead con 4.6 millones, seguida por The Big Bang Theory (Warner), con 3.9 millones de filtraciones.

El Reporte sobre uso del tiempo, elaborado por el INEC en 2012, indica que los ecuatorianos le dedican, en promedio, una hora y media diaria a la televisión. El televidente se acerca a la pantalla para mirar ya sea un partido de fútbol, noticias, o la novela de las 8 PM. En cambio, la oferta de variedad de Internet es un hecho y la enorme ventaja es no tener que pagar por canales que no se usarán. Un plan básico de banda ancha en Ecuador puede costar alrededor de veinte dólares. En 2013, el INEC calculaba que el 28,30% de ecuatorianos tenía acceso a la red. Entonces, basta una laptop, una Tablet o hasta un celular con señal wifi para acceder a cualquier sitio de streaming y ver esos contenidos específicos cuando le dé la gana. Ese es el nuevo televidente del mundo, liberado de los horarios de la televisión y también del pesado bulto de los copyrights. Este televidente quiere las cosas fáciles. Su rango de edad está entre los quince y cuarenta años, conoce bien la tecnología y no quiere pagar por dependencia. Más bien, quiere ser el dueño de lo que ve. En ese sentido, quizá sin saberlo, el nuevo televidente avala y extiende la filosofía de la cultura libre.

¿Qué es la cultura libre?

En general, se llama “pirata digital” a quien viola los derechos de autor al reproducir una obra en internet. Cada país tiene sus propias legislaciones y consideraciones sobre cuándo se comete una violación de copyrights. Sin embargo, el estatuto más difundido es el estadounidense, denominado Acta del Milenio de los Derechos de Autor (DMCA, por sus siglas en inglés), gracias a los múltiples procesos legales que realizan a nivel mundial instituciones como la Asociación Americana de Cinematografía (MPAA) y la Asociación Americana de la Industria Discográfica (RIAA). En el extremo opuesto está la filosofía de la cultura libre: todos deben tener acceso a los productos culturales, software e información. Es una apuesta por la democratización de la cultura global que advierte a público y creadores sobre las barreras creativas y de acceso que representan las empresas intermediarias: distribuidoras, editoriales o agencias publicitarias, entre otras.

El abogado estadounidense Lawrence Lessig, especializado en derecho informático, es considerado el principal representante de esta filosofía. En el libro Free Culture (2004), Lessig presentó las bases para el movimiento de flexibilización de los derechos de autor. Sus opiniones se apoyan en argumentos del movimiento del software libre, representado por el programador estadounidense Richard Stallman. Stallman es un colaborador del proyecto GNU, un sistema operativo popularizado gracias a Linux y que ha servido como base a Ubuntu e incluso a Mac OS. Fue él quien integró el concepto de licencias de derechos no restrictivas que permitan a cualquier internauta distribuir y modificar sobre la base de un software. Lessig denominó luego como “copyleft” a este concepto, y creó en 2001 las licencias Creative Commons. Estas licencias –reconocidas a nivel mundial– permiten al creador decirle al público qué derechos preserva sobre la obra, y cuáles no. La idea es que con Creative Commons, cualquier producto cultural pueda ser reproducido, modificado, copiado y –en ocasiones– hasta vendido por los usuarios.

Los límites del copyright

La guerra contra la piratería se sostiene sobre múltiples argumentos legales que constan en la DMCA. En resumen, sin el permiso expreso del titular de los derechos, nadie puede copiar, distribuir, presentar el contenido ante multitudes, realizar trabajos derivados de ese contenido o lucrar con él. Pero la misma acta presenta condiciones de fair use (uso justo), que permiten el manejo sin permiso de material intelectual. Los seguidores de la filosofía de la cultura libre amparan su práctica de colaboración digital y file sharing (compartir archivos) en estas condiciones:

1. El propósito de la copia del contenido. Si es para la crítica, educación, o parodias –y no para lucrar– está permitido.

2. Uso transformativo del contenido. Es decir, si cambia la esencia del producto, su mensaje.

3. La cantidad del material que se utilizó. Mientras menos, mejor. Sin embargo, el propietario de los derechos podría argumentar que en la porción de contenido mostrado quedó expuesta la esencia del producto, y eso sí es criminalizado.

4. El efecto provocado por la copia ilegal en el mercado potencial del producto original. Si el demandante logra demostrar que la copia debilitó el éxito comercial de su producto por ser un reemplazo total de este, no se puede considerar a la copia como fair use.

