“El castellano es un idioma tan hermoso cuando lo usamos correctamente”.
El Chavo del Ocho

Su frenética vocación fonética le costó a Roberto Gómez Bolaños la ira de una generación de intelectuales mexicanos. Que destrozaba el idioma, decían. El sociólogo Raúl Trejo Delarbre, exdirector de la revista cultural Etcétera, lo acusó de contribuir “a la vulgarización del lenguaje”. Otros que se la tomaron con el creador del Chapulín Colorado, fallecido el 28 de noviembre de 2014, fueron el historiador Enrique Krauze y el escritor Carlos Monsiváis. Lo llamaban facilista por deformar al lenguaje como un recurso disparador del humor. Por líneas como “que no panda el cúnico” (frase del Chapulín Colorado), “no hay de queso, nomás de papa” (Chaparrón Bonaparte), “ya me dio cosa” (Doctor Chapatín) o “lo que tienes de bruto lo tienes de bruto” (Chavo del 8). Pero lo de Chespirito era legítimo: Usar correctamente el idioma a veces implica desarmarlo para volverlo a armar, como un relojero que sabe bien cuándo y dónde poner o sacar el rodaje de minutería. El juego salvaje de palabras es –al fin y al cabo– el elemento lúdico que gobierna la obra de Guillermo Cabrera Infante. Pero a él nadie se lo critica. Lo cierto es que Chespirito fue el último gran humorista de la palabra en la televisión. Después de él, lo que quedó fue el doble sentido. Talvez Gómez Bolaños tenía razón cuando en una entrevista en la televisión argentina dijo que “a uno siempre le perdonan el fracaso, pero el éxito, nunca”.

No importa qué figura sea, el error deliberado en “astronatas”, la diáfora ingenua de “fue sin querer queriendo”, la aliteración pavota o la rima tonta en La pata y el tulipán (“Quedose turulato Papa Pato, y a la infeliz patita dijo al rato…”), el calambur simplón de “no hay de queso, nomás de papa” o la mera resonancia de “ahora sí te descalabro los cachetes”… No importa. El idioma es una fuente inagotable de humor. Un disparador de la alegría lúdico y maleable. Lejos de vulgarizar el lenguaje, alterarlo ayuda a reír. Y la risa –decía Chespirito– “apela a la inteligencia”. El super comediante, guionista de todas sus producciones, aprovechó la riqueza del castellano siempre que pudo. Uno de los lugares idóneos para jugar con el lenguaje –porque no había espacio para poner a gente corriendo y golpeándose– era la escuela del Chavo, donde el profesor Jirafales alguna vez preguntó “¿Por qué caminan los coches?”

—¡Por la calle! —fue la respuesta.

—Pero —insistía el profesor—, ¿qué necesitan para poder transitar por la calle?

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—Esquivar los baches.

—Te lo voy a poner más fácil: ¿Por qué le ponen gasolina a los coches?

—Por un agujerito.

—Pero, ¿con qué objeto?

—Con una manguerita.

Omar Rincón, crítico de televisión colombiano, dice que Chespirito potenció la riqueza del lenguaje popular. “En Latinoamérica lo que decimos nunca significa lo que decimos sino que siempre está en el subtexto, y el humor de Chespitiro está en el subtexto de los diálogos”. Y ese dominio de la palabra a Gómez Bolaños le costó sudores. En su libro de memorias Sin querer queriendo, cuenta que cuando ya era un guionista reconocido, se sentaba a escribir en las tardes y se acostaba cuando sus hijos estaban por irse a la escuela. Y todo lo había aprendido por la fuerza. O mejor dicho, por el hábito, que es la única forma de comprender al lenguaje como una herramienta, un artefacto que se puede modificar o desmontar siempre que cumpla su función. En la década de los cincuenta, Chespirito dejó su trabajo en una fábrica de vigas para entrar en Publicidad D’Arcy, una agencia que le pagaba casi la mitad que su anterior empleo, pero donde era feliz. Para trabajar ahí, tuvo que dominar dos cosas que serían cruciales para su carrera como guionista: la mecanografía y el idioma. Como estudiante de ingeniería no lo necesitaba, así que fue un autodidacta. “Carecí de un método que me facilitara el aprendizaje, pero compensé la deficiencia con tesón y empeño. Si me topaba con alguna duda de ortografía, por ejemplo, escribía repetidas veces las palabras que contuvieran dicha duda. Y lo mismo hacía cuando encontraba palabras cuyo significado ignoraba: buscaba su significado y escribía frases que incluyeran la palabra en cuestión”. Pronto estaba escribiendo libretos para Capulina, el tercer comediante más visto en México en los tiempos de la televisión en blanco y negro. Al final de los sesenta, tomaba un lugar entre Los supergenios de la mesa cuadrada, como el Dr. Chespirito Chapatín. Ese fue el primer programa de televisión que dirigió, y toda la comedia se trataba de cuatro personas sentadas hablando. Porque poderoso es el lenguaje cuando es bien deformado.

