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¿Cuáles fueron las verdaderas implicaciones de las palabras de Guillaume Long?

Normalmente –y esto lo confirma una amplia percepción popular- cuando hablan los políticos, o están mintiendo, o no están diciendo realmente nada. Pero hay misteriosas ocasiones en que los políticos sí quieren decir lo que están diciendo, aunque no sepan bien las consecuencias de lo que ello significa realmente, o de que lo digan muy mal. Tal es el caso reciente del talentoso doctor Guillaume Long, Ministro Coordinador de Talento Humano, presidente de la Comisión de Relaciones Internacionales de Alianza País, historiador según sus propias palabras, egregio articulista según sus propios artículos, y, a la sazón, orador principal en la inauguración del reciente aquelarre continental progresista de comunistas; ateos come niños; ex revolucionarios devenidos en tecnócratas; social demócratas rehabilitados; intelectuales orgánicos nacional populares y otros seres maléficos (todo esto según la santa derecha), cuya seña actual parece ser interpretar el mundo más desde la trova cubana, antes que a partir de una lectura coherente de Marx.

Ante un atestado Teatro Nacional de la Agencia de Regulación y Control de la Cultura (en tiempos prerrevolucionarios Casa de la Cultura Ecuatoriana), el talentoso doctor Long se yergue en el estrado con traje gris impecable, corbata sobria, desenfadada y jovial barba de tres días. Da la bienvenida a los asistentes y en seguida los introduce directamente en el propósito de dicho encuentro: la problemática específica de la izquierda en el poder y los peligros del resurgimiento tenebroso de la derecha, proceso que después de la derrota electoral del 23 de febrero ha sido denominado por el presidente Rafael Correa como la “restauración conservadora”, tal como si su revolución fuera la francesa y la amenaza de marras el retorno del Ancien Régime. Dicho de otra forma, además de coincidir con los fastos por el aniversario del 30 de septiembre y laminar la imagen de un gobierno que cada vez se parece menos a lo que dice ser, el motivo fundamental del encuentro fue que ya viene el cuco.

Para enfrentar la terrible amenaza, el doctor Long pasa a prescribir a las izquierdas una pócima compuesta de iniciativa política (que en Ecuador, aclara, ha sido fundamentalmente del Ejecutivo, aunque sin matizar que como eso es lo que busca y quiere el propio Ejecutivo, no hay espacio para mucha más participación en una revolución ciudadana), de saber conjugar el “realismo del poder” con una “conexión y una sintonía especial con la sociedad”. Aunque suene a tautología, para Long la izquierda en el poder debe saber ejercer el poder de manera  eficaz en un entorno hostil y todavía neoliberal. No como esa izquierda de la resistencia que antes apoyaba al gobierno (ahora conocida como tirapiedras, fundamentalista, indigenista o ecologista infantil) que propone salidas fáciles, puras, impolutas y heroicas.

Para Long, la izquierda en el poder enfrenta un conflicto similar al que planteaba Sartre en su obra de teatro Les mains salés: la eficacia política exige aprender a ensuciarse las manos. Y como en una obra de teatro, a veces “hay que ser creativos”, “innovadores” y “salirse del libreto”. Ello implica para el doctor Long y en un tono que recuerda a Ernesto Laclau en La razón populista, “no temerle al liderazgo carismático como vehículo de transformación”. Mientras el fantasma de Laclau recorre el auditorio, en el centro del presídium un presidente Correa asiente benevolente ante esta afirmación tan sabia, tan realista, tan llena de iniciativa política como la que le gusta al Ejecutivo.

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La derecha –según preocupación del doctor Long–, organizada en la Internacional del Gran Capital (no queda claro si se trata de intereses capitalistas que confluyen o si existe algo como la malvada organización KAOS del Súper Agente 86), acecha entre las sombras. Conspira para desestabilizar mediante los medios de comunicación, asume nuevos rostros juveniles, sabotea los procesos de integración mediante el aperturismo comercial extra regional a través de la negociación y firma de neoliberales Tratados de Libre Comercio; o la intimidación de nuestros países por aquellos organismos de “pseudo gobernanza o arquitectura financiera internacional” vendidos a los intereses de los poderosos.

Esto por si se piensa que el acuerdo comercial con la Unión Europea al que se acaba de sumar el Ecuador, tiene los mismos términos que Tratado de Libre Comercio que ya habían firmado Colombia y Perú. O por si se considera el restablecimiento de las revisiones anuales de la economía ecuatoriana por parte del FMI, el crédito suscrito con aquella financiera de izquierda que es Goldman Sachs a cambio de las reservas de oro o los créditos con el Banco Mundial o el BID, no son decisiones políticas soberanas que provengan del acervo de la izquierda. Nada más lejos de la verdad y cualquiera que afirme lo contrario al manicomio, como diría posteriormente el presidente Correa al comentar algunos puntos de la carta que la oposición de izquierda tirapiedras envió a las organizaciones participantes en el encuentro.

O en su defecto a la cárcel, si de la crítica pasan a ponerse revoltosos como aquellos jóvenes estudiantes de los colegios Montúfar y Mejía, golpeados y expropiados de su libertad de manera humillante en los mismos días del encuentro progresista, justamente como corresponde a un gobierno de izquierda que sabe procesar la protesta popular mediante una “conexión y sintonía especial con la sociedad” a la vez que respeta irrestrictamente los derechos humanos. Esto, aunque informes mentirosos de organismos independientes sin ninguna legitimidad histórica como la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos -encabezada por aquella desconocida Hermana Elsie Monge-, digan que su violación va en preocupante aumento.

