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Mariana Andrade fue nombrada secretaria de Cultura de Quito en abril de 2014. Era una decisión –por lo menos– responsable de Mauricio Rodas al asumir su cargo como alcalde. Por fin una gestora probada estaba al frente de una institución rectora de la cultura en un país donde ese tipo de puestos se limitaba al espectáculo y a la tarima. Durante meses, Mariana Andrade defendió su gestión. Dijo las cosas precisas; se rodeó de la gente correcta; aseguró que lo suyo no era la organización de eventos; que el primer año era para trazar un plan que durara veinte años. Pero el estado es infalible para los gestores culturales: Está diseñado para fallar. En diciembre de 2014, ya estaba claro que Rodas y Andrade empujaban en direcciones distintas. Siete meses duró el intento de una Secretaría de Cultura que pretendía volverse un ente que animara la cultura popular en detrimento de la cultura populista, más dada a la captación de votos que a otra cosa. Y ahora la “Secu” va a la deriva. Amenaza con convertirse en una pequeña réplica del Ministerio de Cultura o peor aún, de su equivalente en Guayaquil, la Dirección de Cultura y Civismo.

Las concepciones sobre cultura de Andrade no encajaron con las de Rodas, que talvez podrían resumirse en su única oferta al respecto en la campaña: un festival como el de Viña del Mar. “Quito volverá a ser un referente cultural desde donde se le dará impulso a cientos de bandas y músicos que encontrarán en este gran festival la oportunidad de hacer sus sueños realidad compartiendo el escenario junto a los más importantes artistas a nivel mundial”, decía Rodas a inicios de 2014. Para el alcalde de Quito, la cultura se trata de verse espectacular y de paso, cumplir el sueño de unos artistas. Una visión muy parecida a aquella que Andrade criticaba. En su primer día en la Secu, le decía a José María León que “el secretario anterior tenía un único interés: las fiestas de Quito. […] Tenía un presupuesto mayoritario en el mega evento”. Durante su gestión, Andrade fue por otros lados. Además de organizar encuentros como el Verano de las Artes y el LIT Festival, propuso que el programa de las fiestas de Quito fuera trabajado de barrio en barrio con cinco ejes de reflexión: tradición, memoria, saberes, intercambio y celebrar a la ciudad.

Pero el intento de reactivar a la cultura popular desde lo popular no parecía congeniar con de la administración de una ciudad donde las fiestas de Quito son “la prueba de fuego”, como supo decir el colega Diego Cazar en una entrevista a Andrade en La barra espaciadora. Y es que las instituciones culturales estatales parecieran haber nacido equivocadas. El académico francés Marc Fumarolli publicó en 1991 el polémico libro El estado cultural, donde criticaba al primer ministro de Cultura de la historia, el escritor André Malraux, nombrado en 1959 por el mismísimo general Charles de Gaulle. Según Fumarolli, esa institución se dedicó a “financiar y sostener formas de creación que podían desarrollarse y defenderse por sí mismas”, como el rock. El libro critica también a Jack Lang –ministro de Cultura de Francoise Mitterrand–, que había seguido la idea de Malraux de “democratizar la cultura”. Para Fumarolli, esa idea “trabajaba en favor de la industria global del rock, los videojuegos bélicos y la adicción prematura a las drogas tecnológicas, borrando toda distinción entre la cultura popular y la cultura estandarizada de masas”. Así como erróneamente se cree que la democracia se vive en toda nación donde hay elecciones, se piensa que la cultura es tan democrática como masiva es su audiencia.

No es una idea exclusiva de Rodas, es cierto. En 2o13, el Ministerio de Cultura defendía la Feria del Libro de Guayaquil –cuya oferta se limitaba a seis puestos de venta de libros– porque los eventos paralelos de danza, música y arte se habían llenado. Desde la otra orilla política, pero en la misma Guayaquil, el Museo Municipal prohíbe en el Salón de Julio –un concurso de pintura que aparece como el evento artístico de más nombre en la ciudad– los cuadros con contenido sexual, basándose en una moral de la que las autoridades se creen policías. La cultura pareciera ser cualquier debate político/politiquero, donde la verdad es de quien tiene más gente respaldándole. Habría que replantearse la labor del Estado en la vida cultural. Para el escritor español Álvaro Delgado-Gal, fundador de Revista de Libros, la cosa está clara: “La intervención del Estado está justificada allí donde el bien a proteger es valioso y no podría ser provisto por la iniciativa individual”. O lo que es lo mismo, para mantener los “bienes públicos”, que de alguna forma era la propuesta del inconcluso proyecto de Mariana Andrade.

Los realizadores de cine bajo tierra –películas de pocos recursos que se distribuyen por fuera del circuito de salas de cine– conocen a Mariana Andrade como “La Comandante”. La llaman así porque durante años, cuando estaba al frente de la cadena de cines Ochoymedio, se esforzó por insertar en el relato cinematográfico nacional un género que parece destinado a fracasar en los circuitos convencionales, pero que existe. Talvez el error de la comandante fue tomarse el apodo a pecho y pensar que en realidad iba a ser posible dirigir una Secretaría de Cultura en este momento, en medio del incipiente proceso político de Rodas, que ha llegado a la alcaldía de Quito en su carrera hacia la presidencia de la República. Se había vuelto incómoda la comandante. Porque la cultura no es una entelequia de captación de votos. Es como la historia, que cuando se aprende, uno no entiende bien para qué le va a servir. No es material de fábrica, no se come, y muchas veces no es rentable. La cultura, como la historia, sirve para pensar y tomar mejores decisiones, que son –al fin y al cabo– los ejes que gobiernan nuestras vidas.

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¿Está destinada al fracaso una Secretaría de Cultura que no privilegia al mega evento?