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¿Se ha convertido el presente de la política en su pasado?

Aún genera noticias el homenaje en Guayaquil a José Mujica, presidente de Uruguay. Pero no por las palabras del mandatario más humilde del mundo. Lo que recuerdan de ese día los medios de comunicación ecuatorianos es la ira del presidente de la República, Rafael Correa, por el discurso de la vicealcaldesa de Guayaquil, Doménica Tabacchi. Como un futbolista que aprovecha una pelota dividida para saltar y pegar un codazo, Tabacchi lanzaba puyas a Correa a medida que exaltaba a Mujica. Sus cuatro intentos fracasados por ser sutil le valieron una respuesta furiosa y –cómo no– desproporcionada. Correa le dedicó cinco minutos de su discurso de ese mismo día, y otros cinco en la sabatina del 6 de diciembre, donde dijo que Tabacchi, una mujer rubia y de ojos claros no podía representar a los guayaquileños. Ese es el tema del que habla la prensa local cuando se refiere a un evento donde Mujica lanzó un discurso de veinte minutos. Aupados por los medios, el gobierno y el municipio de Guayaquil se pelean hasta quién es más impertinente.

Mientras le daba la bienvenida a Mujica, Tabacchi les recordó a los presidentes de Sudamérica –la mayoría identificados con la corriente del socialismo del siglo XXI– que “la unidad se consolidará cuando entendamos que la diversidad ideológica es positiva”. Se aprovechó de la figura del presidente más querido del mundo, para decir que “el perdón requiere olvido”. La alusión a Correa en el 30S es tan obvia que tener que escribirlo es fastidioso. Pero Correa también utilizó a Mujica. Echó mano de sus catorce años de cárcel para atacar al gobierno de León Febres-Cordero, fallecido líder del Partido Social Cristiano, al que pertenece Tabacchi. “La nueva América Latina que estamos edificando no dará más torturas, como en las épocas tan poco cristianas y tan poco sociales”, decía Correa, como si estuviera por perder el control. Si ya eran de mal gusto las breves sentencias de la vicealcaldesa, Correa acabó de volver impresentable aquella bienvenida.

Pero no era suficiente. No. Al día siguiente, a Jaime Nebot, alcalde de Guayaquil, unos periodistas le preguntaron por la reacción del presidente. Nebot dijo que le parecía incoherente que en un homenaje a Mujica no sea capaz de aceptar una pequeña reflexión, para justo después desearle feliz navidad a Correa. “Esta es una época en la que hay que pedir a Dios para que destierre la amargura y la intolerancia”, dijo el alcalde. El sábado, diario Expreso le dedicó a ese minuto de declaraciones una nota titulada “Nebot responde a Correa con pedido a Dios”. Y en la sabatina, el presidente mandaba los deseos de vuelta después de dedicarle al alcalde el segmento La caretucada de la semana. Cuando el poder quiere, el cotilleo domina el discurso político en Ecuador.

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Y ahí radica, según Decio Machado, la mediocridad de la política ecuatoriana. Según el sociólogo español –que trabajó como asesor de comunicación de la Presidencia–, “realmente el Gobierno marca la agenda. […] Y no solo los medios públicos entran en esa inercia, también los medios privados muerden el anzuelo”. El debate se reproduce en un círculo vicioso: Los políticos hablan de aquello que saben que la prensa considera materia de publicación. Aquella idea de que ninguna publicidad es mala ha calado hondo en los políticos. No les importa ser kitsch, ser ridículos, mientras se hable de ellos. No importan las impertinentes riñas internas en un homenaje a un presidente extranjero; no importa matizar asuntos serios con amorfinos sin ritmo o con mensajes navideños; no importa salir a decir que por ser rubia y tener apellido extranjero y ojos claros, la concejal más votada en Guayaquil no representa a los guayaquileños; no importa que el que lo diga tenga los ojos claros.

El discurso político ecuatoriano está en decadencia. Decio Machado usa otra idea: El gobierno envejeció rápido. “Lo que suponía una nueva forma de hacer política se ha convertido en la vieja forma de hacer política”, dice el sociólogo español. Y es cierto. El presente y el pasado se comunican como si fueran el mismo. La única diferencia es que uno acumula más poder.