Hasta ahí, nada fuera de lo común en un emocionante discurso gubernamental. Sin embargo, habría de llegar el clímax discursivo de un talentoso doctor Long que está siendo posicionado para jugar un papel de mayor relevancia en los destinos políticos de la revolución. Clímax, no tanto por ser el momento de mayor emotividad, histrionismo o profundidad, sino porque de repente se ausentó el talento, el doctor no pudo escapar de la maldición y terminó metiendo la pata. Porque cuando se juntan en una misma sentencia las palabras “expropiación” y “libertad”, es preciso tener muchísima cautela si no se quiere dejar abierta la interpretación y en consecuencia, la posibilidad del malentendido. Esto fue lo que dijo:

“(…) Resulta además imperativo expropiarle a la derecha ese monopolio del uso de la palabra “libertad” debemos defender el concepto de libertad como emancipación, fruto de la igualdad (…) esa libertad fruto de la igualdad, de la inclusión, del contrato social y no de las libertades individualistas, que defienden ellos: la libertad de la falacia de la competencia entre desiguales (…)”

Más allá del tono avant-garde muy Jean-Jacques Rousseau –quien postulaba entre otras cosas que la libertad y la igualdad provienen de un “contrato” social (concepto de enorme importancia para el liberalismo político)–, a Long se le ocurrió que es posible expropiarle a un “otro” (en la acepción de la Real Academia: “privar a una persona de un bien o un derecho”) la palabra libertad. La palabra enuncia un concepto y el concepto hace parte de una visión del mundo. La derecha, es decir el “otro” fantasmal que “acecha” a esta autodenominada izquierda en el poder, no tiene derecho a su visión del mundo. Por tanto es necesario arrebatarle hasta el uso del lenguaje.

Que busque ser monopólico ese uso constituye otro problema de orden político, si se quiere, y ni siquiera así es posible hablar en los términos abiertamente represivos de expropiar el derecho a expresar y significar la realidad mediante el lenguaje. Porque el lenguaje -recordando a Aristóteles en La Política-, es aquel hecho fundamental que nos constituye como humanos, que nos permite enunciar lo agradable o desagradable y luego discernir lo justo de lo injusto. En consecuencia, el lenguaje es aquello que nos determina como animales políticos y da origen a la sociedad. Si para la derecha neoliberal la libertad es equivalente a la libertad de mercado y competencia, o si el derecho a la propiedad privada es equivalente al derecho a la vida, eso es problema de la derecha. Es en el campo tanto de las ideas como de sus consecuencias prácticas, donde se disputa el sentido del mundo y no mediante actos de fuerza, aunque parezcan puramente retóricos.

Querer expropiar la palabra libertad implica reconocer que se puede tener propiedad privada sobre la misma, cuando en realidad nos es común a todos y todas como seres humanos. Peor aún, sería posible también admitir que esa pérfida derecha, realista y eficiente en el poder como lo ha probado demasiadas veces a sangre y fuego, diga también algún día lo mismo: “Resulta imperativo expropiarle a la izquierda ese monopolio del uso de la palabra libertad”. Y eso por no hablar de la izquierda “fundamentalista y tirapiedras” fuera del poder, a la cual la expropiación de discursos, símbolos y derechos políticos parece haberle acontecido misteriosamente desde hace más de siete años. 

Quizá Long, historiador como es, habrá querido referirse a aquel concepto de raigambre marxiana: “la expropiación de los expropiadores”. Pero aquel enunciado tiene que ver con un asunto totalmente diferente, que es la propiedad privada de los medios de producción y su socialización posterior entre aquellos que no tienen otra propiedad que su fuerza de trabajo. Long, claro está, no se refirió a eso. De otra forma habría pasado a la historia como un orador radical socialista, que por supuesto no es. Más bien, en cuanto a la libertad su discurso transitó de elementos de liberalismo confundido que terminaron en el derrotero de un autoritarismo delirante (¿acaso estalinista?), que seguramente ni siquiera –nos esforzamos por suponerlo- fue intencionado.

Las redes sociales no tuvieron compasión del doctor Long ni de su desenfadada y jovial barba de tres días. Tampoco la tuvieron los medios. Tal es así que el propio presidente Rafael Correa tendría que salir a hacer control de daños y aclarar que el talentoso discurso sobre la libertad fue distorsionado. Hasta la sección de humor de Diario El Comercio llegó a calificar el exabrupto como “la babosada con Ph.D”, lo cual tampoco es admisible si aún se quiere rescatar algo de civilidad en un país que parece haberla perdido. No obstante, la “distorsión” de base se encontraba en un extravío conceptual que es responsabilidad única del orador. Quizá es culpa del embelesamiento propio del poder, que con el pasar del tiempo se va pareciendo más a lo que dice criticar.

Una vez despejado todo esto, restaría poco más que proceder como prescribía Thomas de Quincey, quien decía que cuando ya no se puede observar algo desde el punto de vista de la moral (o en este caso de la política), talvez solo queda tratarlo desde la mirada de la estética. Pero un lapsus, acto fallido o metedura de pata discursiva como esta, es demasiado grave para una consideración desde lo que los alemanes –y no los belgas, cabe aclarar-, denominan como buen gusto. Aquello que derraman por doquier, como en un carnaval interminable, la gran mayoría de doctos y talentosos políticos ecuatorianos.