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La comedia, la depresión y la aparente solución


En el 2010, Greg Giraldo, comediante conocido por ser juez de Last Comic Standing, debía presentarse en un show que celebraba “la realidad de la recuperación de la adicción”. Nunca llegó. Lo encontraron en su hotel con una sobredosis de pastillas. Moriría días después. Lenny Bruce –quien prácticamente inventó el género del stand up– fue encontrado muerto en 1966. Sobredosis. Chris Farley, John Belushi, Mitch Hedberg murieron por la misma causa. De Robin Williams se dice mucho. No tengo idea por lo que habrá pasado en sus últimos días, pero lo entiendo. Sé lo que se siente estar deprimido, pero creo que todos llegamos por caminos distintos a ese hueco. No puedo llevarlos por un viaje a la turbulenta vida de Williams para encontrar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión pero puedo mostrarles cómo una persona llega a ese límite de considerar la decisión final, contándoles mi historia.

Soy un principiante en el arte del stand up comedy. Aspiro  algún día a alimentar a mi familia con un trabajo irregular que consiste en hacer conexiones de cosas lejanas, plantar premisas y llevarlas a un ridículo que no fue obvio para todos sino hasta que lo dije. Para construir un estilo y encontrar mi voz, me dejo influenciar por mis favoritos, y trato de conocer a todos los comediantes posibles y lo que nos une. Es claro un patrón: es difícil encontrar un comediante sin una historia de adicción a drogas, alcohol o un rock bottom que lo llevó a rehabilitación. El suicidio de un comediante suena como algo tan ilógico y opuesto que parece una broma. ¿Cómo alguien tan feliz puede quitarse la vida? El error está en suponer que todo comediante es feliz: La comedia nace de la inseguridad.

No te sientes al nivel del resto y un día descubres esta arma que te vuelve popular y aceptado por los demás, aunque sea por un momento. Aprendes a hacer reír y creas a esta persona enérgica y divertida que aparece en fiestas, pero que, realmente, no eres tú.  Los aplausos son como una primera droga.  La gente te ama y todo está bien pero ese high envejece rápido y empiezas a buscar otras alternativas. Todas esas drogas se vuelven una herramienta para solucionar un problema profundo llamado depresión. Solo que son la herramienta incorrecta. 

Cuesta abajo

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No fue sino hasta que las palabras salieron de mi boca, hasta que me escuché a mí mismo decirlo que entendí lo que sucedía. “Creo que quiero morir”, le dije a mi esposa. Ella, afligida, puso su mano en mi hombro, sin entender por completo el peso de lo que acababa de admitir.

El 2007 fue un año difícil para mí. Siempre he sido un tipo nervioso, de esos a los que los viajes, las obras escolares –y, en general, las cosas nuevas– lo envían con las manos sudorosas y heladas a vomitar al baño. Pero de pronto las cosas estaban escalando y lo que antes era cierta intranquilidad previo a entrar al cine, se volvió una terrible necesidad de huir de la sala. El temor me agobiaba, una horrible sensación de muerte se apoderaba de mí cada vez que me encontraba en situaciones donde una hipotética ayuda médica fuera inaccesible. Tenía miedo de sufrir un infarto o ataque de algún tipo y que nadie me puediera ayudar. Miedo a morir solo.

Gradualmente empecé a encerrarme en casa. No salía solo, eliminé de mi vida el cine, los viajes y los lugares grandes o con multitudes donde me podría perder, donde la gente al verme en el piso, decida tomarme fotos y subirlas a Facebook antes de llevarme al hospital con urgencia. Empecé a ir a cardiólogos que me aseguraban que mi corazón estaba en perfecto estado. No les creía, estos extraños ataques de temor, estos dolores en el pecho, esta sensación de ahogo no eran para nada imaginarias.

Empecé a despertar a las cinco de la mañana, tenso, con los nudillos y dientes adoloridos de apretar tanto. Decidí aprovechar eso para ejercitarme. Salía a correr todas las mañanas, cambié mi dieta, me puse en forma, seguro eso ayudaría, así sabría con certeza que mi salud estaba en perfecto estado sin importar lo que dijeran todos esos doctores de la sala de emergencia. Perdí cincuenta libras, me veía muy bien y me sentí mejor por un tiempo. Pero no por mucho. Todo volvió con fuerza.

Mi esposa siempre fue muy comprensiva, trataba de ayudarme pero desde su perspectiva yo estaba siendo dramático. Quejándome de dolores sin sentido, insistiendo en enfermedades que claramente no tenía. Trataba de hacerme entender pero era imposible explicar algo que yo mismo no lograba descifrar. Es curioso pensar que un adulto en pleno 2007 no sepa de la existencia de cosas como los ataques de pánico y los dolores psicosomáticos pero ese era mi caso, fui víctima de la ignorancia, de una falta de educación en temas de salud mental.

