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¿Por qué triunfó y fracasó la así llamada revolución bolivariana?

Latinoamérica necesitaba al chavismo. Lo necesitaba, sobre todo, para recargar de frescura y energía la imagen de una izquierda que como opción política apenas tenía símbolos decrépitos: El Che, Fidel, Allende. Necesitaba desesperadamente renovarse, demostrar al mundo que mutó más allá de las guerrillas y que era una opción de poder. Que creía en la democracia y que podía fortalecerla.

Sin embargo, lo que resucitó como alternativa política lo hizo en forma de un coronel. Chávez irrumpió a finales de los noventas como la renovación, pero desde el inicio su piedra angular fue la violencia: del golpe de Estado con balaceras y muertos incluidos, a la perpetua confrontación y descalificación hacia todo lo distinto al caudillo. Y eso en Latinoamérica produjo un encanto indescriptible. Nos sedujo lo autoritario, macho y violento, siempre y cuando se hiciera en nombre del desposeído, en rescate de los débiles.

El comunismo probablemente asesinó a más gente que el nazismo, pero Latinoamérica como región siempre fue más cercana a Stalin que a Hitler. Y aunque el análisis está enfocado en el chavismo, el fenómeno que hace a la izquierda “lo políticamente correcto”, no es netamente latinoamericano. Al final del día, no importa si el fascismo o el comunismo mato más gente, como Slavoj Zizek lo explica: “La hoz y el martillo, pueden ser utilizados irónicamente en el marketing, pero difícilmente la esvástica sea usada de la misma manera”.

El chavismo se incrustó en Latinoamérica como parte de su imaginario pop (por popular o por populista). Chávez es el centro de la identidad de un proyecto político e ideológico que va más allá de las fronteras venezolanas. Es, o pretendió ser, el rostro de una izquierda que finalmente ganó las batallas, ya no bélicas en algún páramo olvidado, sino las electorales. Y ganó a todos quienes se le pusieran en frente, incluido el imperio. Y se cambiaron las constituciones y leyes y los símbolos patrios y el grito de las fuerzas armadas. Y se creó un viceministerio para la felicidad del pueblo. Cambiaron todo lo que la legitimidad política permitió cambiar. Venezuela, para la izquierda mundial, llegó a ser el emblema de que el socialismo podía ser posible en democracia, la revolución en democracia. Era la posibilidad de superar la máxima leninista que definía a la revolución como electrificación de la patria más soviets.

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Luego de quince años de gobierno bolivariano y tras la muerte del coronel, el balance es evidentemente negativo. Venezuela tiene la tasa de inflación más volátil de la región (57.3% anual), una industria nacional devastada que ha sido reemplazada por importaciones, los niveles de inseguridad más altos del continente (39 muertes violentas por cada 100 mil habitantes según cifras oficiales)  y una sociedad polarizada que pierde cada día la capacidad de diálogo para resolver sus diferencias políticas. Un cuestionado triunfo de Nicolás Maduro complicó el escenario: El heredero carece de la legitimidad de su padre político, el comandante Hugo Chávez. Y termina siendo la violencia y represión la respuesta ante legítimos cuestionamientos de gran parte de la población. Maduro obtuvo el triunfo con el 51% de la votación, lo cual se contradice con lo que Chávez dijo alguna vez: “Es preferible perder con el 49% que ganar con el 51%”. Maduro no puede sostener el proyecto, no por falta de carisma o inteligencia, sino simplemente porque el proyecto cayó económicamente mucho antes de la muerte del militar “rojo rojito”.

Pero más allá de analizar la crisis venezolana, es básico comprender la importancia que tiene para los gobiernos progresistas de la región fingir demencia ante lo que pasa en Venezuela. Si Venezuela cae, el emblema y símbolo de la izquierda latinoamericana que podía ser exitosa, fracasa también. Y aunque ningún Estado está en capacidad de rescatar a Venezuela, por más muestras de solidaridad y coherencia ideológica que haya en el discurso, sí pueden negar los excesos de Maduro. Lo negaron en la OEA y lo seguirán negando hasta cuando sea tarde y el chavismo sea juzgado por crímenes de lesa humanidad.

La explicación para el silencio progresista es bastante simple: si el ícono de la izquierda latinoamericana fracasa, gran parte de un proyecto que se extiende por todo el continente entra en riesgo. El efecto dominó en la política internacional es real y casi incontenible. Los presidentes progresistas de la región no pueden permitir que se desnude la realidad de su “ícono pop”, porque eso significaría aceptar que los principios generales que ellos también aplican, aunque con diferencias, han fracasado rotundamente. Soviets y electricidad fueron remplazados, sí, por inversión social, medidas tributarias de distribución de riqueza, fortalecimiento del estado, híper presidencialismo, límites a la libertad de expresión, destrucción de la institucionalidad, persecución al opositor y enorme gasto militar. Y la cosa se pone peor cuando vemos que el saldo luego de un mes de protestas en Venezuela es de cuarenta muertos. Uno diario.

Es cierta la necesidad geopolítica de Ecuador, Bolivia, Uruguay y hasta Brasil, de tener a una potencia petrolera como Venezuela en el mismo bando ideológico. Sin embargo, lo realmente importante y lo que se cuida es el valor simbólico del chavismo; la izquierda necesita símbolos exitosos. Emblemas de progreso y democracia, algo que el chavismo, luego de mancharse de sangre, tampoco consiguió. Pero la sangre tampoco importa mucho cuando de poder político se trata. Las dictaduras de los setentas y la dictadura cubana, al igual que el chavismo, nos enseñaron que se cometen excesos siempre y cuando sean necesarios, los unos en nombre del progreso y la libertad económica, los otros en nombre de la igualdad y la justicia.