michelle_arevalo-carpenter_mdl_2014_1.jpg

Puta. “¿Quieren saber cómo se mata a una puta? Ya van a ver lo que le pasa por puta”. Estas fueron las palabras que la ecuatoriana Karina del Pozo escuchó cuando fue brutalmente asesinada por tres supuestos amigos, en 2013. Los investigadores de su asesinato les preguntaron a las amigas más cercanas de Karina si era una chica prepago, o qué tipo de ropa utilizaba habitualmente. A Karina del Pozo no solo sus asesinos, sino quienes los enjuiciaron, suponían que la podían haber matado por puta. Para combatir esa forma patriarcal de dominación, desde 2011 la vistosa Marcha de las Putas transita por las calles de Quito.

Mucho antes de la controversial campaña #Nomáscrucesrosas de la concejala Carla Cevallos, un grupo de personas se juntaba para intentar esa redefinición. No se trata de juzgar si puta es buena o mala palabra, sino del tergiversado uso que tiene. En  Los Indignados hijos del pero, José María León dice que en la sociedad ecuatoriana la palabra puta sirve para justificar la violencia contra las mujeres. Hay quienes lo han notado y han reaccionado.

Este movimiento nació en Canadá a partir de que el policía Michael Sanguinetti dijera durante una conferencia de seguridad ciudadana en Toronto que para evitar la violencia, las mujeres no deberían vestirse como putas. Desde entonces, en más de sesenta países se lleva a cabo “The Slutwalk”, una reacción al uso que le hemos otorgado a esta palabra. Es una forma de denunciar la violencia que provoca.

Así, con cánticos de guerra, carteles llenos de furia e indignación con pintura roja se leen frases como “yo decido cómo me visto y con quién me desvisto”, muchos activistas marchan –inclusive con torsos desnudos– exigiendo libertad, exigiendo justicia. Ana Almeida, coordinadora de la marcha, explica que este movimiento es una expresión del feminismo puta. Lo llaman así –puta– para apropiarse de la palabra e intentar cambiar la connotación con que se la emplea en el país. Porque si ser libre es ser puta, entonces bienvenidas sean las mujeres putas.

Cuatro años después, la marcha sigue siendo pertinente. ¿Por qué? En el Manifiesto Marcha de las Putas 2013, especifican que su objetivo es denunciar públicamente las actitudes y prácticas en cualquier forma de expresión que incentivan el maltrato, cosificación, estigmatización y opresión de las mujeres y otras feminidades. Una lucha en contra de la violencia de género –trans, homosexuales, heterosexuales-; en contra de la penalización del aborto –no lo incentivan, aclaran que es cuestión de cada una–;un rechazo hacia la represión de todos quienes quieran expresar su género de una forma distinta a la heteronormatividad; una denuncia al femicidio. Almeida cuenta que el movimiento tiene programas de formación feministas donde convocan a personas víctimas de violencia y de crímenes de odio para tener un espacio de reflexión y trabajo político. Así, la Marcha de las Putas se convierte en un punto de encuentro de varios feminismos para trabajar en temas como la despenalización del aborto, la tipificación del femicidio (que se logró en Agosto de 2014 en el Código Integral Penal), y los derechos de las personas transgénero (“proyecto transgenero”). A pesar de estos grandes avances, queda mucho por hacer. Por eso ellas siguen marchando.

PUBLICIDAD

Quienes afirman que el machismo ya no existe deberían revisar los datos duros disponibles. El censo del INEC del 2010 revela que: de cada diez mujeres, seis han sufrido violencia de género. De esas, una de cada cuatro mujeres ha sido víctima de violencia sexual. En este grupo de mujeres, la violencia más común es la psicológica con el 53,9%. Datos, porcentajes, cifras repetidas una y otra vez que dan una idea numérica pero no un aspecto humano, un aspecto real. La violencia de género se quedó guardada ahí, en ese censo realizado hace años. Es muy fácil quitarle la importancia a la violencia cuando no se pueden palpar las cifras. ¿Por qué mencionar estos números? Porque son nuestra realidad: hay violencia y abusos que no se cuantifican a través del Estado, porque las políticas públicas no son las idóneas para su abordaje. Aún hay femicidios que quedan en la impunidad, a pesar de su reciente tipificación como delito en el Código Integral Penal. La Marcha de las Putas quiere evidenciar a cada una de las mujeres que están escondidas detrás de esos números del 2010.

El movimiento feminismo puta no se queda en esos lindos bailes, y canciones de enojo que recorren –llenos de rabia y amor– por las calles de Quito. Todo el año luchan por un avance a nivel de políticas públicas. ¿Por qué ellas piden derechos de esta manera? Porque no hay una fórmula exacta para ejercer el feminismo y exigir la igualdad de derechos respetando las diferencias de las personas. Santiago Castellanos, experto en temas de género de la Universidad San Francisco de Quito, explica que hay varios tipos de feminismos. Lo común a las varias formas de feminismo es la filosofía y práctica de la igualdad que se origina en la desigualdad de los sexos.  Aunque el feminismo se basa en esta diferencia entre varón y mujer, da paso a que nos demos cuenta de otro tipo de desigualdades como la etnia, clase, preferencia sexual. El feminismo puta es una proyección de esta lucha por la libertad en varios ejes: sexualidad, género, etnia, clase.

Ser feminista es entender que hay más de una forma de ser y protestar. Este movimiento decidió tomar la palabra puta porque se solidariza y se vuelve parte de todas esas mujeres que han sido violentadas con la justificación de “que es una puta”. La marcha de las putas no es ningún carnaval de Río. Es una fiesta que denuncia, que tiene un trasfondo, que debería aceptarse, celebrarse, incentivarse. A la final lo que importa es luchar en contra de la opresión patriarcal. Para quienes quieran conocer al feminismo puta de cerca y apoyarlo, juzgarlo o criticarlo, la marcha será el 21 de marzo a las 16:00 empezando en el “Arco de las Putas” (arco de la Circasiana) en la Av. Patria y Amazonas y terminando en la plaza Foch donde habrá un festival artístico. Un festival emputado.

Michelle Arévalo-Carpenter.