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Durante tres décadas, la capital alemana estuvo cortada de norte a sur por dos hileras paralelas que eran en realidad un límite geopolítico. Era el lugar donde las grandes potencias preferían ver hacia otro lado. “El telón de acero” le llamaban a la muralla que se convirtió en el símbolo de la Guerra Fría. Ese  muro era el verdadero ombligo del mundo.

El Muro de Berlín cayó hace veinticinco años. “No cayó, lo derribaron”, dijo Lothar de Maiziere, quien fue primer ministro de la RDA poco después de que el “telón de acero” dejara de dividir en dos a la capital alemana. Y es cierto. Talvez para el resto del mundo el lugar era un punto político estratégico, pero a los berlineses se les iba la vida en preocupaciones más mundanas: querían estar juntos. Gente que vivía a pocos metros de sus familias no podían reunirse salvo en Navidad.

Ahora que no existe, ese lugar donde las potencias se daban la espalda se convirtió en un ícono de unidad. Pero en la Guerra Fría era sinónimo de otra cosa: la vigencia del comunismo soviético, un sistema carcomido que el 9 de noviembre de 1989 vio su final.

 

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Una cronología del Muro de Berlín