Gracias al fair use, gran cantidad de material alojado en Youtube (filmaciones de conciertos, videoclips, avances de películas, documentales, películas, entre otros) se mantiene en línea. La primera condición debería, en términos de la cultura libre, permitir compartir archivos digitales.

En 2011, la MPAA declaró cerca de sesenta mil millones en pérdidas para la economía de Estados Unidos por culpa de todas las formas de piratería. Pero es justo ahí donde está el error de Hollywood y –en general– de toda la industria del entretenimiento: en sus cálculos asumen que cada uno de los archivos digitales descargados ilegalmente era una venta segura. Y eso es simplemente imposible. En la web Quora, que brinda un servicio similar a Yahoo Respuestas, el usuario Garrick Saito plantea un ejemplo:

“Imaginemos a un chico de 16 años que ha descargado cinco mil películas. A, digamos, veinte dólares cada una. Eso representaría cien mil dólares. ¿Puede alguien decir, sinceramente, que ese chico habría comprado cinco mil películas si las descargas ilegales fueran imposibles? Yo diría que no”.

Rob Reid, fundador de Rhapsody, el primer servicio online para streaming de música, se burló del número citado por la MPAA cuando fue invitado para una conferencia TED en 2012. Un sarcástico Reid explicó al público que el único campo en que la industria del entretenimiento estadounidense puede estar perdiendo tanto dinero es uno que no existía antes del nacimiento de la piratería, en 2000: la descarga ilegal de ringtones. La charla, titulada El iPod de ocho mil millones, es una interesante crítica a lo que Reid llama “las matemáticas del copyright”.

La cultura libre es la mejor publicidad

Según la filosofía de la cultura libre, permitir la descarga de archivos con copyright no es piratería sino colaboración. Muchos sitios web que comparten libros, música o videos son mantenidos por comunidades digitales, grupos de internautas que residen en distintos lugares del mundo y que se organizan para mantener viva la iniciativa. Para estos internautas, compartir un archivo digital no difiere de reunirse con amigos a ver el DVD original de un filme. Y es que, al principio de la cadena de –lo que la industria llama– piratería, hay una persona que compró ese material intelectual y que luego decide compartirlo con un objetivo mucho más sencillo que “robarle” dinero a las empresas: recomendarlo o criticarlo.

Un ejemplo de ello es el sitio web cultureunplugged.com, especializado en documentales. Cineastas de todo el mundo suben su trabajo y los filmes están disponibles de manera gratuita y se presentan en cuatro festivales digitales al año. Por otro lado, en un plano más informal, está espoilertv.com, una web que indexa torrents y que nació inspirada en un blog de crítica de TV manejado por el escritor argentino Hernán Casciari en diario El País, de España. Ahí, el Gordo, como lo conocen sus fanáticos, incluía enlaces a temporadas completas de las series sobre las que hablaba para que sus lectores las conocieran. Para Casciari, las comunidades digitales son como esos anónimos humanos descritos por Jorge Luis Borges en su poema Los Justos. Son manos que tejen los detalles en el viaje que un capítulo de cualquier serie debe tomar antes de llegar a miles de monitores. En ese texto, Casciari cita a Borges: “Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”.

 

Lo que acarrean este tipo de iniciativas es la creación de una base de fanáticos, la viralización y la necesidad por novedades de ese producto. Por eso, músicos, escritores, directores de cine y hasta miembros de la industria ven al file sharing –o piratería– como el mejor método publicitario de la actualidad. Uno de ellos es Jeff Bewkes, el Director Ejecutivo de la multinacional Time Warner Inc., empresa propietaria de la cadena HBO. Bewkes no tuvo reparos en opinar que el gran número de descargas ilegales de Game Of Thrones “es mejor que [ganar] un Emmy. Hemos lidiado con este problema [la piratería] por unos veinte o treinta años, con personas que compartían suscripciones o que colgaban cables tras los departamentos [para robar señal]. Nuestra experiencia muestra que esto provoca una mayor penetración, más suscripciones pagadas, más salud para HBO y menor necesidad de publicidad pagada”. Es fácil creer en el argumento de Bewkes cuando se ven los números de suscripciones pagadas que HBO tiene alrededor del mundo. En 2013, el canal tuvo cerca de cinco mil millones de dólares en ingresos y gastó algo menos de dos mil millones en costos operativos.