Eso es algo que sabía de sobra Guillermo Cabrera Infante. El escritor cubano tenía una manía con las palabras. Con la grafía, la fonética, la semántica, con todo. Se divertía con ellas lo mismo que las destrozaba, como un niño que intenta entender cómo funciona un juguete. Líneas como “todo pasa, hasta la siruela pasa” (de Tres tristes tigres), eran comunes en sus libros. “El juego es el jugo”, decía cuando explicaba por qué se había vuelto escritor. Mario Vargas Llosa escribió que “por un chiste, una parodia, un juego de palabras, una acrobacia de ingenio, una carambola verbal, Guillermo siempre estuvo dispuesto a perder amigos, a ganarse enemigos o incluso a que le arrebataran la vida”, para él –continuaba Vargas Llosa– “el humor no es, como para el común de los mortales, un recreo del espíritu, sino una compulsiva manera de retar al mundo tal como es […] y la racionalidad en que se sostiene”. Cabrera Infante usaba a la fonética del lenguaje como lo que es, una herramienta ardiente.

El español es hermoso porque es violento. Según CNN, “es una lengua sensual y atractiva, con una pasión apenas contenida por desatar el infierno, como la dialéctica de una represa”. Y Chespirito logró capitalizarlo con una letra que se convirtió en su símbolo: La “ch” que llevan en el nombre todos sus personajes. El Chapulín Colorado, el Chómpiras, Chaparrón Bonaparte, el Doctor Chapatín… La reivindicó años antes de que la RAE la desapareciera como letra independiente, así como cuando Plutón dejó de ser considerado un planeta. No solo estaba en el nombre de sus personajes, sino en palabras claves de todo ese universo: la chicharra paralizadora, el chipote chillón o las pastillas de chiquitolinas (las armas del Chapulín), el verbo «chispotear» o la exclamación «chanfle». Estaba en todos lados en los programas del comediante número uno de habla hispana. La “ch” podría representar al español mejor que la “ñ” por su fuerza fonética. “En México muchos insultos empiezan con ‘ch’”, decía Florinda Meza, que la considera una letra eufónica. No solo en México. Y no es una letra exclusiva para los insultos. Ya lo decía el bloguero colombiano Dixon Acosta, “en toda América Latina, somos aficionados a la letra Ch, desde Argentina, donde es sinónimo de amigo. En Colombia […] publicaron el Diccionario de la Ch. El fanatismo por esa letra, viene posiblemente desde los tiempos de los Chibchas, cuando en estas tierras se tomaba chicha; es una letra que nos parece chusca, chévere por su sonoridad, apropiada para los chascarrillos de Roberto Gómez Bolaños”. La “ch” es como un signo de la expresión latinoamericana, y en el universo de Chespirito es como una declaración de principios.

Esa violencia del idioma es crucial para el humor en una región en que a la gente le cuesta salir del eufemismo. Chespirito usaba palabras que no solo son chistosas, sino que suenan exactamente a lo que uno quiere decir. Esa función es estudiada por la fonética, pero no tiene nombre en castellano, así como no hay una palabra para traducir saudade –esa nostalgia portuguesa­– o esa desdicha miserable checa que es el litost. Cuando el Chavo del Ocho se refería a Doña Florinda como una “vieja chancluda”, no hacía falta ir al diccionario para entender que se trataba de una mujer desaliñada. Talvez el mejor epíteto –también del Chavo– fue el “kilómetro parado”, expresión que solía chispoteársele en frente de su profesor, el aludido Jirafales. Porque sí, los kilómetros no son exclusivos de la horizontalidad, también sirven para medir en vertical (la atmósfera mide 17 km de altura), pero aquello del kilómetro que anda a pie por la vida es de esas ideas que solo se le ocurren a esas mentes privilegiadas que dominan el lenguaje al punto de que cuando quieren levantar, saben que hay que destruirlo. Cuando la corrección política deje de envenenar el sentido del humor, los políticos y los snobs olvidarán ese «fomento a la violencia» del que tanto hablan. Chespirito será entonces ungido como ese maestro del lenguaje al que la propia RAE supo reconocer, cuando invitó al súper comediante a dar un discurso en el mismo Congreso de la Lengua en que Gabriel García Márquez lanzó una botella al mar que a la Academia le cayó como una bomba.

Quizás un día. Quizás. Quién sabe. O de plano: Churinchurinfunflais.