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La Izquierda Democrática (ID) regresó de entre los muertos. En enero de 2015, su líder histórico, Rodrigo Borja, anunció el relanzamiento del partido, concentrado ahora en atraer a jóvenes electores con su ideología socialdemócrata. La ID fue el único partido grande del Retorno a la Democracia que no logró reinscribirse cuando la Constitución de Montecristi lo exigió. Ahora, sus líderes activos más relevantes han encontrado nuevos espacios para su actividad política: Andrés Páez, en CREO, y Ramiro González, en Avanza. Ahora, la nueva ID transita por esa fina línea que separa a este intento de ave fénix de convertirse en un zombie que busca la simpatía de mentes jóvenes.

La ID desapareció junto al mismo tiempo que la Concentración de Fuerzas Populares (CFP), Democracia Popular (DP) o Liberación Nacional-MANÁ, partidos que ya solo eran membretes. La ID sí intentó reinscribirse, pero la dirigencia se dividió. La discordia era en torno al gobierno de Rafael Correa. Dalton Bacigalupo –simpatizante del oficialismo– y Henry Llanes –opositor– reclamaban el liderazgo del partido. Al final, entre ambos reunieron apenas la mitad de las 143 mil firmas requeridas. En octubre de 2012, el partido cerró su RUC, por no tener reconocimiento oficial. No había un plazo determinado, pero esta puede ser su fecha oficial de fallecimiento. Luego de eso, sus dirigentes pasaron a cuatro distintas opciones políticas.

  1. Partido Avanza: Fundado por Ramiro González, en 2013 alcanzó cinco de 137 escaños en la Asamblea Nacional. En 2014, logró 36 alcaldías y una prefectura.
  2. CREO: Andrés Páez, ex figura fuerte de la ID, obtuvo el único escaño opositor en el distrito norte del Quito urbano para la Asamblea.
  3. Sociedad Patriótica: Patricio Jijón y Marco Murillo, entre otros, no lograron resultados electorales positivos en las elecciones a la Asamblea en 2013.
  4. Otra fracción, conformada sobre todo por dirigentes del Austro, se adhirió a la campaña presidencial de Alberto Acosta.

 

El renacer de la ID

Cuando Rafael Correa ganó la presidencia en 2006, muchos líderes de la ID se retiraron del quehacer público, como Guillermo Landázuri o Wilfrido Lucero. En esas elecciones, Ramiro González fue binomio de León Roldós y –como tal– fue muy ácido con Correa. Incluso lo llamó “cuentero”. Con el tiempo, González se adhirió al gobierno de la Revolución Ciudadana, como presidente del Consejo Directivo del IESS. Hoy es ministro de Industrias. González y otros ex dirigentes de la ID crearon el Partido Avanza, que busca captar un electorado favorable al gobierno, pero no incondicional. En la Asamblea, Avanza normalmente tiene posiciones afines al oficialismo, pero han tenido diferencias en temas como el Código Integral Penal o la reelección continua: Admiten reelección, pero proponen que sea alternada. Los dirigentes de Avanza esperan ser una reencarnación de la ID. Y ahora tienen competencia: Ese es justamente el papel que Wilma Andrade –ex concejal de Quito– y su cónyuge, Marco Morales –ex Presidente del Consejo Superior del IESS durante la época de Borja– esperan tomar.

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La nueva ID surge como una alternativa socialdemócrata que –a diferencia de Avanza– es libre de ser crítica con el gobierno. Este nuevo partido que intenta representar la socialdemocracia en Ecuador enfrenta tanto oportunidades y fortalezas, como amenazas y debilidades.

 

Fortalezas

A la eventual nueva Izquierda Democrática, no sólo le favorece use jingle pegajoso con el que Borja ganó las elecciones en 1988. También tiene un concepto sencillo: “Justicia social con libertad”. Pero además de sencillo, es un lema que reúne las propuestas de las dos mayores corrientes políticas que existen en Ecuador: oficialismo y oposición.

En 2006, Rafael Correa ganó las elecciones con un discurso que planteaba la disputa entre la élite –partidocracia– y el ciudadano de a pie. Con el tiempo, ha pasado a ser una dicotomía entre ricos y pobres (pelucones vs. ciudadanos). Por otro lado, la oposición plantea un contraste entre Estado y ciudadano, haciendo énfasis en la libertad de este último. El candidato a la presidencia del partido opositor CREO, Guillermo Lasso, hablaba en 2013 de la “restauración democrática”. La nueva Izquierda Democrática plantea unir ambas dimensiones de la discusión política.

 

Oportunidades

A la nueva Izquierda Democrática le favorece la evolución demográfica del electorado. Hoy no existe un recuerdo concreto del rol de la ID durante el régimen de partidos creado en 1979: En las décadas de los ochenta y los noventa, el partido de Borja compartió el poder político –formalmente o tras bastidores– con el Partido Social Cristiano. Una oferta política con fundamento ideológico puede atraer más a un electorado nuevo, desencantado del gobierno actual, que no asocie la ID con el pasado.

