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“Strawberry Fields Forever” es un tema de The Beatles que Lennon empezó a componer en España, cuando intentó ser actor, en 1966. Es una canción en la que –tomando parte de su universo personal y sus recuerdos de infancia– John Lennon decidió hablar sobre lo que significa crecer. Y crecer es complicado, sobre todo cuando todo el mundo a tu alrededor no te entiende y por eso te escondes, te retraes, huyes y te rebelas.

El cineasta español David Trueba lo entiende muy bien y toma la premisa de esa canción y la convierte en una historia que, ante la necesidad de decirlo con rapidez y sucumbir a lo primero que se te viene, la defines con el único adjetivo que crees justo: linda.

La película inaugural del IV Festival Internacional de Cine “La Orquídea, “Vivir es fácil con los ojos cerrados” es un relato sobre el proceso de crecimiento de Antonio (Javier Cámara), anodino profesor de inglés, beatlemaníaco como ninguno, quien ante la noticia de que Lennon está en España, rodando “How I won the war”, de Richard Lester –algo que pasó en realidad– decide viajar para verlo, hablar con él y encontrar algo que le hace falta. También es la historia de Belén (Natalia de Molina), una chica de veinte años ingresada a una casa en la que tendrá que pasar el tiempo para evitar el rechazo social y la vergüenza familiar. La película nos deja conocer el tormento de JuanJo (Francesc Colomer), un adolescente rebelde que deja su hogar y se escapa para no tener que soportar a un padre cuadrado y de pocas pulgas (un Jorge Sanz que dan ganas de golpear, lo cual es maravilloso).

Los tres se encuentran: dos huyen y una viaja con un propósito. Sí, tiene algo de road movie, algo de perversión y mucha inocencia. “Vivir es fácil con los ojos cerrados” es un filme sobre los encuentros que te pueden cambiar.

Es también una película de nostalgia, porque da la impresión que no solo esa España ya no existe, sino que ese mundo ya pasó. No hay Lennon y The Beatles solo sacan discos de refritos. Ya no hay esa buena voluntad entre desconocidos, que parecen hermanados por el pesar y cierta idea de desgracia que no se dice, discípulos del “I want to hold your hand”. Y en eso, la película de Trueba roza la fábula, porque eso es lo que es: la secuencia final, la de inevitable despedida, revela ese momento en que sabemos que para los personajes las cosas van a ser distintas y eso tiene un buen sabor.

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Todo cambio es bueno. Hasta el Lennon –que vemos a la distancia– entra en este juego de entender que es difícil ser alguien, pero al final todo se resuelve. Trueba es costumbrista y esa naturalidad con la que muestra el sur español de mediados de los sesenta es uno de los fuertes de la película, porque ese país empobrecido, con niños que no van a la escuela y con gente humilde que lucha por sobrevivir, es el espacio perfecto para entender que la aspiración de igualdad es lo único que buscan todos, pero una igualdad a nivel de sensaciones: nadie en esta película está por encima de nadie. Ni siquiera las figuras antagónicas, porque existen y están para generar identificación y unir fuerzas.  Antonio, Belén, JuanJo, Ramón –el dueño del bar- y Julián, su hijo, son hermosos seres que luchan a pesar del mundo.

Y con esto puedes disculparle ciertas imprecisiones a Trueba –muy, muy pocas– y entender que fotográficamente no estamos ante un discurso novedoso, solo nos están contando algo que deja sonrisas, con una ambientación casi perfecta –diría impecable– y con una calidez en la imagen que nos abraza. 

Trueba lee “Strawberry Fields Forever” como si quisiera darle las gracias a Lennon y hace una película para disfrutarla, porque solo canciones maravillosas pueden dar a luz películas que brillan.