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«A menudo la geografía bendice y condena.»

Sinar Alvarado.

En medio de un atardecer pegajoso, Fausto M. ingeniero petrolero que no trabaja para el Estado, me encuentra en la esquina de las calles Eloy Alfaro y 12 de Febrero, junto a la redacción del periódico Independiente. Un tabloide que circula semanalmente en las provincias de Sucumbíos, Orellana, Napo y Pastaza. Fausto es un cincuentón que conoce los pozos petroleros de Lago Agrio como la palma de su mano. Vino hace tres décadas, luego de titularse y no volvió a vivir en otro lugar que no fuera Lago Agrio, la ciudad que se construyó en la selva del Ecuador alrededor del negocio del petróleo que iniciaba Texaco en la década del sesenta. “Lago Agrio es la ciudad más joven del Oriente —dice Fausto, reclinado sobre el asiento del copiloto del taxi que hemos tomado—, esta ciudad apenas tiene treinta y cinco años de fundación pero es la más adelantada de todas las ciudades del Oriente. Otras recién están empezando a crecer con el boom petrolero, crecen desordenadamente”. La idea de adelanto que tiene Fausto se ciñe a la aparición de comercios que se alimentan del gasto de los empleados petroleros y otros visitantes. Es como le enseñaron a pensar. Por desorden se refiere a las edificaciones que, de un día para otro, son ampliadas porque se benefician de las ganancias que ciertos negocios arrojan, cifras comparables a las que dejaban en su tiempo las remesas que enviaban los emigrantes a ciudades del centro del país a las que la fiebre ilusoria del oro negro nunca cobijó.

Juan S. el conductor del taxi que tomamos, es un flaco taimado de piel cobriza que apenas deja asomar una sonrisa cuando Fausto cuenta alguna anécdota. Cada vez que suelta una propia, Juan lo hace circunspecto como dejando notar que no por ser un taxista sabe menos de este lugar. “Puyo, Pastaza Napo, Morona Santiago y Zamora Chinchipe son prácticamente olvidadas en relación al comercio, al trabajo petrolero o algo parecido”, dice Juan. Detiene el taxi en la Estación norte de Petroamazonas, justo “adonde llega el crudo de todos los pozos de la vía a Colombia” pero el acceso está restringido. Los supervisores de las empresas petroleras recorren vigilantes la carretera, desde el asiento trasero de los patrulleros de la policía nacional, cerciorándose de que no haya intrusos cerca de los pozos. Seguimos nuestro recorrido. Fausto y Juan son amigos desde hace tiempo. En esta ciudad de unos cien mil habitantes es difícil no identificar a alguien que vive allí por varios años.

El taxista carraspea y señala la vegetación que empieza al terminar la vía: “Ahorita el campo es sufrido, peor que antes. Hay demasiada gente pobre. Durísimo”. Por eso, explica, todo el mundo prefiere ir a las petroleras, beneficiarse de ellas de cualquier forma. Y de esas formas han transcurrido ya cuatro décadas. Desde que la compañía Texaco perforó el primer pozo petrolero y le dio el nombre a este enclave asfaltado, del que solo se sabía estaba poblado por caucheros, misioneros e indígenas.

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Los primeros colonos lo llamaron Nueva Loja, nombre que conserva la cabecera cantonal. Pero los empresarios, que enviaron camiones de petróleo a la Sierra, como muestra del milagro descubierto, para luego llevárselo a refinarlo en los Estados Unidos, lo bautizaron con la traducción de Sour Lake, la ciudad tejana de la que Texaco extrajo el primer barril de un pozo petrolero con su marca. Desde entonces, la historia de Lago ha sido un cúmulo de derrames de crudo que poco tienen que ver con el progreso y que ahora se quieren resarcir con demandas y una campaña millonaria tras ellas.

