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Un fragmento del homenaje a Miguel Donoso Pareja durante la Feria Internacional del Libro en Quito

A conversar con la figura de Miguel Donoso Pareja estamos llamados todos. Cada uno tiene su versión de este guayaquileño de cepa.  A mí me agrada recordar aquella trayectoria literaria y existencial que en “Miguelón” es incuestionable. 

“Pero si eres un cholo de los nuestros”, me lanzó Miguel Donoso Pareja hace cerca de veinte años, luego de escabullirme en una noche lluviosa y hacer fila para que me firmara mi ejemplar de una pobre edición de Hoy empiezo a acordarme. Llegué hasta estrecharle la mano.  Ya habíamos hablado antes, por teléfono. “Pensé que por tu apellido me encontraría con alguien colorado, un argentino, quizá, y mira tú”.  

Tiempo después me convertiría en esporádico visitante de las casas que Miguel tuvo durante estas últimas décadas.  No había Internet de uso común para ese momento y nuestras charlas se iniciaron sobre temas más bien guayacos. Por entonces todavía estaba con nosotros el loco Tobar, o sea Paco Tobar García.  Miguel editaba la revista La Otra, y le daba espacio al amigo bigotes de morsa. Tobar escribía también en El Telégrafo, y me llenaba de curiosidad con su columna Crónicas del viejo vagabundo. En una de sus entregas leí sobre la novela Hoy empiezo a acordarme, y el resto fue un flujo de charlas.  

Cuando en la ‘misa del ateo’ -que nos convocaba a lecturas y ágapes domingueros y no dejaba autor nacional sin mácula- Tobar dejaba sentir un respeto por la obra de Miguel. Cuando un misterio se fusiona con otro como un talismán y se refería a la poesía y el amor, entonces hay un volcamiento hacia las profundidades del ser humano. Ese fue el acicate mayor para leer a Miguel.

Emparentado con la realidad literaria gracias a esta dupla, sentimos muy pronto la pérdida de Paco.  Y ahora nos queda Donoso Pareja, parecía ser el comentario lógico. En este país, donde los conflictos se resolvían casi siempre a puños, se le incorporó otra válvula: la de las palabras, la del discurso literario. 

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Reíamos hasta que casi se nos descolgaba la mandíbula inferior cuando reconocíamos en los personajes juvenilmente bizarros de sus anécdotas a los autores maduros y totalmente enseriados de hoy. Solo para recordar una: Hace más de cuarenta años, en cierto encuentro de letras que se desarrollaba, paralelo a las jornadas en los bares cercanos, el poeta Efraín Jara, fastidiado, se levantó como un resorte de su silla mientras modulaba: “Vas a ver lo que te va a pasar”.  La respuesta de Miguel fue también ponerse de pie y espetar: “¿Y qué me va a suceder?”. En ese momento, el poeta Jara Idrovo hizo una mirada tomográfica a Miguel y comprobó la diferencia de estatura de ambos contrincantes.  Sabiamente respondió: “Que te vas a quedar sin amigos”, y tomó asiento de nuevo.  

Las condimentadas anécdotas de Miguel pueblan sus distintos libros de memorias, y realizan un recorrido por sus andanzas en distintos países, compartiendo con autores, editores, a los que convirtió en personajes de dichos textos. El itinerario de lecturas daba cuenta de una mirada  intransigente (no transigir ni un ápice era su consigna) y la aplicaba en sus talleres.  Algo así como una abstracción indescriptible lo ataca cuando siente cerca a quienes se siente ligado por sangre y por afectos que ha acumulado a lo largo de décadas.

Este espacio cumple en pequeña parte con saldar una merma en la atención que sobre su carrera ha dejado sentir la academia latinoamericana.  Quiero decir que si bien se ha estudiado su literatura a través de distintos géneros, no lo ha sido con la debida profundidad e interés.  Extraño, al ser ecuatoriano, siendo el país de la mitad del mundo una suerte de entelequia cuyas partes, llámense Guayaquil, Quito, Cuenca, necesitan de un complejo visado para hacer llegar las publicaciones entre ellas.  Podríamos sentir que México, la patria que durante dieciocho años adoptó a Miguel, lo dejó sentir un nimbo de solidaridad intelectual, algo como un equiparar fuerzas, un dejarse acompañar por pares que en espacio entre los Andes y el Pacífico suele ser más bien raro.

Y como no es el caso de Miguel, hay circunstancias, personas, instituciones que cierran sus puertas.  Nuestro autor más bien las quiso abrir.  A su llegada a un país que debía reconocer, se decidió a arar para dejar la inquietud, la impronta de la poesía y la narrativa que interesados escribían de forma desordenada.  Miguel fue entonces estímulo y espaldarazo de hornadas de escritores. La actualidad se enfrentaba con decisiones, y sigue haciéndoselo.

Unas palabras para la contratapa, una cuarta de forros firmada por Miguel se convertían en una medalla en el pecho de los autores.  Pero también estaba la palabra dura, para quien se atrevía a no aplicar sindéresis: lo que se piensa corresponderá con lo que se siente y se hace.  Han sido también reprendidas actividades que solamente estaban pensadas como meros divertimentos de la burguesía.   

Quizá lo valioso de estos espacios sea que se propicia, sin necesidad de invitaciones personales, la vecindad de amistades que durante años no se había visto. Quizá lo triste de que se haga en un solo marco, vaya por la negativa de las leyes de la física a otorgarnos a la ubicuidad, y por tanto, confinarnos a esa imposibilidad de estar en varios lugares al mismo tiempo.  Son ochenta y tres años del Miguel que prefiramos. Probablemente lleve el nombre de Miguel Donoso Pareja alguna casa de letras en el futuro, pero no será eso lo que en la gente perviva, sino lo peculiar de la existencia y el fuste de Miguel.