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Reflexiones sobre lo impredecible a partir de un episodio mundialista

El viernes tres de julio del 2010 Uruguay se enfrentó a Ghana por los cuartos de final de la Copa del Mundo de Sudáfrica. El partido terminó uno a uno en del tiempo reglamentario. En el último minuto del tiempo extra, el árbitro cobró falta a favor de Ghana. El arquero charrúa Muslera se paró junto al palo. Detrás de la barrera, celestes y blancos se movieron de un lado para otro. Se cobró el tiro libre. La pelota cayó en los pies de un ghanés que disparó directo al arco. Era inevitable. Los uruguayos se agarraron las cabezas y vieron cómo, una vez más, las glorias del treinta y del cincuenta se hacían irrepetibles, inalcanzables. En ese momento, no les quedaba otra que entregarse al azar, a esa fuerza incomprensible a la que tanto miedo le tenemos, pero que, con tanta fe, invocamos en un partido de fútbol. Lo llamamos dios. El azar es el tiempo desbordado, sin control. El tiempo fuera de los relojes. En ese partido en Sudáfrica, esos pocos minutos parecieron horas.

Con el afán de controlar el azar, aunque se sepa que no es posible del todo, la sociedad moderna ha generado rutinas, marcando el tiempo, encerrándolo. Lewis Mumford, un sociólogo inglés del siglo XX, cuyo trabajo se concentra en la modernidad, sostiene que el gran artefacto de la época es el reloj y no la locomotora, como apuntan otros pensadores. Gracias al reloj se puede pensar en el progreso, en el mejoramiento, incluso en el buen vivir. En el arte los relojes merecen ser destrozados, derretidos como en la ‘La persistencia de la memoria’ de Dalí, reproducida hasta el cansancio. En la poesía, el tiempo tiene un miedo ciempiés a los relojes, como escribe Vallejo. Pero masivamente y en esta época en la que el control social y la corrección política son las herramientas del poder, el fútbol, esos noventa minutos que pueden ser segundos o siglos, se presenta como un espacio capaz de volvernos a nuestra fragilidad donde los relojes están detenidos. En el fútbol reina la sorpresa, la duda y la incertidumbre. El juego de once contra once nos devuelve al caos, a ese momento jugoso de placer en el que todo o nada puede pasar.   

En ese último tiro libre de aquel viernes de julio del 2010, el delantero uruguayo Luis Suárez estaba parado en la línea del arco, estiró la mano y evitó el gol de cabeza del ghanés Dominic Adiyiah. En ese momento, el futuro no importó para nadie. Ni para los jugadores uruguayos, ni para los hinchas. Los relojes se pulverizaron en la mano de Luisito, no importó que luego lo expulsaran por eso. Uruguay seguía dentro. No recuerdo si jugó bien o mal ese partido, pero esa tarde entendí que el curso inapelable de los hechos está unido por el azar, como la pelota al pie izquierdo de Maradona.  Puede variar como la dirección de un balón, puede pegar en el palo, o ser detenido por las manos salvadoras de un delantero. Las manos de dios, como decía un cartel de un hincha uruguayo en el partido siguiente, la semifinalcontra Holanda.

Ya en el penal, el ghanés tomó viada. Impactó su zapato Nike o Adidas contra el balón. Suárez estaba cerca del túnel hacia los camerinos. Los uruguayos y sus simpatizantes cerramos los ojos al igual que Muslera. Los charrúas y los seducidos por su garra confiábamos en que el azar, por consecuencia  la vida y el juego, se iban a imponer. Nadie sabe si la FIFA tenía arreglado el paso a semifinales de Ghana, o si iba a perder mucho dinero con lo que estaba por pasar. No se sabe y no importa porque sucedió lo impredecible. El azar no es negocio. Aunque más allá de los arcos se quiera desaparecer al misterio y el mercado del fútbol venda hasta las gotas de sudor de las estrellas, la fuerza que nos impide saber qué pasará después de cada ciclo respiratorio, de cada gambeta, siempre prevalecerá.

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El balón pegó en el palo y se fue afuera. Suárez al escuchar el golpe seco, se dio la vuelta y dio brincos de alegría. Los uruguayos, una vez más, se postraron ante el azar. Uruguay venció a Ghana en los penales, pasó a semifinales,y aunque perdió con Holanda los jugadores fueron recibidos como héroes al llegar a Montevideo.  El azar que les había negado la gloria futbolística desde el Maracanazo en mil novecientos cincuenta y que provocó que desde el mundial de Argentina setenta y ocho sólo asistieran a tres campeonatos más sin participaciones memorables, les permitió llegar a Brasil 2014, pensaron que era factible repetir la historia sesenta y cuatro años después.

Gracias a ese partido contra Ghana, Uruguay fue considerado una amenaza real para los intereses del localen el Mundial 2014. Si no hubiese sido así, posiblemente los brasileros no habrían festejado su eliminación en el partido contra Colombia, ni habrían mediatizado, como lo hicieron, la mordida de Suárez a Chiellini. Si Luisito no estiraba la mano para evitar el gol Uruguay habría llegado a Brasil como un equipo más. Con el recuerdo y no con la amenaza del Maracanazo. O quién sabe, eso tampoco es una certeza. Todo puede pasar y eso hace que valga la pena dedicar un mes cada cuatro años a no hacer mucho más que ver fútbol.

Aunque parezca contradictorio, la fuerza del azar es lo que obliga al fútbol a ser un deporte en el que la técnica y la táctica resultan fundamentales. Un buen planteamiento táctico es como la escritura automática en los surrealistas, hace del azar un aliado. André Breton decía que al estar entregados a la imprevisibilidad del lenguaje este aparece siempre con una lucidez inesperada. Breton habla de los sueños, del inconsciente y del azar, de la lucha contra la razón y de la liberación de los instintos; todo eso con una gran cantidad de reglas y lineamientos. La escritura automática tiene pasos a seguir y no se puede pretender ser bueno en dicha empresa si no se cumple con los pasos. Asimismo, el azar en el fútbol no es una fuerza gratuita que aparece porque sí. Hay que saber jugar con lo impredecible.