En el trayecto aparece entonces, como una serpiente interminable, el oleoducto que cruza paralelo la vía a la frontera con Colombia. “Este tubo de petróleo se hizo en el año 1987”, explica Fausto. Recuerda que en marzo de ese año fue el terremoto en Lago Agrio en el que el SOTE –el Sistema de oleoducto transecuatoriano, que operaba desde 1972, con 503 kilómetros de tubería desde Lago Agrio, en Sucumbíos, hasta Balao, en la provincia costera de Esmeraldas, que aún funciona–, se destruyó en lugares como Lumbaqui, Salado, Baeza y parte de Papallacta. Entonces hicieron este tubo para Colombia: nuestro crudo se iba a ese lado de la frontera para poder ser exportado. Este tubo fue volado en el lado colombiano por la guerrilla, pero ahora ha vuelto a funcionar.

El Ecuador es un país de tierra tan fértil que en el norte del Perú, cuando la gente cruza la frontera, repite un chiste fácil: Si dios existe, seguro es ecuatoriano. Sin embargo, en Lago Agrio la gente se ha acostumbrado a descartar todo negocio que sea ajeno al del crudo. “Mire el café, lo que le estaba comentado” –interrumpe Juan, sin quitar la vista de la carretera al fondo– “es café olvidado ya, café viejo como árboles viejos. Normalmente el café es como ramas nomás pero ya cuando está muy viejo se hace como un árbol viejo. Feo”. El oleoducto, por el contrario, aún no se marchita.

Fausto empezó a trabajar en petróleo en 1990. Entonces le dijeron, palmoteándole la espalda: “todavía alcanzas, muchacho, todavía quedan veinte años más de oro negro”. Transcurrieron casi veinticinco años desde su primer día frente a un pozo y ahora las petroleras le han dicho que todavía hay otras dos décadas más de petróleo.

Entonces le pregunto al experto si cree en el manejo ecológico que pregona Correa para la explotación del Yasuní, junto a las denuncias contra la mano sucia de Chevron. Le pregunto si es verdadero el eslogan del uno por mil. “Uno por mil” –suelta una mueca burlesca– “esa cantidad es proporcional a unos diez pozos en el área del Yasuní”. Dice que en este momento solo el campo de Apayca, en el corazón de la Provincia de Orellana, ya tiene esa decena de perforaciones. Explica que si se le suma a eso el daño que provoca la tala para la construcción de carreteras de acceso y otros efectos, el uno por mil parece una broma de mal gusto.

 

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La calle capital de Lago Agrio está sobrepoblada de tiendas en las que se puede comprar de todo, desde medicinas a dulces, así como insumos agrícolas, electrodomésticos, materiales de construcción, víveres, repuestos automotrices, automóviles; y hasta alquilar habitaciones o sexo por horas. Contiene una variedad que delata la parte rural de la ciudad, esa parte que torna complicado distinguir al lugar de un pueblo grande que recién está beneficiándose de una obra pública basada en las ganancias del petróleo. Beneficiándose de forma lenta porque en Lago Agrio casi todo está por hacerse: el Parque turístico y el Hospital general de Nueva Loja, y un Centro de atención ciudadana.

La calle Quito es como cualquier avenida costera que se caracterice por el comercio, mientras que la calle Colombia, perpendicular, parece la carretera de un suburbio serrano. En esa dirección, Quito 212 y Colombia, está el restaurante y panadería Un pedacito de Colombia. Un hombre gordo y con boina mira a todos los que entran junto a la vitrina llena de panes y pasteles y los helados que flanquean la puerta. Adentro, una morena desgarbada pone una carta blanca sobre el vidrio de una mesa y su mantel, justo frente a mí. Sopa de maíz, seco de carne frita, sudado de carne, sudado de pollo… Pido el último: una montañita de arroz blanquísimo con un patacón frito encima; estofado de pollo que es una pechuga entera; plátano maduro; fréjol; y una ensalada de espárragos, zanahoria, col morada y mayonesa. Al salir, Lucilda, una mujer mayor que levantó el negocio hace más de una década se esmera en caligrafiar una factura y me dice que es de la región colombiana del Caquetá pero que casi todos sus clientes van a comer con sombrero vueltiao porque han llegado del Caribe o simplemente han adoptado esa prenda como símbolo de su identidad.

