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Si el cuerpo se lo permite, un holandés será la gran figura de este Mundial.

Esta primera semana de Mundial 2014 ya es una extensión de lo que sucede normalmente con el jugador que llamaremos Our Man, como el protagonista de All is lost, ese que nadie conoce y que batalla en solitario contra la violencia del mar. Entre las figuras de estos días repletos de goles la prensa ha resaltado al Memo Ochoa, a Thomas Müller, a Karim Benzema, a Luis Suárez o hasta al mismo Robin van Persie, pero no a él. Cualquier cosa sirve para dejar fuera a quien ha ganado la liga holandesa, inglesa, española, alemana, la Champions League. Siempre siendo figura, nunca siendo considerado la figura. Siempre alejado de los premios individuales. En la casa de Arjen Robben no existen balones ni botines metálicos de galería.

Quien lo ha atado a los segundos lugares ha sido su cuerpo. Ese rival caprichoso que no solo conoce nuestros puntos débiles sino que es dueño de ellos, que nos doblega cuando y como quiere y durante el tiempo que quiera. Our Man lo ha ido venciendo poco a poco, con paciencia, tratando de tener al enemigo de su lado. Este año ha logrado una temporada sin derrumbarse. Y parece –ojalá sea así– que el cuerpo de Robben jugará este mundial del lado de Robben. O de Robin, como le decían en el PSV cuando asistía a Mateja Kežman, un serbio que hoy nadie recuerda, quien hacía el papel de Batman. Ese eterno compañero del héroe. El eterno actor de reparto.

Un amigo no-futbolero me dijo que no mira videos de goles porque siempre son iguales. Recordé su frase después de ver disparos de Robben uno tras otro.

Por allá por los años setenta apareció un entrenador holandés llamado Wiel Coerver. Un optimista que decía que era capaz de convertir a un jugador mediocre en algo decente. Y un jugador decente en un buen jugador. Y un buen jugador en un Robben. Su principal herramienta era la televisión. Cuando los equipos se concentraban en transformar a sus seres humanos en masas de músculo, los entrenadores que seguían su método se dedicaban a ver videos de los jugadores más hábiles y practicar una y otra vez aquellas jugadas en espacios reducidos. Una técnica que no nace sino que se hace. Así aprendió Our Man cuando jugaba durante su preadolescencia en el VV Bedum. Aprendió a tener el balón pegado a su pie, a tener a la tribuna pegada a su pie, a tener la vida pegada a su pie.

Un amigo no-futbolero me dijo que no mira videos de goles porque siempre son iguales. Recordé su frase después de ver disparos de Robben uno tras otro. Pegado a la banda derecha, enganche hacia afuera perfilándose diagonalmente hacia el arco, pasos cortos enseñándole el balón al rival, ese cuero redondo que se vuelve espejismo para el defensor, enganche hacia afuera de nuevo, zurdazo que pasa zumbando el poste derecho del arquero. Un gol tras otro. Siempre con la izquierda porque todos somos incompletos: Our Man no puede ni matar hormigas con la pierna derecha. Como un pirata al mando de Guillermo de Orange. Para ambidiestros ya existen Messi y Cristiano ganando premios. Nosotros, en cambio, somos el Sísifo experto en cargar la piedra de una sola determinada manera. Pateando mil cuatrocientas veces igual. Sonriendo cuesta arriba.

La velocidad que alcanzó el delantero holandés en su segundo gol durante el famoso cinco a uno propinado a España fue de 37 km/h. La más veloz registrada en la historia. El inmolado Sergio Ramos inició ocho metros delante de él para, aun corriendo como caballo desbocado, quedar sembrado como poste. Porque su oponente no corría, volaba para dejar atrás su época del Real Madrid en la que lo llamaban “jugador de cristal”, la final del mundial anterior en la que perdió contra el equipo rojo y los dos mano-a-mano que Casillas le sacó hace cuatro años en tiempos extras. El pasado trece de junio se le restableció la carta de nacionalidad que había perdido. Y dije, antes, que Robben llevaba la vida pegada al pie porque en su carrera tipo fórmula 1 también huía de ese fantasma que apareció entre las fracturas de sus metatarsianos del pie y las roturas de sus meniscos laterales en las rodillas: un cáncer de testículos. Algo irónico en un deporte en el que todo el estadio pide a coro una valentía que supuestamente proviene de estos órganos glandulares. ¿Por qué no voy a hablar de esto, dijo Our Man, por qué me va a dar vergüenza si es un problema que le puede pasar a cualquiera, en cualquier momento, con consecuencias terribles? Hoy, casado con la chica que se sentaba al lado suyo en el colegio, curado, revela que se dio cuenta que hay momentos en los cuales el fútbol no significa nada. Muchas veces pensó en colgar los botines.“I fought ‘til the end, I’m not sure what this worth, but know that I did”, dice Robert Redford en la única línea de la película citada al principio. Quién sabe si este mundial, que está ordenando la casa a escobazos, le dé definitivamente un papel principal a Arjen Robben.

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