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En “Choque de Civilizaciones”, el politólogo conservador Samuel Huntington dice que las grandes divisiones y los mayores conflictos de la humanidad tendrían como fuente principal la cultura, “las líneas que dividen civilizaciones son profundas”. En su artículo, publicado en 1993, asegura que las diferencias entre civilizaciones eran mucho más fundamentales que las diferencias ideológicas, y que la globalización no sólo cortaba distancias sino que incrementaba la brecha cultural entre civilizaciones. Si la distancia es el olvido, la cercanía es la toma de conciencia de las reales y marcadas diferencias entre grupos que se consideraban pares. Huntington parece iniciar un debate que mantenemos vivo hoy.

El ataque a las Torres Gemelas en el 2001 marcó el inicio de la detracción global del Islam como religión, una posición popular entre quienes confunden la radicalización de una religión con las creencias de 1.6 billones de personas. Hay voces influyentes que se han pronunciado en contra de los practicantes. Sobre los musulmanes, Bill Maher, comediante de sátira política, dijo: “Lo hemos dicho desde el principio y nos han llamado intolerantes por decirlo pero cuando hay tantas manzanas podridas, hay algo mal con el huerto”. El nueve de enero del 2015, el magnate Rupert Murdoch tuiteó que “tal vez la mayoría de los musulmanes son pacíficos pero hasta que no reconozcan y destruyan al creciente cáncer yihadista todos deberán responsabilizarse”. Ambas posturas demuestran que el sentimiento anti-islámico aumenta en el mundo mientras existe una contraparte que parece radicalizarse más.

El reciente ataque a las oficinas de la revista Charlie Hebdo, en París, no solo endurecerá la posición de la extrema derecha de Francia liderada por Marine Le Pen, alineada con una preocupante tendencia europea, sino que reactivará el debate sobre la integración de los migrantes, con cuestionamientos como si la “civilización occidental” y la “civilización islámica” pueden convivir bajo el mismo techo integradas mas no asimiladas. Estas dudas se intensifican con hechos como los que ocurrieron horas después del ataque en París: hubo atentados contra mezquitas, y cuarenta y ocho horas después, se reportaron hasta quince ataques distintos contra musulmanes franceses. Con esto, es evidente que estamos viviendo un peligroso repunte de islamofobia. En Alemania, desde octubre del 2014, el grupo PEGIDA (Europeos Patriotas Frente la Islamización del Occidente -por sus siglas en alemán) marcha, todos los lunes en distintas ciudades, contra el ingreso de asilados y migrantes, especialmente los musulmanes, al país. Curiosamente la agrupación es más popular en las ciudades con el menor porcentaje de extranjeros entre sus habitantes. Pero también hay una contraparte en la población europea: han surgido oleadas de apoyo en defensa de los musulmanes. En Francia se habló de Charlie Hebdo vinculado a la libertad de expresión y a la conmemoración del concepto de laïcitè y no sólo del ataque terrorista y las condiciones en la banlieue francesa. En Alemania, la canciller Angela Merkel llamó a los ciudadanos a rechazar a PEGIDA diciendo que los organizadores de estas marchas eran personas con “corazones duros y llenos de prejuicio, incluso hasta odio”. En las ciudades alemanas más grandes, se organizan contramarchas para enfrentar pacíficamente a PEGIDA. En Australia se creó el hashtag #Illridewithyou luego de que un hombre armado, presuntamente con nexos a grupos radicales, tomó un grupo de personas como rehenes en una cafetería. El atentado desencadenó una agitación anti islámica entre ciertos australianos pero también impulsó la creación de una conmovedora red de apoyo. El hashtag surgió cuando una señora tuiteó que había visto a una mujer musulmana retirarse el hijab en un tren por miedo de lo que le pudieran decir. La señora se acercó y le ofreció acompañarla donde tuviera que ir. Luego de tuitear su anécdota, otros tuiteros usaron el mismo hashtag para apoyar su iniciativa, y empezaron a ofrecer compañía a cualquier musulmán que no se sintiese seguro, durante su trayecto. Este apoyo resulta esperanzador frente a los actos más extremos como los asesinatos a rehenes, atentados suicidas en maratones de popularidad mundial, decapitaciones a periodistas o secuestros a niñas para que no estudien.

La islamofobia no es nueva y el terror por lo desconocido nos ha perseguido desde siempre, probando que cada vez que un radical asesina en nombre de una religión, cualquiera que esta sea, se desacredita a la religión, cumpliendo el radical con todos los estereotipos de intolerancia que la han plagado, sembrando rechazo e ignorancia en el camino.

Cada atentado sirve para dar la razón a los islamofóbicos y a los yihadistas que, como escribe el editor adjunto de London Review of Books, Adam Shatz, en su artículo Moral Clarity, parten de la misma premisa: Huntington al igual que Marine Le Pen y el líder del grupo terrorista Al Qeda, al-Zawahiri, cree que el mundo está dividido en civilizaciones irreconciliables. Parecería que tienen razón pero no podemos olvidar que para todas las posiciones existen extremos más aún cuando son creencias enraizadas en lo más profundo de una identidad. En el Islam, una religión no homogénea además, con un billón y medio de representantes hay de todo un poco, desde Malalas hasta Bin Ladens, así como en otras que tal vez nos son más cercanas vamos a encontrar Madres Teresas y Torquemadas.

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Los yihadistas y la extrema derecha europea se parecen más de lo que quisieran