Al rinconcito de Colombia que es Lago Agrio –sus habitantes tienen la impresión de que la población se distribuye equitativamente entre ecuatorianos y colombianos– el oro negro nacional le llega de forma indirecta, cuando le compran algún tipo de mercancía, cuando se beneficia de alguna obra del Estado o cuando se hospeda en el hotel de vitrales desvencijados que está al frente y que lleva el nombre fácil de Oro Negro.

 

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La distancia entre el aeropuerto de Lago Agrio y otro hotel, el Selva Real, se recorre en diez minutos de la mano de algún taxista que sintonizará vallenatos en la radio. El hombre de cabello recortado, bronceado por el calor húmedo, hablará de los dos días de la semana pasada en que estuvo a full por la visita del presidente a Lago Agrio, de las carreras que hizo llevando a visitantes y lugareños que querían ver cómo el mandatario inauguraba el puente atirantado que ya había sido inaugurado en dos ocasiones anteriores, por políticos locales. Dirá, a manera de brújula parlante, que una buseta se demora dos horas en trasladarlo a uno al Coca, en el sur; siete horas al Tena, en el suroeste; y, que un auto propio llega en menos de media hora a la frontera más cercana con Colombia, al norte; o, en cuatro horas a Puerto El Carmen del Putumayo, en el noreste. Pero que de esos lugares, el que más tiene que ver con el oro negro es el tercero, la ruta al río San Miguel, sobre el puente internacional que separa dos naciones, al borde del pueblito General Farfán, La Punta.

Diez minutos le bastarán al taxista para afirmar que las cosas están tranquilas en Lago Agrio. Tranquilas dentro de un calor pegajoso de hormigas saltarinas. Es decir, que antes las cosas eran peores: “fuuu, hace unos años usté máximo hasta las siete-ocho de la noche podía andar tranquilo por ahí, después no veía un alma”; que el incremento de policías y sus unidades de policía comunitaria, también inauguradas por el Presidente, cambiaron las cosas; que antes “un par de patrulleros no cuidaban nada aunque lo hubieran querido hacer”… que antes, “créame, ya no se podía.”

El taxista también dirá que nuca ha visto cómo es el petróleo pese a la década que ha vivido en Sucumbíos. Que ni siquiera se ha ensuciado la palma al meter una mano en alguna piscina de Chevron. “En Lago no hay tiempo para esas vainas”, explicará.

 

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El calor húmedo no desaparece hasta que dejo el taxi con Juan y Fausto dentro. Entro al hotel Selva Real, cierro la puerta y mitigo todo con hielo. Todavía les temo a las hormigas que pululan en el espaldar de la cama, en la que me siento a encender el aire acondicionado para espantarlas apenas con el viento artificial: ese aparato refrigerante, lo único que no me es ajeno en este lugar.

Luego de dormir, de pronto me sorprendo apachurrando a las hormiguitas que saltan horizontales sobre el espaldar de la cama, en la habitación doscientos siete. Es como si me estorbaran, como si fueran, de forma inusitada, a saltarme al rostro en cantidades incontrolables luego de invadir ese espacio del hotel, Es como si yo, un pobre ser humano, solo pudiera sentirse a salvo en el lugar cerrado por el que ha pagado. Una seguridad ficticia —afuera sigue haciendo un calor pegajoso y la selva todavía está allí, más grande que la ciudad, más notable que su asfalto; selva exuberante pese a los enclaves petroleros que se multiplican cada tanto tornando negros y escarchados sus ríos marrones y opacos.

Dedos infames quieren borrar de cuajo comunidades enteras en la Amazonía: apretando el gatillo del progreso o con una señal leve, en forma de cruz, que suprima mitos ancestrales que los nativos han conservado durante siglos. Dedos que aprietan botones para deforestar la selva levantando carreteras, extrayendo minerales de las cuencas de los ríos, o, cavando pozos de diez mil pies –más de tres kilómetros– y piscinas artificiales. Dedos diminutos y dañinos que ahora mismo apachurran cuanto se les cruza en el camino.

Bajada

¿Puede un pueblo petrolero imaginarse a sí mismo sin el crudo?