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Los perfiles de las redes sociales: nuestras vidas expuestas a la espera de pulgares arriba, corazones y  estrellas brillantes

En un mes, los usuarios de teléfonos Android se toman noventa y tres millones de selfies, según un seguimiento hecho por Google en 2013. La relación con nuestra imagen hoy se parecería más al concepto de autoerotismo que Freud detalló cien años atrás en su texto “Introducción al Narcicismo”, donde la única fuente de satisfacción es el cuerpo propio, sin necesidad de nadie más. El mundo contemporáneo es del goce autoerótico y la fascinación con nuestro reflejo: el autorretrato reproducido una, cien, mil, noventa y tres millones de veces.

Tal vez ni ustedes ni yo sepamos si esto es un problema o lo mejor que nos ha pasado en la vida: esto de publicarnos no se puede reducir a la moda, a la absorción del sistema o a las posibilidades de compartir y comunicarnos más con quienes viven al otro lado del mundo. Las redes sociales e Internet son, también, la posibilidad de  salvarnos de nuestra fragilidad, maquillando las marcas que nos deja la vida detrás de nuestra mejor foto de perfil y entregando parte de nuestra historia a la mirada de otros con su aprobación vestida de pulgares arriba, corazones y estrellas brillantes.

El “yo” de las redes sociales nos convierte en nuestro biógrafo autorizado, y si tantos nos miran hay que publicarnos bien, decantarnos de tal forma que podamos calzar en el personaje que hemos creado de nosotros mismos. Se publicará sólo el mejor ángulo de cara, y si no existe, aplicaciones como Facetune, CamMe, Pixtr o Everyday ofrecerán herramientas para que nuestras facciones sean más simétricas y nuestra frente menos brillante.

La vida suele ser bella en las redes sociales. Si hacemos una visita aleatoria por los setenta y cinco millones de usuarios activos por día en Instagram, o por los perfiles de nuestros amigos en Facebook, rara vez algo de nuestra fragilidad estará expuesto. Veremos las fotos más preciadas, los afectos más bellos, las tristezas más cursis, las broncas más épicas, las mejores fiestas con los mejores vestidos, las reflexiones más sublimes, los gustos más especiales. Las redes como el paraíso original, donde la falta no tiene un lugar. Robin Williams se veía tan feliz en cada uno de sus posts.

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¿En estas ficciones virtuales, dónde queda lo impublicable de nosotros? ¿Tendría que estar publicado? ¿Y si se publica, no se filtraría por el poder cinematográfico de las redes sociales -que hace que lo hermoso parezca sublime y las tristezas cotidianas, cataclismos de fin de mundo? En nuestro “yo” virtual parece no haber grises, en las pantallas líquidas somos héroes o víctimas, y en el espacio que queda entre estas dos categorías, desaparecemos.

Esperar la mirada de los otros no es algo nuevo, ni algo que empezó con las redes sociales, pero desde que vivimos con ellas, o en ellas, la búsqueda de aprobación en nuestro día a día se ha potenciado. Resulta difícil saber si se sostiene “tras bastidores”, si a partir de nuestras publicaciones se logra un lazo con los otros, más allá de la satisfacción que produciría su aprobación. En el mundo virtual estaríamos, como dice María Cristina Oleaga, en su texto Goce y soledad, “Cada uno en lo suyo, con escasos y frágiles lazos con el otro”.

En este publicarnos sin falta, sin mancha ni ojera, tal vez escondemos lo  que no queremos enunciar pero nos nombra. Eso que llega al despertar o no nos deja dormir, eso que aparece en nuestros sueños, eso que se ve frente al espejo sin maquillaje, eso que tal vez sólo en palabras o en actos que son del orden de lo particular hace que nos parezcamos más a un sujeto y menos a los mil trecientos diez millones de perfiles de Facebook. Eso [insertar aquí lo que a cada uno le corresponda], es la porción de nuestra intimidad que tal vez preferimos guardar o sobre la que hemos construido un acuerdo tácito para cuidar de las redes.

El uso de la expresión selfie –según los diccionarios Oxford, que la eligieron la palabra del año en 2013– se incrementó en un diecisiete mil por ciento desde el 2012. Sin embargo, aquello “impublicable”, que no califica para el selfie puede ser nuestra única noción de privacidad. Eso que nuestros amigos de Facebook y seguidores de Instagram no podrán mirar. Fantasmas, miedos y extraños placeres que al final nos salvan de los vaticinios de un Gran Hermano. Fragilidades que no formarán parte de nuestras biografías autorizadas,  refugio que no tocan los pulgares arriba, los corazones y las estrellas brillantes y que nos salvará de una vida hecha en serie, reflejada en un mar de monitores.