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En busca de un (des) conocido

Hasta hace pocos años, en Tumbaco solo había tres indigentes. Ninguno mendigaba. El más alto era conocido por su agresividad, la única mujer porque hablaba sola todo el tiempo. El tercero porque casi nunca recibía lo que le regalaban. Con los dos primeros nunca tuve contacto. Al más grande le temía, a la señora, rara vez me la cruzaba.

Una tarde, mientras caminaba hacia la casa de mis padres, encontré al más joven, al que rara vez aceptaba las ofrendas, sentado en la esquina donde lo observé durante los últimos quince días. Miraba los autos pasar.

Esa fue la última vez que lo vi.

***

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Los esposos Cancán Espinoza nunca llevaban la cuenta de cuánto trago ingerían. Solo sabían que casi todo lo que ganaban fabricando ladrillos se les iba en beber. Llegaron a Puembo –en las afueras de Quito– desde su natal Mariano Acosta, en Imbabura, buscando suerte, escapando del jodido trabajo agrícola en suelos extenuados por la sobredosis de agroquímicos que supone el cultivo de papas. A inicios de los años dos mil, migrantes de otras provincias de la Sierra llegaban hacia los valles de Quito. Para sobrevivir se dedicaban al trabajo doméstico, la construcción o el labrado de tierras ajenas. Los Cancán Espinosa traían con ellos pocos tereques y una hilera de hijos; al menor lo acarreaban de arriba abajo. Madrugaban a ladrillar, almorzaban juntos y luego, siempre con el niño, se volcaban a beber. El niño tenía doce años de vida y cuatro grados de escuela.

Le tomó muy poco botarse a la calle. De hastío o de hambre, se afanaba un pan o una manzana o cualquier cosa mientras acompañaba a sus papás en las faenas dipsómanas. Ellos apenas reparaban en su presencia. Tanto así, que un día empezó a salir solo, a correr la calle. A ese día le siguieron muchos otros hasta cuando no volvió más. Como él, una treintena de niños, niñas y jóvenes vivían en las calles de Tumbaco, Pifo y Puembo en los primeros años de este siglo, según las estadísticas de la Fundación Patronato Municipal San José.

***

La primera vez que lo encontré, el indigente joven estaba arrimado en una esquina del centro de Tumbaco. Estaba sentado en el suelo, con las piernas recogidas sobre el pecho, los brazos apoyados en sus pringosas rodillas. Llevaba el cabello enmarañado, el rostro percudido. Poco antes de pasar a su lado, los viandantes cambiaban de acera o bajaban a la calzada. Él los observaba agudamente. Lo miré hasta que llegara el bus que conduce a mi barrio. En aquella ocasión él no me vio. Unos días después, lo encontré en el mismo recodo del pueblo. Yo iba apoyado en la ventanilla del bus. Al verlo, me empiné en el asiento. Esta vez él sí se fijó en mí. Nos sostuvimos la mirada el instante que tardé en pasar. La escena se repitió a partir de entonces cada vez que cruzaba por esa esquina.

Una tarde, mientras compraba frutas a pocos pasos de su sitio, se me acercó. Parecía llevar apuro, musitaba algo.

– “¿Has visto a mis amigos?”, me dijo.

Su voz era clara, levemente aflautada. Posó su mano sobre mi hombro por menos de un segundo y me dijo: “Si les ves, me avisas. Es que se me han perdido”. Sobrevino un momento de silencio. Guardé las compras en mi canasto, las eché sobre la bicicleta y me fui a casa, despacio, rumiando las pocas palabras que acababa de intercambiar con quien, acaso en un descuido, extravió a sus amigos.

Meses después se mudó a una esquina distante del centro de Tumbaco por la que yo transitaba a diario. Sin decirnos más, seguíamos saludándonos con la mirada.

***

Pregunté en el barrio por él. Nadie sabía su nombre.

