Cuando mi esposo Tom y yo decidimos que nuestro hijo, Peter, sería alimentado exclusivamente con leche materna hasta, por lo menos, los seis meses de edad, me di cuenta de que tenía un problema: no soy una de esas madres que tiene leche a borbotones. Para que Peter tenga suficiente, yo tengo que darle de comer frecuentemente. La ley de la lactancia es parecida a la de la oferta y la demanda: Mientras más come el bebé, más leche produce el cuerpo de la madre. Muchas mamás me han dicho que no pudieron darle pecho a su hijo porque no tuvieron leche. Según estudios de la Liga de la Leche, una de las ONGs más importantes de apoyo a la lactancia materna en el mundo, los estudios indican que las causas fisiológicas no superan el 5% de los casos de hipogalactia o falta de leche en la madre. ¿Entonces por qué nos toca completar con fórmula?

Tengo una teoría. Yo creo que es por vergüenza. Vergüenza de hablar del tema, de pedir apoyo como madres lactantes, de reclamar nuestros tiempos y espacios de lactancia, y sí, de alzarnos la blusa.

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Para que Peter tenga suficiente que comer me tocó levantarme la blusa desde el primer día, en el hospital, enfrente de las visitas. Tom es extranjero y yo tengo una familia pequeña que vive en su mayoría en el exterior. Por eso, contrario a la costumbre de dejar a los bebés en casa con un pariente, nuestro hijo empezó a ir a la guardería desde que cumplió doce semanas, cuando tuve que regresar a trabajar. Y —a pesar de que tienen mucho cuidado con la limpieza—, en definitiva, es un sitio lleno de niños.

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Enfermarse en una guardería es inevitable. Y yo lo único que puedo hacer para evitar que Peter se enferme es darle el pecho. Todo lo que más pueda. Llenarlo de anticuerpos a través de ese líquido maravilloso e irremplazable que es la leche materna.Peter tiene tres meses y hasta ahora me ha tocado levantarme la blusa en el centro comercial, en los restaurantes, en fiestas, en el Malecón 2000, en un parqueadero, en las casas de los amigos. Donde sea, a la hora que sea y enfrente de quién sea. Es algo que pensé que nunca iba a hacer en la vida.

Yo era de las que le daba vergüenza ir a comprar toallas sanitarias. Pero tengo que hacerlo porque mi leche no sólo protege a Peter de enfermedades ahora sino que también disminuye el riesgo de que tenga diabetes, obesidad y alergias en el futuro. Es más, amamantar me ayuda a perder el peso del embarazo y disminuye el riesgo de que yo tenga cáncer de seno. Según la UNICEF, si todos los niños fuesen alimentados exclusivamente con leche materna desde su nacimiento, se salvarían al año unos 1.5 millones de vidas.

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La costumbre de darle fórmula a los bebés ‘para completar, porque no tengo suficiente leche’ es una práctica tan normal y tan extendida en Guayaquil que, por lo general, la gente no me entiende cuando digo que no puedo pasar la tarde entera trabajando o socializando porque tengo que ir a darle de comer a Peter.

Como madre trabajadora me está tocando luchar para que no me pongan actividades que me impliquen estar el día entero fuera de casa (o hasta fuera de la ciudad), recordar a los colegas que no puedo ir a reuniones fuera de mi nuevo horario de trabajo, que debo interrumpir ciertas actividades para irme a extraer leche, que necesito salir a tiempo. Puede que gracias a la ley tenga permiso de lactancia y horarios de trabajo reducidos, pero la presión por mantener una alta productividad no ha cambiado. Sutilmente –y a veces no tan sutilmente– el trabajo nos obliga a reducir nuestros tiempos de lactancia.

De hecho, según el Ministerio de Salud Pública, en la costa ecuatoriana sólo el 25% de mujeres dan de lactar exclusivamente, versus el 52.9% de las madres de la sierra. El promedio de lactancia materna exclusiva en el Ecuador es de dos meses y medio (La Organización Mundial de la Salud recomienda seis meses) y entre las causas para interrumpir la lactancia se señalan la poca valoración que se le da al acto de amamantar, la falta de apoyo a la madre, y las dificultades para compaginar los roles de madre y mujer trabajadora.

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La presión social tampoco ayuda a la madre que quiere dar de lactar. Y las mujeres podemos ser las peores críticas de otras mujeres. Devastadoras, de hecho. Si Peter está un poco agitado, es porque ‘se te queda con hambre porque tienes los pechos pequeños’, ‘yo jamás tuve problemas para dar de lactar’, ‘yo cuando me sacaba, me salían diez onzas de cada lado’, ‘se nota que no tienes suficiente leche, dale fórmula’, ‘yo no entiendo por qué te complicas, yo le di fórmula’.

Ya en la calle, la gente me queda mirando cuando me levanto la blusa y seguramente no falta quién comente, se sienta incómodo, o alce la ceja.Amamantar en público no es tan común ni bien visto en la sociedad guayaquileña  (yo sólo he visto a otras dos mamás hacerlo en este tiempo): porque una madre de cierto estatus social no puede andar enseñando las chichis por ahí, porque no se ve chévere en los restaurantes, porque somos curuchupas, porque eso sólo lo hacen las indias, porque qué cholo. Así perdemos nuestros espacios de lactancia.

Pero no todo es malo y no siempre es así. Hay gente que nos ha apoyado increíblemente: los amigos que me buscan un sitio para que alimente a mi hijo, la gente que me hace sentir cómoda cuando doy de comer a Peter enfrente de ellos, quienes nos felicitan por ir contra la corriente, los jefes y colegas que entienden cuando tengo que ausentarme por momentos y quienes hasta me han cubierto en el trabajo para que yo no tenga que interrumpir la lactancia ni un solo día. Esas personas, amigos, doctores y colegas nos han hecho inmensamente feliz, y a Peter también.

Y es así como después de vivir toda mi vida defendiendo mi derecho a trabajar, a ser independiente, y a estudiar todo lo que me dé la gana, a mis treinta y siete años me encuentro defendiendo mi derecho a ser la madre que he decidido ser. Yo creo que es hora de que las madres que hemos tomado la decisión de amamantar exclusivamente superemos la vergüenza y reclamemos nuestros tiempos y espacios. Son pequeños actos individuales de valentía los que poco a poco transforman sociedades. Apoyémonos unas a otras dando de lactar en público cuando nuestros hijos lo necesiten, porque no podemos escondernos el día entero, ni tenemos por qué resignarnos a usar la botella cuando estamos frente a otras personas, o cuando nuestro trabajo lo ‘exige’. Hagámoslo: alcémonos la blusa.<