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Terence Fletcher dirige la mejor banda de jazz de Estados Unidos. Es un impaciente Sócrates contemporáneo, y Andrew, un novato y terco baterista- es su Platón. Sócrates desafiaba a sus alumnos a sobrepasar sus esquemas mentales mediante el razonamiento, para dar con respuestas que ellos ni siquiera sabían que existían. Fletcher lleva esa táctica a los límites de la tortura en Whiplash. Nominada a los premios Oscar en las categorías de mejor película, mejor actor de reparto, mejor guión adaptado, mejor montaje y mejor sonido, este es un filme sobre las obsesiones y la terquedad con la que se arriesga para cumplir con los desafíos personales. Su trama se sostiene en la personalidad radical de sus personajes: Andrew es demasiado músico y Fletcher es demasiado exigente. Miles Teller –que interpreta al discípulo– debería ser el personaje que nos cautive con su historia, pero es J.K. Simmons (Fletcher) quien rescata la película con una actuación tan cruda como soberbia, que bien le merecería el mayor premio que otorga la industria hollywoodense.

Los alumnos de Fletcher agachan la cabeza cuando él abre la puerta, a la hora del ensayo. Esperan que abra las partituras, gesto previo que marca el inicio de la tortura. Suena Whiplash, de The Hank Levy Legacy Band. El rostro de Fletcher se arruga como una pasa, y alza el puño ordenando que se detenga la música. “¿Alguien está intentando sabotear mi banda o realmente no sabe que está fuera de tono?”.  Vuelven a sonar las trompetas y los saxofones. Solo de piano. Batería y violonchelo. Hasta que Fletcher retoma su rutina. Cada secuencia es interrumpida por él para reclamar exasperado el error que percibe. Una y otra vez: el error sigue ahí. “¿No te has dado cuenta que estás desafinado?”, le pregunta a un saxofonista que no responde. Fletcher insiste hasta que su músico pisoteado llora y lo acepta. “¿Por qué sigues sentado aquí? FUE-RA”. Ese músico no era el problema –explica después– pero si aceptó estar desentonado sin estarlo, no debía estar ahí. Para Fletcher, sus alumnos pueden ser simples y dispensables– piezas de enseñanza para los demás.

Fletcher busca la entonación perfecta. De esa tensión se alimenta el riguroso maestro para dirigir la mejor banda de jazz de la ciudad dentro de la Academia Schaffer.

Andrew es un músico neófito, obediente y con algo de talento. Los primeros días dentro del conservatorio Schaffer se encuentra con Fletcher mientras prueba una batería. El maestro le pide que continúe, apenas lo escucha y se va. Suficiente para él. Dos días después,  asiste a una clase en la que Andrew era un adorno relegado. Fletcher prueba a cada uno de los alumnos. Le basta un breve instante de trompeta y un segundo de batería para saber a quién busca. Se queda con Andrew para llevarlo más allá de sus límites: las baquetas acaban con sus dedos al ritmo de Caravan, lo hace tocar tres veces más rápido que su frecuencia cardiaca, lo amenaza con reemplazarlo, con devolverlo al banquillo en el que solo pasaba las partituras.  Si Andrew no logra elevar su potencia al grado que exige su Sócrates volverá a ser un reemplazo.

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J. K Simmons deja en Whiplash claro que los roles de colérico e irascible –como el editor J. Jonah Jameson en la trilogía de SpiderMan– son lo suyo. Su figura de sesentón musculoso, su cabeza rapada, sus ojos marcados por ojeras y su boca inexpresiva le dan un el gesto ruín de los villanos. Su rostro es la pesadilla de los aspirantes a músicos. Es la personalidad más clara y delineada dentro del  filme del director y guionista Damian Chazelle. Simmons es el único que merece recibir una de las cinco nominaciones de la película: el Oscar a mejor actor de reparto.

Andrew –interpretado por Miles Teller– en cambio, parece un actor de relleno. Sus planos como protagonista se reducen a ser el que recibe los gritos furiosos de Fletcher. Su obsesión por lograr el ‘tempo’ que quiere el oído de Fletcher lo vuelve unidimensional y plano. Él es una caricatura en blanco y negro en la que recaen dos prejuicios: el de la familia que cuestiona al joven que quiere ser músico, y el del obstinado que empieza a ver todo lo que lo rodea como un obstáculo para quedarse en la banda.

Fletcher sabe bien que los límites de la música están en la mente: el próximo Charlie Parker no se rendiría ante las exigencias, incluso ante las agresiones. Andrew se alimenta del mito de Parker –el mejor saxofonista que ha tenido el jazz– y como él, quiere convertirse en una leyenda. Por eso vuelve, duplica su esfuerzo, se mueve al ritmo que le pide su profesor. Andrew encara el desafío de Fletcher por un puñado de aplausos que alimenten su ego.

El director Chazelle construye su segunda película desde el recuerdo de una mala experiencia. También quiso ser baterista, pasó por un profesor estricto y desertó. Como guionista también vivió el rechazo: su película no atrajo demasiado a los inversionistas hace dos años. Entonces, grabó un cortometraje de 18 minutos para promocionarla. Logró reunir tres millones de dólares y grabar su guión en 19 días con un actor que no necesitaría de un doble para tocar la batería. El corto de promoción para contar su historia le costó la confusión del jurado del Oscar, que lo nominó en la categoría de ‘mejor guión adaptado’  en lugar de ‘mejor guión original’.

Whiplash no es una película sobre música. El jazz es solo un pretexto que pone en acción a un personaje hostil y persuasivo. Un fanático de dolor como camino a la perfección, convencido de que las dos palabras más peligrosas del inglés son “Buen trabajo”. Con ellas todo acaba.  Fletcher, desde su poder y prestigio, intenta que Andrew descomponga su estructura para generar nuevos ritmos y sobrepasa el límite de la agresividad amparado en el maltrato que también recibió Charlie Parker de su maestro Jo Jones. Quiere que Andrew revele su identidad musical inexplorada, pero –a diferencia de Parker y Jones– no funciona. Como si Platón defraudase a Sócrates, empujado por la vanidad del maestro.

Bajada

(por el que deben darle un Oscar a J.K. Simmons)