img_1965angel.jpg
img_1788angel.jpg
img_1935angel.jpg
img_1974angel.jpg
img_1984angel.jpg

La Reserva Ecológica El Ángel, al extremo norte del Ecuador, empieza por donde uno quiere: por el bosque de árboles con troncos que parecen hechos de capas de papel -los polylepis-, o por el amplísimo páramo de plantas largas y felpudas, como orejas de liebre, llamadas frailejones.

Se puede caminar por el bosque de doce hectáreas, en la parte más baja de la reserva -baja es un eufemismo, está a  tres mil metros del mar-, entre angostos y heladísimos riachuelos. Hay pequeñas y abundantes plantas que no dejan ver el suelo. Es como andar sobre una esponja verde y húmeda. Entre los polylepis y pumamaquis se puede caminar una hora y media. Hay mínimo dos paradas: en la Laguna de los Patos (donde no vi ninguno) y la Laguna de los Deseos. Aquí termina el paseo para todos, pero es el punto de partida para un recorrido de cinco horas hasta lo más alto del páramo, a casi cinco mil metros de altura.

Los páramos son una esponja que retiene el agua de lluvia y del ambiente, la guarda, y la suelta en periodos secos, cuando el ecosistema lo necesita. En Ecuador, proveen de agua a varias ciudades. Por ejemplo, el 85% del agua que se consume en Quito viene de ellos. El de El Ángel, lleno de frailejones, de casi dieciséis mil hectáreas -Central Park cabría en él cincuenta veces – almacena agua suficiente para abastecer a toda la provincia del Carchi: ochenta y tres mil habitantes.

Tiene unas lagunas enormes y hermosas. La más grande es la Negra: rodeada de pasto verde brillante, plantas moradas -que cumplen la función de césped- y pequeñas piedras. Es como caminar en alfombras distintas, un gran lugar para echarse a descansar. Para no mojarse los pies, es mejor ir con botas de caucho, y para evitar resfriarse con la posible llovizna, un encauchado. Durante la caminata sopla un viento frío pero el ejercicio contrarresta las bajas temperaturas.

PUBLICIDAD

El páramo El Ángel es un lugar especial: silencioso e inmenso. En un momento del camino, las montañas parecen estar muy lejos y la sensación de encierro que a veces producen, desaparece. El cielo despejado es más emocionante cuando por él vuela un cóndor, esa imponente ave que no hemos cuidado: solo quedan cincuenta.

Al final de la caminata, ya de vuelta a la salida del bosque, hay una hostería para pasar la noche, administrada por la comunidad. Polylepis Lodge es un sitio donde por ciento diez dólares al día, ofrece hospedaje, tres comidas y un recorrido con guía por el mágico bosque de papel y páramo de frailejones.

Bajada

(Al pie de un páramo tan grande que Central Park cabría cincuenta veces en él)