Procuré conocer más. Supe que venía de Puembo o de Pifo. Que su familia tenía dinero o que no tenía nada. Que su mamá era cantante conocida en la zona o que su padre y su madre eran albañiles. O jardineros. Que había estudiado en colegio pensionado o que no había hecho escuela. Que sus padres habían muerto, que bebían mucho y por eso murieron, o que los mató un carro. O que no murieron sino que lo abandonaron. O que no lo abandonaron sino que él solo se descarrió. Que estaba loco. O que se había drogado de más.

Entre la lástima y el miedo, el asco y la curiosidad, varios vecinos intentaron vestirlo. Cuando lo vi por primera vez llevaba el torso desnudo, los últimos jirones de un pantalón y un par de zapatos desahuciados. Alguna gente de Tumbaco procuró darle de comer, regalarle unas monedas, predicarle la palabra del Señor, arrancarle la mugre, obsequiarle la navidad. Pero él no aceptaba nada, o casi nada. A veces recibía comida, otras pedía agua. Un par de ocasiones se dejó esquilar la cabeza.

Supe, además, que tenía un primo llamado Miguel Ángel.

***

“Se llama Ramiro, Edwin Ramiro Cancán Espinoza. Tiene veinticuatro años”, me dijo su primo. Llegué a visitar a Miguel Ángel Pillajo pasadas las ocho de la noche. Me recibió cinco minutos después de cruzar la angosta puerta del albergue de Alcohólicos Anónimos de Tumbaco. Adentro, las paredes almagre absorbían gran parte de la luz blanca de un bombillo de mediana potencia. Desde lo que, intuí, era la cocina discurría un vallenato: “La luz que alumbre a mi corazón…”

En las puertas de su adolescencia el Miguel Ángel también empezó a callejear  y a tomar.

-“La calle te jala así de fácil, te arrastra, te tumba… Ni bien te das cuenta, ya has andado mucha calle”.

Su mirada frontal, su gestualidad mesurada, revelan a un tipo que sabe de lo que habla. En las calles, Ramiro siempre estuvo delante suyo. Sin saber bien por qué, Miguel Ángel nunca procuró seguirle los pasos a su primo. Tal vez tuvo más fuerza o tuvo quien lo sostenga cuando asomaba su vida al filo del mundo. Tuvo quien lo ayude a estar donde ahora está: recuperándose de tanta miseria en un refugio para adictos al alcohol.

Ramiro era vivaz a los doce, corría mucho, jugaba bien al fútbol. Le gustaban los dibujos animados; sus preferidos eran Pinky y Cerebro. En sus primeros años de calle aún corría tras el balón y se abstraía por las desventuras de Pinky y su colega en su afán por conquistar el mundo. Luego dejó de llamarse Ramiro. En la calle se decía a sí mismo el Pinky.

Creció pronto: del licor pasó rápido a la base. “Se soluqueaba un montón”, recuerda Miguel Ángel. Y se jodió. Asomaba con ropa nueva: dos, tres pantalones, capuchas, zapatos Nike, gorras. “¿De dónde tanta cosa, Ramiro?”, le preguntaba su primo. El otro evadía la respuesta. Pero nada le duraba mucho. Uno o dos días después era un espantajo nuevamente: los zapatos rotos, los pantalones peor, la camisa igual. Si no era bazuco era éxtasis, marihuana o cemento. “Unas veces trago, el polvo del muerto, hongos, el agua de sanpíter”. El Ramiro se sumaba a la estadística de los indigentes adictos, esa estadística que no se contabiliza porque a nadie parece importarle.

Hizo dos o tres intentos por salir. Quedó huérfano a los veinte; su hermano mayor procuraba socorrerlo. Pero cada intento terminaba igual. Y luego se le soltaron las amarras de la cabeza.

-“¿Hongos?”, intuyo. “¿Guanto?”.

-“Tal vez todo mismo, la mezcla, sanpíter, cemento, brutal, te cocina, te come el coco”, baja los ojos Miguel Ángel.

A nuestras espaldas suena el frenazo de algún auto que interrumpe su explicación sobre la drogadicción. Cuando Miguel Ángel empezaba a contarme del día en que la familia decidió darle la espalda para siempre a Ramiro, asomó un compañero tras la puerta que separa el garaje donde charlamos del resto del albergue.