En 2014, Game of Thrones entró en el libro de los Récord Guinnes como “el show de TV más pirateado del mundo” con 5.9 millones de descargas por capítulo. En 2010, un año antes del estreno de la primera temporada de Game of Thrones, HBO tenía 81 millones de suscriptores. Cuatro años después, esa cifra subió a 138 millones, según la web de estadísticas Statista. Por eso, el Director Ejecutivo de HBO, Richard Peppler, respaldó el año pasado la opinión de Bewkes sobre la piratería: “Para nosotros, esto es en muchas formas un excelente vehículo de marketing para la próxima generación de televidentes”. Imposible negarlo, el file sharing logra posicionar nombres y es la mejor carta de presentación ante el nuevo espectador.

El escritor inglés Neil Gaiman, autor del best-seller American Gods, es otro convencido del poder publicitario del file sharing. En una entrevista de 2011 con la organización europea Open Rights Group, Gaiman dijo que debido a las copias y traducciones ilegales de sus textos, “estaba vendiendo más libros; más y más gente me conoció, especialmente en Rusia”. Con esta evidencia, Gaiman convenció en 2008 a su editorial Harper Collins de colgar en su web una edición gratuita y descargable de American Gods durante 30 días. Al mes siguiente, las ventas de sus obras en librerías independientes subieron en un 300%. “Esto es solo gente prestándose libros”, dice Gaiman sobre la piratería. “Lo que la web está haciendo es permitir a la gente leer, escuchar y ver cosas que, de otra manera, no habría podido conocer. Y, básicamente, eso es una cosa extraordinariamente buena”.

En la industria de la música, la banda inglesa Radiohead es una de las que más critica el modelo de negocios de la industria para ponerse del lado del consumidor. Desde 2007, la banda publica sus nuevas producciones en su blog antes de que el sello EMI las distribuya en formato físico. Comenzaron con su séptimo álbum In Rainbows, y permitieron que los fanáticos pagaran –o no– por las canciones el monto que creyeran conveniente. En 2011, Radiohead estrenó su siguiente álbum, The King of Limbs, un mes antes en el sitio web por un costo de nueve dólares. Thom Yorke, vocalista del grupo, lanzó en 2014 su segundo disco solista a través de BitTorrent, el formato de descargas más utilizado por la piratería actual, y lo vende también a través de la web de músicos independientes BandCamp. Es claro que estas son estrategias para deshacerse de los intermediarios en la venta de sus obras y tener una relación directa con su público. A los miembros de Radiohead no les preocupa la piratería. “Hay una parte de mí que siente que las descargas ilegales son solo una forma más sofisticada de lo que nosotros hacíamos en los ochenta: grabar música en casetes”, dijo alguna vez Ed O’Brien, el guitarrista del grupo. Según O’Brien, la industria es su propia asesina por no adaptarse a la era digital.

Radiohead, Pink Floyd y Travis son algunas de las bandas suscritas a la Featured Artists Coalition (FAC), una organización creada en 2009 para proteger los derechos de los músicos ingleses en los contratos con compañías productoras. No son una asociación antipiratería sino un grupo contrario al poder absoluto que las disqueras quieren ejercer sobre las creaciones de los artistas. El año que fue fundada, la FAC solicitó al ex ministro de Negocios de Reino Unido, Peter Mandelson, desistir de su propuesta de bloquear el uso de internet a los ciudadanos que descargaran contenido ilegalmente.

Que estos artistas tengan éxito económico, pese a que sus obras sean muy pirateadas, demuestra que el compartir archivos –o la descarga ilegal– es un efectivo medio para promocionarse. El boca a boca llega más lejos y, si el producto ofrecido gusta, el público no dudará en comprar una entrada a un concierto, al cine, una camiseta, un disco o un libro. Si el producto físico viene con valor agregado y a un precio justo, el público lo recibirá y pagará por él.

Tácticas de supervivencia

Nick Mason, baterista de Pink Floyd, asegura que los músicos no quieren “entrar en guerra con los fans” por los derechos de autor y que el file sharing “significa una nueva generación de seguidores para nosotros”. En las palabras de Mason está el dato que la industria del entretenimiento no quiere aceptar: hay una nueva generación de consumidores del cine, la música, los libros, la fotografía o el software. Son nuevos clientes –por decirlo de una forma que los empresarios puedan entender– con necesidades distintas a las de sus predecesores. Inmediatez, portabilidad, hiperconectividad, libertad de uso, son características que deben tener los productos a consumir en la era digital.

