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La nobleza bananera que gobierna Ecuador es incapaz de reírse de sí misma y este país la toma tan en serio como a un padre gruñón o como a un ser supremo que no tiene fallas ni expulsa gases siquiera

Un día hay racismo. Por ejemplo, el pasado 27 de abril, durante el partido Villareal – Barcelona un aficionado castellonense le lanzó un plátano a Dani Alves, lateral brasileño del equipo catalán. El deportista cogió el fruto, lo peló y le dio una mordida antes de tirarlo fuera del área de juego y cobrar un tiro de esquina. El intento de agresión se extinguió con esa reacción de crack y, luego del partido, Alves dijo ante las cámaras que no es la primera vez que recibe ofensas de ese tipo. Después Neymar, su compatriota y compañero en el Barça, publicó una foto en la que sostiene un plátano pelado y la cosa se hizo viral y fue replicada en todo el mundo.

Otro día hay populismo. Por ejemplo, el pasado Primero de Mayo, Día del Trabajo, el presidente de este ¿insigne? país exportador de plátanos publicó un trino con una foto singular: pulgar en alto y una mano entera junto a la frase “Desde Ecuador, el mayor productor y las mejores bananas del mundo, rechazamos el racismo”. Sí, somos todos macacos (monos) y hay que acabar con la discriminación en el fútbol pese a que ni los jugadores al otro lado del charco se acuerdan de lo que pasan los migrantes al cruzar la valla en Ceuta y Melilla ni los presidentes, de este lado, hacen algo por lo que padecen los desplazados en la frontera colombo-ecuatoriana.

No es la primera vez que se echa mano de este fruto en la portada del libro «Ecuador: de Banana Republic a la No República» aparece media docena– ni será la última porque ocurre que este país de emprendedores y empresarios se presenta al mundo como el mayor exportador de banano, ni más ni menos. Así que las innumerables réplicas de gente comiendo plátano en fotos contra el racismo en los estadios bien pudieron ser aprovechadas como publicidad gratuita para esta república bananera. Cualquier líder de la banana que se precie de serlo lo hubiera sabido.

Más allá de esas paradojas, debo confesar que he tenido alucinaciones desde que vi la foto de Rafael Correa con una mano de plátanos. Se me presentan imágenes reveladoras —Las «bombas de sodio y potasio» («organelos» encargados de mantener el equilibrio celular que abundan en es este fruto) generan movimientos en el intestino liberando gas metano. Comer bananas provoca situaciones que por un lado son beneficiosas para el cuerpo propio y, por otro, bochornosas para el olfato ajeno. Pero eso no es ninguna novedad como tampoco es novedad que Alves, Neymar y Correa sean humanos y también produzcan flatos luego de comer plátanos.

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Bananas Mashirafael

Bananas (@MashiRafael)

El régimen bananero que gobierna Ecuador es incapaz de reírse de sí mismo y este país lo toma tan en serio como a un padre gruñón o como a un ser supremo que no tiene fallas ni expulsa gases siquiera. Los ecuatorianos ignoramos quizá hipnotizados por sus ojos verdes, de caña verde como plátanos tiernos que Rafael Correa vive montado en una banana «al servicio de las grandes mayorías» como si hubiera mayorías chicas. Esa gran banana que lo sostiene rozagante, como a un jinete imposible, es una república amarilla y pelada que lo cree infatigable. Pero no crean: se cansa, lo admitió el pasado 24 de Mayo, durante su séptimo informe anual de actividades.

También reiteró, ecuánime e inofensivo, que «el único abuso de poder que comete, a veces, es cantar en público», que nadie se atreve a callarlo porque es el presidente. Suele repetir esa frase antes del carraspeo que le permite entonar –con gallos y ronquera– «Romance de mi destino», «A mi lindo Ecuador», «Sombras», «Penas» o cualquier canción de Alberto Cortez —se sabe todas, el potasio también fortalece la memoria.

Mucho se ha dicho que Correa intenta imponer su voluntad más allá de principios democráticos, que es un dictador y hasta se lo ha llamado tirano. Yo discrepo; creo que es un hombre sin intenciones despóticas. Pienso que de veras está convencido de tener la razón absoluta y de ahí su voluntarismo: a diario madruga aunque haya dormido pocas horas o ni una sola, se lava las manos porque tienen que estar estar limpias, se golpea el pecho para sopesar el arrojo de su corazón ardiente y se peina el copete escaso que le queda sobre la mollera porque debe lucir lúcido ya que siempre proclama eso de su mente. Entonces, no es tirano ni dictador ni nada que se le parezca, es el soberano de una banana imaginaria que inventó para obra y gracia nuestra, que patentó como su imagen en carteles que recuerdan a la propaganda leninista, o sobre una bicicleta que lleva la economía de un país sobre ruedas. El potasio es energía pura y él es la nobleza bananera, la nobleza que pese a saber pedalear necesita el petróleo de la Amazonía y otros tantos recursos naturales.

Al otro lado de la cancha está, en cambio, el nuevo alcalde de la capital, un joven a quien los correístas ven como imberbe y cuyo palacete está frente al Palacio de Carondelet. Desde que asumió el cargo, Mauricio Rodas no ha hecho más que intentar echarse pedos sin comer una sola banana aunque esté amarilla y no verde, color que le ha de disgustar aunque lo disimule. Se muestra conciliador y olvida –porque la falta de potasio socava la memoria– que a su antecesor la tibieza le costó popularidad pese a tener a los medios de su lado durante casi todo su mandato.

El nuevo alcalde de Quito, quien canta el himno “como lo cantan los quiteños” –como si eso importara– es un mártir reciente de la flatulencia, un hombre pujante a quien llamaré burgomaestre, a ver si esa pompa suple su escasez de bombas potásicas. En esta ciudad nos gusta el escándalo y la pompa —Somos todos macacos.

El pasado 24 de Mayo, Rodas se paseó por barrios humildes como si estuviera en campaña –quizás sí lo esté, tal vez su aspiración sea subirse a la banana algún día–, mientras Correa anunció que allanará el camino a la reelección indefinida siempre que su partido lo apruebe. Se debe a las bases de su revolución ciudadana, bases que forjó y hace temblar cuando quiere porque puede. —Es el chullita, es un gallazo y la mamá de los pollitos a la vez y, ahora, quiere convertirse en el dinosaurio de Monterroso.

Al final de su último informe a la nación dejó en el aire una premonición salada, dijo que el futuro económico del país está en lo marítimo. Durante esa constatación náutica, su majestad bananera seguro estaba consciente de lo que a uno le puede suceder cuando se sube a la banana en el mar: la fuente de potasio se torna artefacto de un deporte extremo donde uno paga para que lo revuelquen entre olas. Si no se aferra bien a la banana a la que ya le han aparecido puntitos negros, petroleros, puede naufragar aunque sepa nadar como el buen boy scout que nunca dejó de ser.