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Un grupo de niños cuida un nido, presencia un nacimiento, y comprende el valor de la vida

Presenciar el nacimiento de tortugas marinas es un privilegio. Solo si vives a orillas del mar, en una comunidad que se preocupa por ellas, podrías recibir este regalo de la naturaleza. Yo tuve esa suerte por ser una de las profesoras voluntarias de la Escuela Comunitaria Nueva Esperanza, ubicada en Puerto Cabuyal, provincia de Manabí. Fue el cinco de junio del 2013. Alguien gritó: “¡Las tortugas! ¡Las tortugas!”. Los padres de familia, adolescentes y los dos voluntarios estábamos en el área de reuniones. Regresamos a ver hacia la playa. Decenas de tortuguitas grises brotaban de la arena, donde –hace más o menos ocho semanas– un grupo de niños de la escuela reubicó el nido. Cristian Intriago, estudiante de diecisiete años, lo había encontrado cerca de un estero, donde corría peligro de ser destruido por la marea alta. Cuidarlo se convirtió en un proyecto de todos.

La Escuela Nueva Esperanza tiene veintitrés estudiantes. Sigue una metodología de aprendizaje libre y con fundamentos de respeto, amor y alegría. Antes de que existiera, los niños tenían que caminar largas distancias para llegar a una escuela pública. Fue creada por iniciativa de los padres de familia con el apoyo de Felipe Gangotena, un quiteño que vive en Puerto Cabuyal desde hace diez años. Esta comuna,  situada a orillas del mar, tiene treinta y cinco familias que viven de la pesca y la agricultura. En playas como esta, varias tortugas llegan para anidar, pero es difícil que sobrevivan porque los perros las atacan. En otros casos, especies como la laúd –la más grande del mundo– mueren atrapadas en las redes de los barcos pesqueros. Otras, como la golfina y la verde, han varado en la playa moribundas con golpes en el cráneo.

Estos tristes hechos preocupan a los habitantes de la comunidad y, sobre todo, a los niños y jóvenes. Por eso, en la Escuela tenemos un proyecto de protección de tortugas marinas, que está bajo la responsabilidad de Cristian. Consiste en estar alertas a la presencia de nidos de tortugas para evitar que sean destruidas por otros animales. Hemos hecho patrullajes nocturnos, acampamos en zonas no pobladas de la playa, llevamos toldos y esteras. Nos organizamos en grupos y hacemos turnos de salida: a la medianoche, a las dos, a las cuatro y a las seis de la mañana. Algunas madrugadas hemos visto rastros de tortugas en la arena. Los niños y niñas que se interesan por el proyecto están pendientes durante todo el día, cuando van de la casa a la escuela, por si encuentran alguna tortuga o señales de un nido.

En abril de 2013, un grupo de técnicos del Ministerio del Ambiente llegó a la escuela para darnos una charla sobre cómo protegerlas. Cristian, motivado, al día siguiente se levantó temprano para recorrer la playa. Encontró un nido de tortuga en un lugar vulnerable. Era necesario reubicarlo en un sitio seguro. Conseguimos herramientas para hacerlo. Dany Valencia, de diecisiete años, y Óscar Intriago, de once, se unieron a la misión. Cristian se desinfectó las manos para no contaminar los huevos. Dany preparó una plancha de madera cubierta de arena para trasladarlos, y Óscar documentó todo en imagen. Contamos ciento veinticinco huevos, todos intactos.

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El traslado fue un trabajo minucioso. Demostró el sentimiento de responsabilidad y amor por la naturaleza de los muchachos. Cavamos el nuevo nido frente a la escuela para que sea más fácil vigilarlo, colocamos los huevos, los cubrimos con arena y ubicamos una malla de metal para protegerlo. Solo nos quedaba esperar. Pasaron más o menos ocho semanas hasta que reventaron los huevos. Ese día, nadie esperaba a las tortugas. Hubo una confusión en los cálculos y pensábamos que faltaba una semana para que nacieran. Cuando nos dimos cuenta de que estaba sucediendo, todos corrimos a verlas. Jimy, uno de los padres, quitó la malla para liberarlas. Las tortuguitas se movían con rapidez, avanzaban con agilidad hacia el mar. La gente de las casas vecinas y los niños corrieron para ayudar a que las pequeñas llegaran con éxito al agua. 

Se escuchaban gritos de alegría, risas, y algunos hasta insultaban a los perros que trataban de atrapar alguna tortuga. Había mucha confusión y emoción a la vez. Algunos niños curiosos las tomaban para examinarlas, luego la soltaban y dejaban que siga su camino. Deivin, otro niño, se dio cuenta de que una de las tortuguitas estaba débil. Con la punta del dedo índice la empujaba para darle ánimo. Se movía lentamente. Luego la volvió a empujar y esta finalmente reaccionó. La observó hasta asegurarse de que llegara al agua.

Las tortugas marinas están en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Son vulnerables en todas sus etapas de vida. La madre pone un promedio de cien huevos en la playa y abandona el nido. Al momento de nacer, las pequeñas tortugas, por instinto, se arrastran con rapidez hacia el mar. En este trayecto existe el riesgo de que sean devoradas por aves y perros. En el mar también pueden ser alimento de animales más grandes o morir por causa de la contaminación o pesca masiva.

Desde que fui a vivir a ese sitio, la vida se ha convertido en un mar de emociones y aprendizaje libre, tal como la metodología de la escuela. Gracias a la naturaleza, a su amor incondicional, a su poder de creación magnífica, en la Escuela Nueva Esperanza tenemos el privilegio de aprender de ella. Si llueve, recolectamos agua para beber, si necesitamos leer algo aprendemos las letras, y si la naturaleza nos pone en frente el milagro de la vida, aprendemos a protegerlo.