Netflix fue, hasta hace poco, la única empresa que pudo responder al nuevo público de la televisión. Los estadounidenses Reed Hastings y Marc Randolph fundaron en 1997 esta empresa que empezó como un servicio de alquiler de cintas y DVD. El logro de Hastings y Randolph fue anticipar que internet sería el medio de entretenimiento más barato, práctico y rentable en los años siguientes. Por eso se las ingeniaron para obtener una ganancia sobre material que es, o podría ser, pirateado. En 2007 plantearon un nuevo modelo de negocio: el streaming por suscripción. En 2015, el servicio de streaming de Netflix está presente en alrededor de sesenta países, incluido Ecuador. Gracias a una suscripción barata –en comparación a la TV pagada– de en promedio nueve dólares mensuales por el plan básico en todos los países, la compañía de Hastings y Randolph genera ingresos por cinco mil millones cada año. Las grandes ganancias que Netflix ha presentado desde su inicio impulsaron a otras compañías a crear servicios similares. Entre ellas están: Hulu, con seis millones de suscriptores por ocho dólares al mes; Amazon Instant Video, de la famosa tienda online y disponible para los 20 millones de suscriptores de Amazon Prime por 99 dólares al año (no está claro cuántos de ellos usan el servicio de streaming); HBO Go, que viene junto al paquete de canales de HBO en TV paga, y HBO Now, nueva aplicación de streaming independiente por quince dólares mensuales.

Sin embargo, ni Netflix ni sus competidores están cerca de ser una solución absoluta contra el file sharing y es, otra vez, culpa de los copyrights. El catálogo de estas compañías se limita a series, películas y documentales que tienen licencias de distribución menos costosas. Cada mes añaden más contenido que, según el precio de su licencia, puede estar disponible de manera permanente o solo por un tiempo. Los usuarios estadounidenses son los más beneficiados porque la mayor parte de estos servicios funcionan solo en ese país. En Asia, Europa o América Latina, muchas series o filmes no pueden ser vistos porque otra empresa pagó más que Netflix para tener el material. Por eso, los servicios de streaming están creando sus propios contenidos. Por ejemplo, Netflix tiene unas treinta series originales entre las que constan House of Cards y Orange is the New Black, con alrededor de noventa mil y cincuenta y cinco mil descargas ilegales respectivamente entre julio de 2013 y junio de 2014. Por su parte, Amazon tiene unos diez productos propios, y hace poco contrató a Woody Allen, el famoso director y músico amante de Nueva York, para crear una serie. Además, Amazon produce Transparent, la primera serie netamente online en ganar un Globo de Oro.

En Ecuador también existen opciones de streaming legal. Claro Video incluye series, conciertos y caricaturas por $ 8.40 al mes. Aun así, ciertas películas tienen un costo adicional. También están DirecTV Play, Fox Play e ESPN Play, servicios de streaming solo accesibles con un paquete de TV pagada. Y está CNT Play, una plataforma hasta ahora gratuita con un pequeño número de filmes nacionales y producciones propias, como la décima temporada de Solteros Sin Compromiso.

Opciones para una industria con contenido acessible

La piratería digital existe por muchos motivos, y entre ellos está el alto costo de acceder a la televisión pagada. Para ver Game of Thrones, serie basada en la saga literaria A song of Ice and Fire de George R.R. Martin, los fans deben pagar una suscripción a la TV por cable y un adicional por los canales de HBO. En Australia, el costo mensual de un paquete con HBO es de alrededor de ochenta dólares, con un contrato mínimo de seis meses. Similar precio tiene en Estados Unidos, con paquetes de canales por alrededor de setenta sólares, y HBO por quince o veinticinco dólares adicionales. En Ecuador, los canales de HBO tienen un costo adicional de diez dólares adicionales al paquete básico de cable, que se consigue por alrededor de dieciocho dóalres. El gasto aumenta si se quiere señal de alta definición (HD) o un decodificador que permita grabar programas y retroceder en vivo.

Un suscriptor de TV pagada difícilmente querrá costear un extra por Netflix o Claro Video. La mayoría tendrá que elegir entre uno u otro y recurrirá al file sharing para complementar sus necesidades audiovisuales. Iniciativas como Cuevana Storm y Popcorn Time le ganan de largo la carrera por contenido a los servicios de streaming legal, porque acumulan en una sola aplicación las series más buscadas en la actualidad. No son legales porque no cuentan con el permiso de transmisión de los dueños de los contenidos. Sin embargo, podrían serlo dependiendo del país, porque no almacenan ningún contenido, lo toman todo de torrents preexistentes. Y, sobre todo, ninguna de estas aplicaciones lucra con su actividad, pues no presentan publicidad: para mantener su infraestructura digital reciben donaciones de los usuarios. En ese sentido, ambas son soluciones para que personas de todo el mundo vean producciones audiovisuales hechas en las regiones más alejadas del planeta o tengan acceso a clásicos de la cultura popular.