El espectro opositor carece de propuestas nacionales concretas, aparte de la apertura comercial promovida por CREO: la adhesión a políticas económicas ortodoxas, conservadoras y prudentes, como reducir el gasto público y combatir la corrupción. Las propuestas locales de la oposición tienen –hasta ahora– suertes distintas:

  • La alcaldía de Quito avanza, a su ritmo, con el metro y otros proyectos diseñados e iniciados por la alcaldía anterior. Sin embargo, no ha podido plantear una propuesta concreta de ciudad.
  • La alcaldía de Guayaquil no ha innovado su propuesta de ciudad y viene siguiendo una agenda que le es ajena: desde competencias de tránsito, hasta creación de empresas públicas, pasando por reacciones otrora inesperadas ante policías metropolitanos, minorías sexuales y grupos de acción prioritaria.
  • En el Austro, el Municipio trabaja con el Gobierno. La Prefectura del Azuay no ha planteado políticas en áreas de su competencia, como el fomento productivo.

Una nueva ID tiene la oportunidad de plantear políticas públicas diferentes a las del gobierno, ante la ausencia de propuestas concretas de la oposición a nivel nacional.

 

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Amenazas

El espacio que busca la nueva ID está disputado: ese electorado es también el objetivo de Avanza y de SUMA (un movimiento que afirma no pertenecer ni a izquierda ni a derecha), así como el reducido –pero existente– electorado que se identificó con la desaparecida Ruptura. Mientras que al gobierno le favorece la multiplicidad de actores en disputa, tener otra opción en la carrera es un nuevo reto para la oposición. El panorama se vuelve más complejo aún porque la ID tiene influencia –sobre todo en la Sierra– gracias a su gestión seccional en años pasados.

Antes de enfrentar estas vicisitudes, la nueva ID primero necesita inscribirse. Para ello, debe recolectar unas 175.000 firmas, el 1,5% del registro electoral. Y eso es un problema: En el proceso de verificación de firmas –para evitar nombres falsos, duplicados u otros errores–, deben asegurarse de que los afiliados no pertenezcan a otro sujeto político. Es una situación difícil: En 2012, se detectaron miles de firmas fraudulentas. En la primera semana, en Guayas había diez mil denuncias. Dos años después, aún no es seguro que el CNE haya depurado todos esos errores. Es posible que aunque un ciudadano apoye a la ID, aparezca en el CNE como afiliado a otro movimiento, y su firma se considere inválida. Es un problema porque luego de dos años de desaparecida la Izquierda Democrática, una parte de sus miembros ha sido captada por otros partidos.

Pero la identidad de la ID también está en juego porla existencia de agrupaciones seccionales con nombres y colores parecidos. En Pichincha, por ejemplo, el movimiento Centro Izquierda Democrática también está recogiendo firmas para ser sujeto político provincial. Al norte del país, la organización provincial Movimiento de Integración Democrática del Carchi (MIDC) tiene ya aprobados un logotipo y colores muy similares a los que la ID busca registrar. Si no llegan a un acuerdo, el movimiento seccional podría obligar a la ID a cambiar su imagen.

 

Debilidades

El mayor reto de la nueva ID es separarse de su historial negativo. Pese a ser reconocido como un partido ideológico, la ID tomó decisiones controversiales, tanto legislativas como ejecutivas. Quizás el nuevo electorado no recuerde las alianzas legislativas con el socialcristianismo entre 1979 y 2006, como tampoco sienta empatía o conozca siquiera las políticas del gobierno de Borja, como las microdevaluaciones del sucre ante el dólar o las reformas laborales que permitieron la tercerización y disminuyeron el peso del sindicalismo. En el imaginario popular es fácil unir la imagen de Borja con los conceptos “partidocracia” o la “larga noche neoliberal”.

Además, la nueva ID acarrea un problema de la vieja ID: Nadie logró tomar la posta de Borja. Hace dos décadas, el partido empezó a buscar –sin éxito–un líder que reemplazara al ex presidente. Esa crisis de liderazgo llegó al punto de que el discurso estelar del relanzamiento de la ID fue el del mismo Borja, que está por cumplir ochenta años.

El destino de esta nueva Izquierda Democrática es incierto. Su renacimiento podría cambiar el escenario electoral, en especial en Quito, donde el viejo partido concentró su presencia en los últimos años. Pero aunque la nueva ID tiene algunas oportunidades que aprovechar, su potencial es frágil. Su poder está en la capacidad de elaborar políticas socialdemócratas, como la reducción de la inequidad o la mejora de condiciones laborales. Pero llegar ahí no es tan sencillo: Esta alternativa de izquierda alejada del oficialismo es también una agrupación que ha perdido a sus líderes de los últimos tiempos.

Bajada

¿Tiene algo que ofrecer un partido político que estaba muerto?