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Es una fresca tarde de sábado en Guayaquil. Un pequeño grupo de personas se reúne a la entrada de un camino lastrado al pie de una moderna Unidad de Policía Comunitaria en la ciudadela Urbanor, cerca del templo Mormón. Llegan más habitantes del sector y barrios aledaños, sin ningún tipo de organización formal o afiliación política. Unos llevan su silla plástica en la cabeza, otros van con sus niños en bicicleta, quienes juegan a las carreras por el camino de tierra y piedra. El camino bordea el bosque protector Sendero de Palo Santo, un oasis poco conocido entre Urbanor y Lomas de Urdesa. Los recibe don Conti, un personaje de larga barba blanca, tez morena y guayabera, que responde siempre con frases célebres, con la sabiduría que le han dado los años. Saluda efusivamente a cada uno, sin excepción, recordándoles a los niños y jóvenes la importancia de decir “buenas tardes” y de cuidar las plantas que él ha sembrado desde hace varios años en ambos lados del sendero. Los asistentes se identifican: son residentes de Urbanor, Urdesa Norte, Portón de las Lomas y algunos visitantes frecuentes que viven en zonas lejanas. La clase socioeconómica se quedó en casa, todos están ahí para saber más de una noticia que apareció en el diario esa misma semana: el bosque ha tenido dueño y lo reclama. Los que recién se enteran no pueden ocultar su cara de sorpresa, el bosque siempre ha estado ahí, lo consideran suyo. ¿Cómo es que ahora es propiedad privada?

Don Conti conoce bien la historia. Antes era un gran bosque tropical con cerros que separaban Urdesa Central de la avenida Juan Tanca Marengo. Un lugar con rincones llenos de historias, como el pozo de la muerte, donde se dice que morían los jóvenes ahogados por motivos desconocidos; o la cantera de Ludovico, donde un día apareció el cadáver de un joven de una familia adinerada. Pero vino el progreso de la avenida de las Aguas y con él llegaron los traficantes de tierras, esos que son invisibles para las autoridades. Los cerros se fueron, el gran bosque perdió la batalla, quedó reducido a un espacio de un poco más de cuatro hectáreas. Fue declarado bosque protector mediante el Acuerdo Ministerial no. 039 del 31 de julio de 1996. Desde entonces, la administración del bosque quedó a cargo de la Fundación Eco Salud, una organización privada que con autogestión logró replantar algunas especies nativas de árboles, trazar senderos, protegerlo de invasores e incendios y otras hazañas. Al no contar con financiamiento público, poco a poco dejó de funcionar, hasta que se extinguió hace un par de años.

Don Conti y otros propietarios de terrenos que colindan con el bosque asumieron el rol de protectores. Confrontaban a quienes arrojaban escombros y basura, ahuyentaban a los delincuentes que aprovechaban la soledad, continuaban con la siembra de plantas y árboles. El bosque les pagaba.

Pero a inicios del 2013 ocurrió algo inexplicable. Según un artículo publicado en Diario El Universo, la dirección provincial del ambiente del Guayas elaboró un informe técnico que señala que Urbanizadora del Salado S.A. (Urdesa) es la propietaria legítima de las 4.01 hectáreas y que de esas, solo 0,3 hectáreas son área de bosque protegido.

Los empresarios no pierden tiempo. Hay que armar el proyecto inmobiliario. Es lo que saben hacer, así que ordenan estudios. Ingresan al bosque, que legalmente es suyo. Si hay que talar árboles no tienen problema, todo es de ellos. Total, casi nadie sabe que este bosque existe, o mejor dicho, sobrevive.

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El Ministerio de Ambiente no se ha pronunciado sobre el tema.

Pero el bosque ha tenido amigos que enfrentan a cualquiera que pretenda afectarlo. Don Conti no está solo. Los niños del barrio lo ayudan a retirar unas tiras de más de cien metros de plástico que aparecieron una mañana en el sendero del bosque.  Sospecha que quieren incendiarlo. Los policías cuya estación esta precisamente en la entrada del sendero dicen no saber nada, tal vez las tiras cayeron del cielo.

La tarde fresca del sábado ya no es alegre. Hay que hacer algo, organizarse, hay que evitar que el único bosque en medio de la ciudad se convierta en otra urbanización. Todos aportan ideas: hay que decirlo en Facebook, hay que tuitearlo, hay que llamar a los medios. Circula una hoja recolectando firmas con un pedido para que alguna autoridad declare área protegida al bosque; y otra para registrar nombres, teléfonos, emails, ahora todos son defensores del bosque.

De pronto llega a la entrada del sendero una de esas camionetas gigantes, que con una acelerada consumen un sueldo básico en combustible. Se identifica como un gerente y accionista de Urdesa. “¿Quiénes son ustedes? Esto es propiedad privada, váyanse”, exige con escrituras en mano.

El tono molesta a los asistentes, ellos esperaban al menos un “buenas tardes”. Algunos tienen fe, tal vez -por fin- tendrán las respuestas que quieren y que no han tenido por los canales formales. Pero no es así. “Urdesa es propietaria de este terreno y decidirá qué hacer”, es todo lo que dice el representante de los terratenientes. Luego solicita a los agentes del UPC que desalojen a los invasores. Los policías dudan, ellos son solo tres y los defensores del bosque son más de treinta.

De todas formas la reunión ya había concluido, no tenía sentido discutir más, peor aún con la soberbia del terrateniente. Don Conti y los defensores se ponen de pie, recogen sus sillas y llaman a los niños: “Vamos a caminar por nuestro bosque”, dice. Desafiantes, se adentran al bosque para recorrer el Sendero de Palo Santo, como lo hacen todos los días desde hace muchos años.

Bajada

¿Por qué van a urbanizar uno de los últimos bosques que le quedan a Urdesa?