Hollywood, las productoras musicales y las cadenas de TV aún tienen una ventaja esencial sobre esas comunidades a las que llaman piratas y no colaboradores. El lanzamiento de sus productos y el medio para estrenarlos sigue bajo el control de la industria. La cadena HBO lo sabe y, como una acertada medida para controlar la piratería, trabajó para que la nueva temporada de Game Of Thrones se estrenara en ciento setenta países al mismo tiempo. En general, los sitios de file sharing esperan siempre la salida en alta calidad de las series, películas y música para poder compartirlas, porque así los prefiere el público. Lo demuestra el rating de la premiere: 7.99 millones de televidentes enganchados a señal HD (que tiene una imagen de 720-1080 píxeles). Es decir, cinco veces el millón y medio de personas que descargaron el capítulo filtrado un día antes en baja calidad (480p), y un 21% más que los 6.6 millones que vieron el estreno de la cuarta temporada en 2014.

La industria podría aprovechar esa ventaja si lanzara un servicio con el modelo de negocio de Netflix pero de alcance mundial, sin restricciones, y con la colaboración de todas o la mayoría de productoras para que el usuario tenga un acceso casi absoluto al contenido audiovisual clásico o contemporáneo. Y que no sea excesivamente caro para que pueda competir con la temida y cruel piratería. Es una idea casi utópica, pero no es imposible. Que Netflix, Amazon, DirecTV Play, y HBO Go y Now reúnan millones de usuarios alrededor del planeta es una confirmación del argumento de que “si hay valor agregado, la gente comprará”.

Lo demostró Hernán Casciari con Orsai, una revista de literatura, periodismo y caricatura. El proyecto no vendía páginas para publicidad: su único medio de ingresos era el pago del lector. No había distribuidores: los lectores la recibían por correo, directo de la casa de Casciari, o se organizaban para que uno recibiera un paquete de diez revistas. Para los que no podían comprarla (costaba alrededor de doce dólares, sin incluir el costo del envío), el mismo día de lanzamiento de cada número se subía una copia digital completa y gratuita al sitio web Issuu. El valor agregado para los que sí pagaban era una versión e-book portable que contenía videos exclusivos, lo que convertía a la revista física en un objeto de colección por su cuidada producción y belleza gráfica.

En una entrevista para Orsai, Peter Jenner lanzó una segunda propuesta de modelo económico para la industria del entretenimiento. Jenner, productor musical y ex manager de Pink Floyd, planteó un mínimo incremento a la tarifa del plan de internet que se pueda desviar para un fondo común que pague por los materiales ilegalmente descargados:

“Hay sesenta millones de habitantes en Reino Unido, por tanto hay más o menos sesenta millones de contratos relacionados con distribuidores digitales y con todos ellos pueden descargar música (ya sea ADSL, teléfono móvil, iPads, etcétera). Si se incrementara una sola libra a cada uno de esos contratos en concepto de copyright para artistas, nadie notaría la diferencia y supondría sesenta millones de libras al mes, o lo que es lo mismo, setecientos veinte millones de libras al año generadas para la industria musical. ¡Es una cifra que no genera ahora mismo la venta de discos en el Reino Unido! Tendrían que cerrarse unos flecos, pero de esa forma no importaría en absoluto que las ventas de discos físicos descendiera”.

Soluciones como esta son urgentes. No por la industria, que sigue siendo multimillonaria e invirtiendo dinero a montones, pero sí por las personas que necesitan servicios asequibles para no quedar marginados de los consumos del mundo en la era digital. La industria del entretenimiento se está matando a sí misma y fallándole al consumidor. No en cantidad o creatividad, pero sí en acceso a contenidos. Estas instituciones limitaron su capacidad para adaptarse a la época al construir un intrincado y caprichoso sistema legal que no permite a todos ser parte del mismo capítulo. En ese escenario, el file sharing es el grito más fuerte a favor de la democratización de la cultura.

Bajada

¿Son las descargas ilegales un instrumento para democratizar la cultura?

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