-“Que ya no más, Miguel Ángel”, anunció.

A los que viven en Alcohólicos Anónimos no se les permite visitas prolongadas.

***

Casi a las cuatro de la mañana de un viernes, dos adolescentes vieron a la distancia un bulto en la acera. La sangre se extendía desde el bordillo hacia un tercio de la calle. El de los amigos perdidos había perdido, también, la vida. Cuentan unos que Ramiro rompió el cerco de su ensimismamiento para pedir algo a un tipo que pasaba por ahí. El transeúnte estaba borracho y comemierda: lo puteó por hediondo, por mendigo, y se fue. Ramiro le siguió el paso. Esta vez le falló el instinto que le había permitido sobrevivir la dura calle, la pandilla, los trajines del ultraje, la sapada y el choreo. Varias puñaladas y el fin. Eso, dicen algunos, pasó hace menos de un año.

Otros cuentan que Ramiro caminaba por media calle, como solía hacerlo, y que en su abstracción no vio venir al auto que lo atropelló.

***

“Ya vinieron otros como usted, dizque periodistas también eran, ya me preguntaron eso”, responde una vendedora de Tumbaco. Desde su bazar se ve la esquina donde encontré al Ramiro por primera ocasión. Se ven también la calzada y la acera donde dicen haber visto su cuerpo inerte. “Ya me mostraron las fotos”, recalca impaciente la señora. “¿Para qué hablar de nuevo de lo que ya sé, para qué hacer las mismas preguntas otra vez?” Mi insistencia la irrita, la hace errar una puntada en el tejido.

En el cristal de su almacén se refleja el rostro adusto de esta mujer que un año y pico atrás le había pedido a Dios que un alma caritativa se lleve al muchacho. “Hace un mes y medio llegaron con las fotos… se le veía bien, el cabello cortado, la carita limpia, que es que está en rehabilitación, dijeron”.

***

“Se llama Ramiro, Edwin Ramiro Cancán Espinoza. Tiene veinticuatro años. Está en una rehabilitación”, contó Miguel Ángel la misma noche que lo visité en el albergue donde reside. Lleva unos tres años sin consumir. Dice el Miguel que los doctores y el señor Iván, el de la iglesia evangélica, no creían el cambio. Pero sí. Desde que se le voló la cabeza no había consumido más. Le hicieron varios exámenes y lo declararon loco.

– “Ahora va al Julio, al Julio… Cortázar”, dice Miguel.

– “¿Al colegio técnico?”, pregunto, acentuando la palabra colegio.

– “No, al Julio Andrade, al hospital psiquiátrico ese”, responde.

Miguel Ángel no sabe dónde está su primo. No conseguí localizar a Iván, el evangélico. Tampoco obtuve mayores datos en admisiones del Hospital Psiquiátrico Julio Endara. “La información de cada paciente es absolutamente confidencial, a menos que la doctora gerente lo autorice”, me informó Mónica Cumbal, su asistente. La doctora no lo autorizó.

Ramiro solía vivir en un lote baldío a la vera de una quebrada, al cobijo de chilcos, quishuares, llinllines y pencos. Un cúmulo de cartones, tablas, telas y retazos de zinc muestran lo que pudo ser su albergue. Al frente, un tugurio cercano a Tumbaco, resaltan varias tuberías plásticas de desagües. Del albergue desciende una trocha que termina bajo un puente donde tal vez se escudaba Ramiro de la lluvia nocturna. En la baranda de este puente alguien, algún momento, había escrito: Los torcidos somos nosotros.

Transcribo esta sentencia en mi libreta, la cierro y apuro el paso. La tarde me va ganando.

En Tumbaco casi nadie sabe dónde anda Ramiro. Su ausencia de hoy –como su presencia pocos meses atrás– en las calles pasa inadvertida. Su supuesta muerte, como sus años de rondar las esquinas y cañadas de Tumbaco, no es más que una anécdota. Unos pocos, callejeros como él, apenas conocían a el Pinky. Nadie sabe que se llama Ramiro y que cualquier día de estos volverá.