La frustración, el dolor constante, la falta de solución, los ataques, la rutina y la incomprensión me hicieron entrar en un estado de aceptación de miseria. Ahora soy así y así seré siempre, me dije. Nada valía la pena. Nada en la vida podía interesarme, todo lo que no era rutina significaba dolor y la rutina era asfixiante. Dormir era el mejor momento del día, pues yo, técnicamente, no existía. Así nació el proceso lógico que creó en mí esa atracción malsana a la inexistencia. Nunca lo vi como muerte sino como no existir. La promesa de no estar más, de no sentir nada, el sueño eterno. Nunca en mi vida he querido tanto algo como en ese momento quise no ser. A partir de ese día nunca más le temí a la muerte.

No fue instantáneo, tampoco fue obvio sino hasta tocar fondo. Pasé al menos un año en este lento proceso depresivo, cada día con menos ganas de enfrentar al siguiente pero sin estar al tanto de lo que sufría. Fue como ese momento del atardecer en que alguien enciende la luz y de pronto te das cuenta cuán oscuro estaba.

Luego de decirlo en voz alta y darme cuenta de lo que mi cerebro fraguaba en sus alcobas ocultas del consciente, decidí urgentemente buscar ayuda. Acudí a un psiquiatra que diagnosticó mi situación con celeridad. Para él todo era obvio desde el momento que entré. Agorafobia con trastorno agudo de angustia, lo que a su vez causaba una profunda depresión.

Empecé un tratamiento con ansiolíticos y anti-depresivos. Llevó un tiempo hasta encontrar la dosis correcta pero no tenía nada que perder. Esta medicina puso un freno a los síntomas, calmó mi mente y me dio un espacio para reconstruirme. Fue un camino lento pero positivo. Poco a poco recuperé mi vida, entendí mi enfermedad y creé herramientas para combatirla. Pude reconocer los ataques de pánico y detenerlos antes de que empezaran.  En 2011 volví a subir a un avión y disfruté de un viaje por trabajo aunque esto suene a oxímoron para algunos.

Desde acá veo el pasado como una época terrible y me agobia lo sumido que estaba en ese proceso mental destructivo sin notar absolutamente nada. Es comparable a esas pesadillas donde lo impensable sucede y te levantas confundido, asustado, y solo ahí obtienes la capacidad de entender que estabas dormido. A veces sueño con volver al principio y decirme a mí mismo “busca ayuda”, pues a pesar de encontrarme muy bien ahora, debo aceptar que nunca más fui el mismo. Los trastornos mentales no se curan, solo se controlan, entran en remisión por así decirlo. Pero uno siempre está atento, esperando.

Uno entre millones

La depresión afecta a 350 millones de personas en el mundo. Es muy probable que conozcas a alguien afectado pues una de cada cuatro personas padece de algún trastorno mental a lo largo de su vida. El tema puede ser vergonzoso para muchos, lo era para mí al principio y solo amigos cercanos saben por lo que pasé y ninguno con tanto detalle. Es normal sentirse así, pero que eso no te detenga de buscar ayuda.

Existe a veces ante la locura un romanticismo dañino, una falsa aura de individualidad, de ser especial, único y distinto. Otros relacionan la locura con genialidad, como si su receta de prozac es su diploma certificado de genio incomprendido. Es por eso que ahora experimentamos ese fenómeno de honestos bipolares autodiagnosticados dispuestos a explicarnos cómo un día son felices y otros no tanto y por qué eso los hace especiales.  Son estos casos más el desconocimiento lo que lleva a que padres y amigos no tomen en serio ese “me siento mal” dicho de pasada. A que a ese joven que se la pasa durmiendo y saliendo poco de su cuarto se lo catalogue de vago y perezoso. Esto sin contar el esfuerzo que hace el depresivo por ocultar su condición, si a veces ni el mismo sabe lo que tiene ¿por qué habría de mostrarlo al mundo?. “Parecía un chico feliz, nadie se esperaba esto” es algo que seguro han escuchado antes.

Hay muchos tratamientos para la depresión y para otros trastornos mentales. No todos requieren medicamentos y muchos están comprobados en brindar resultados positivos. Me considero un caso de éxito y a pesar del tinte gris que colorea este texto, el mensaje final es de no dejarse diluir en el día a día. Tal vez es solo la rutina pero de pronto estás deprimido y este sea un buen momento para buscar ayuda. O de pronto conoces a alguien que siempre está “estresado” y que se agobia con facilidad y puedes ayudarlo. Lo importante es abrir los ojos y saber que en medio de esa oscuridad existe frente a ti un interruptor para encender la luz.