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La BBC necesitaba algo para llenar un espacio en la parrilla de los sábados por la noche. Quería algo familiar, que los niños pudieran ver con sus padres, que pudiera interesarlos, que tuviera su cuota educativa… Un programa de 25 minutos de duración en el que los viajes en el tiempo sirvieran para conocer hechos y lugares de la historia de la humanidad. Y claro, habría aventuras de por medio, acompañantes humanos que servirían de ancla para un personaje al que no supieron nombrar y por el cual que no tuvieron más reparo que ponerle a la serie “Doctor Who”. Algo así como “¿Doctor qué?”, como si él te dijera su nombre y no lo hubieras escuchado bien.

Era 1963. La creación de la BBC, comandada por el jefe del departamento de drama, Sydney Newman, estaba lista para salir ese fin de semana de noviembre. Pero el 22, un día antes, la bala que cambió de trayectoria varias veces mató a John F. Kennedy en Dallas. Luego de varias deliberaciones, la BBC decidió emitir el primer episodio, porque había que distraer al mundo.

De esto ya han pasado más de cincuenta años, cientos de episodios, aventuras, y decenas de actores interpretando a este Time-Lord del planeta Gallifrey que viaja en el tiempo en su cabina teléfonica azul, que se llama T.A.R.D.I.S (Time and Relative Dimensions In Space), grande por dentro, pequeña por fuera.

El Doctor carga sobre sí el trauma de la Guerra del Tiempo, que enfrentó a los suyos con sus rivales eternos: los Daleks (tachos de basuras con ruedas y cañones, que están ahí para recordarnos el carácter de serie B que “Doctor Who” tiene).  De ser ese personaje clave para un programa infantil, el Doctor pasó a ser ese ser tragicómico, digno heredero del sentido dramático inglés.

Sí, él ha pasado por mucho en estas cinco décadas, desde que escapó de su planeta natal y decidió viajar por el universo, tratando de hacer bien y destruyendo vidas a su paso. Sí, destruyendo.

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Esta introducción es más que nostalgia e información pura. Porque si hay algo que pueda explicar de mejor manera este universo de fanáticos y enfermos de esta serie, los whovians –algo así como los trekkies, pero con menos bríos – es la idea de la paradoja.

Hay algo tan nefasto como impresionante de este personaje con dos corazones, capaz de regenerarse cuando su cuerpo ha sido herido de muerte, y que siempre carga un desarmador sónico como única herramienta –y sí que es importante que sea un desarmador y no una pistola de rayos o un sable de luz.

Eso que impresiona está en la paradoja que lo define: si alguien decide acompañar al Doctor en sus viajes, no terminará bien; siempre habrá una gran posibilidad de que todo termine en llanto, muerte, desaparición, silencio, y/o trastornos.

Esa cualidad es la que parece atormentar al nuevo Doctor. Peter Capaldi (56 años) es el actor que encarna al viajero del tiempo y con algunos episodios de la octava temporada podemos definir lo que está haciendo. Esta vez estamos ante un héroe que se equivoca, que trata de encontrar el camino preciso a través del ensayo y error  y que está en la búsqueda de qué puede ser eso que lo vuelve en alguien que vale la pena. Hay cierta melancolía y dureza en Capaldi que lo acerca más a los héroes de acción de los 80 que al encantador y joven extraterrestre, como había sido en las temporadas anteriores.

El Doctor de Capaldi, en compañía de Clara Oswald (interpretada por Jenna Coleman, quien fuera la última ayudante del anterior Doctor, Matt Smith), está indagando sobre sí mismo. La excusa está ahí, servida: el proceso de regeneración, con el que una gran cantidad de energía se libera y le da un nuevo cuerpo al Doctor, también regenera su conciencia y su actitud. Es lo envidiable del personaje: puede verse distinto y ser otro cada vez que quiere. Pero siempre con un pie puesto en la idea de salvar a los demás. He ahí la importancia de llamarse Doctor.

Capaldi (quien había aparecido antes en la serie haciendo de otro personaje, lo cual, se supone, será explicado en algún momento) ha construido un Doctor que huele a desconfianza y al mismo tiempo seduce. No es el tipo fornido, ni el galán de otras temporadas. No hay tiempo para eso. Ahora él quiere arreglar lo que ha hecho mal, porque si hay algo que es el Doctor de esta serie es que sintetiza, de una manera un tanto exagerada, lo que la culpa hace con nosotros. Podrá salvar a una sola persona en un capítulo o toda una raza alienígena en otro, pero siempre será poco para él. No hay satisfacción para el Doctor y sin esa fuerza motora no habría serie que aguantara o aventuras para satisfacer a fanáticos en todo el mundo.

“Doctor Who” se transmite a más de 50 países en todo el mundo, para millones de fanáticos. Tanto es el fanatismo de la serie que antes del estreno de su última temporada, Capaldi y Coleman se embarcaron en una gira mundial de presentación, que incluyó a Seúl, Sydney, Nueva York, Ciudad de México y Río de Janeiro. British Invation, sí.

La serie actualmente está controlada por Steven Moffat –quien también funciona como showrunner de “Sherlock”– y bajo su reino hemos entrado en un universo narrativo en el que entre capítulo y capítulo pasan tantas cosas que a veces, solo a veces, uno se puede quedar con ganas de saber qué es eso que no nos han contado. Hay estilos y estilos.

Al final, cada semana, esperamos que este Doctor sea el mejor de todos. Y así será, venga el actor que deba venir. Es un tema de superación y de pasión. Nosotros, apasionados, esperamos.

Bajada

Peter Capaldi interpreta la más reciente versión del viajero del tiempo, con una nueva conciencia, actitud y cuerpo.