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Una semana antes de empezar a rodar Birdman, el fallecido director Mike Nichols –el genio detrás de “The Graduate”, “The Birdcage” y “Closer”– intentó convencer a Alejandro González Iñárritu de que grabar su primera comedia era un error fatal. Iñárritu quedó aterrado, pero no desistió: Birdman o “La inesperada virtud de la ignorancia” –con 9 nominaciones a los premios Oscar– se trata de eso: de enfrentar al miedo al fracaso y, mientras se pueda, hacerlo con humor.

Riggan Thomson (Michael Keaton) es un actor de Hollywood conocido por su recurrente papel del superhéroe Birdman. En medio de una crisis de mediana edad, necesita reinventarse: decide dirigir y protagonizar una obra de teatro del escritor norteamericano Raymond Carver. Riggan –y todos los personajes que conforman este teatral y desquiciado microuniverso– buscan algo que los entusiasme mientras montan en Broadway la obra que, suponen, les dará el reconocimiento que buscan. El subtítulo “la inesperada virtud de la ignorancia” habla al acercamiento torpe que tienen los artistas hacia la búsqueda de lo valioso, de lo único y lo importante, en el que deben enfrentarse a lo peor de sí mismos.

En esa exploración Iñárritu acierta. Birdman está diseñada como un plano secuencia porque el director nos empuja a seguir sin descanso a Riggan, y meternos en su cabeza. Quiere que la película tenga el ritmo de la vida real, y lo logra con tomas largas de movimientos complejos, apoyándose en los paneos para cortar entre ellas. El resultado final es que Birdman funciona casi como una obra de teatro, donde los actores sostienen la acción por largos periodos, y el corte representa al telón. Además de ser un paralelismo acertado de la trama, este ritmo de rodaje llevó a que todos trabajaran con el corazón en la garganta. Antes de empezar, Iñárritu les mostraba a sus actores una foto de un equilibrista cruzando las Torres Gemelas y les advertía:

– Si caen, caen a su muerte.

Era inevitable que Birdman deje en evidencia a sus personajes (y en el proceso, a sus actores). Hace tiempo un actor me contaba que puede relajarse mucho más cuando actúa para una película porque la acción dramática no depende solo de él, sino de la cámara y de los demás elementos que hay en el cuadro. En el teatro, el actor es el único responsable de sostener la atención del público. Él es la taza que toma y la puerta de escenografía que abre. Si un actor de cine se equivoca, graba otra toma y el público no se entera, pero si un actor de teatro falla, todos lo ven. Cae.

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En la película de Iñárritu, las tomas largas significaban que si uno de ellos se equivocaba un minuto antes de que termine la escena, los otros doce minutos de trabajo no servían y había que repetir todo. Bajo esa presión y rigurosidad –más característica del teatro que del cine– el trabajo de los actores cambia y se vuelve más intenso, colaborativo y honesto.

La comedia se origina al borde de la pregunta sobre si la vida imita al arte o el arte imita a la vida. Un director extremadamente autocrítico que trata de reinventarse hace una película sobre un actor extremadamente autocrítico que trata de reinventarse; se trata de un actor, además –e Iñárritu asegura que este no fue el motivo para elegir a Keaton– que como Riggan es recordado por haber sido un superhéroe de película. Su coprotagonista, un actor neurótico e intenso en una búsqueda implacable por sentir algo real, es interpretado por Edward Norton, conocido por ser así en el mundo profesional.

Iñárritu despoja a los actores de redes en las que pueden aterrizar y presenta una película que talvez es la más complicada de rodar hasta este punto de su carrera, en la que deben burlarse de sí mismos para encontrar algo real. El resultado es una de las propuestas cinematográficas más interesantes del año. Iñárritu descubrió que puede asumirse desde nuevas facetas, que puede hacer comedia y que puede enfrentarse a sí mismo y al miedo con gracia. También, ahora sabe que Nichols estaba equivocado.

Bajada

Un comentario a la última película de Alejandro González Iñárritu