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Entre Kenia y Somalia existe una larga historia poblada de episodios recientes que hacen que el ataque a la Universidad de Garissa el dos de abril del 2015 -en el que murieron 148 estudiantes en manos del grupo terrorista Al Shabaab- sea bastante peor de lo que se percibe internacionalmente. No podemos adjudicar la poca cobertura del ataque a un tema de racismo mediático. Puede que algo de eso haya pero el verdadero problema va más allá: el continente africano y lo que sucede en él nos resulta tan ajeno que no entendemos la gravedad del ataque porque no nos resulta cercano. 

Tanto Kenia como Somalia son estados independientes desde hace cinco décadas, sin embargo, desde el principio optaron por caminos distintos. En los últimos años, mientras Kenia despuntaba convirtiéndose en una base económica y turística para el este africano, Somalia se hundía lentamente en hambrunas y conflictos políticos. Desde la guerra civil en 1991, Somalia ha rondado el status de Estado fallido, y no fue sino hasta 2012 que se instaló a gobernar un órgano de poder central que puede proveer al menos un semblante de estabilidad en el caos. Entre 1991 y 2012 hubo más de una docena de intentos de gobierno, coaliciones formadas por clanes que no lograban consenso ni legitimidad nacional. La división territorial (la autoproclamación de las regiones de Somalilandia y Puntlandia como entes independientes) y las décadas de inestabilidad facilitaron la creación de grupos armados insurgentes y peleas entre clanes que terminaron por desbaratar al país. En el 2006, varios grupos islamistas, con apoyo local, tomaron control de gran parte del territorio del sur de Somalia y luego de varias peleas, no sólo con grupos internos sino además con el ejército etíope -que no veía con buenos ojos el posicionamiento de grupos yihadistas tan cerca de sus fronteras-, surgió Al Shabab, como una fuerza consolidada desde el sur de Somalia. En el 2012, este grupo, proclamó una alianza internacional con Al Qaeda. Somalia cuenta con una importante población musulmana por la ubicación de su territorio: comparte frontera marítima con Yemen y territorial con Djibouti, Etiopía y Kenia todos países con altos números de población musulmana y crecientes alas radicales. 

Un año antes, en el 2011, una ofensiva liderada por fuerzas de peacekeepers -parte de  la misión de la Unión Africana en Somalia (AMISOM)- y el ejército keniano, entraron a Somalia en una misión humanitaria para mitigar la amenaza terrorista dentro del continente africano. Estas luchas entre Al Shabab y fuerzas extranjeras hicieron que más seguidores se sumen a la agrupación, que rápidamente se estableció como un importante grupo insurgente en la región. Su metodología de ataque indiscriminado llegó a acabar con tantas vidas musulmanas que Osama Bin Laden -el exlíder de Al Qaeda- les llamó la atención logrando un cambio de enfoque y de táctica modificándose así Al Shabab en un grupo terrorista, al no distinguir entre civiles y órganos gubernamentales. 

Al Shabab nunca le ha perdonado a Kenia la incursión armada ni el apoyo militar a AMISOM e incluso estableció en Kenia una base hermana a Al Shabab llamada al-Hijra. Al-Hijra y Al Shabab comparten logística y entrenamientos, y la primera depende del mando de la segunda. Desde el 2012, han habido cerca de quinientas muertes fruto de las batallas entre Kenia y Al Shabab, y ataques en distintas modalidades. Las heridas del ataque en Westgate Mall, en Nairobi en 2013, no han terminado de cerrarse, hasta el año pasado el centro comercial seguía cerrado al público y en proceso de reconstrucción. El atentado en Westgate fue similar al ocurrido en Garissa: Al Shabab distinguió a sus rehenes entre cristianos y musulmanes y mató a los primeros. Sesenta y siete murieron. Entre 2012 y el ataque en Westgate, Al Shabab realizó cuarenta y dos ataques en Kenia, pero desde Westgate en adelante, han habido sesenta y tres ataques más en el país. El último, en la Universidad de Garissa.

El ataque a la Universidad es el más letal perpetrado por terroristas en Kenia desde el atentado contra la embajada americana en el mismo país en 2008. Durante la incursión de Al Shabab en la universidad murieron 148 personas, 137 más que las víctimas en París durante el ataque a Charlie Hebdo. El ataque parisino desencadenó debates sobre variados temas desde migración e identidad a posibles límites de la libertad de expresión. Recibió una cantidad impresionante de cobertura, especialmente la marcha de solidaridad que se dio el siguiente domingo al atentado donde varios jefes de Estado marcharon por las calles de París. El ataque a Charlie Hebdo no fue la primera vez que caricaturistas sufrieron por sus opiniones, lo vemos a menudo y en varios países tal vez con resultados menos tétricos. Nos resulta mucho más cercano y es una batalla con la que nos podemos identificar. La amenaza a la seguridad internacional que genera un grupo terrorista como Al Shabab es un poco más difícil de percibir porque no los identificamos como Al Qaeda. No hicimos una campaña en Instagram para salvar a sus secuestrados como lo hicimos con Boko Haram. Simplemente son muy poco conocidos como para mantenernos interesados. No es racismo mediático, es ADD terrorista, tantos grupos, tantos conflictos, tantas batallas y tantas causas parecidas que al final del día no recordamos si no vienen acompañados de un slogan o hashtag: Hands up, Don’t Shoot, #BlackLivesMatter, #Ferguson, #JeSuisCharlie, #IllRideWithYou. 

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#147NotJustANumber es el hashtag creado para Kenia, bajo la percepción de la existencia de una marcada indiferencia internacional y para recordarle al mundo que no solo  “black lives matter” sino que además “ALL black lives matter”, un hashtag que erróneamente identificó al racismo como causa de una apatía generada, cuando en realidad fue la ignorancia involuntaria y la costumbre. 

Al final, el precio que se paga es caro: Kenia ha pedido el cierre y la reubicación de sus refugiados somalíes en el campamento de Dadaab creado para recibir a las familias que huían de la guerra civil en Somalia durante los 90. El cierre del mayor campamento de refugiados del mundo implicaría la reubicación de seiscientas mil personas durante la peor crisis de refugiados en la historia de la humanidad. La matanza en Kenia tiene tantas implicaciones que es difícil dimensionar todas. De alguna u otra manera, Kenia nos debería importar a todos.

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O por qué nos importa tan poco lo que pasa en África