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Una crítica a los periodistas, hecha por una periodista

Quejarse es un deporte nacional y muchos periodistas lo hemos practicado con frecuencia. Es común escuchar que Correa es culpable del deterioro del periodismo en el país. Es cierto que hay presiones que surgen desde el poder. Es real que se crearon entidades políticas para regular el ejercicio periodístico, como es un hecho que se ha dificultado el acceso a las fuentes y que se ha enjuiciado a periodistas.

Pero más allá de eso, nosotros tenemos una responsabilidad que nada tiene que ver con Correa y creo que es hora de asumirla  ¿O dónde queda nuestro compromiso  si es que en lugar de buscar las formas de contar lo que alguien trata de ocultar, nos acomodamos en el puesto en el que estamos?

Cada año se gradúan centenares de comunicadores ávidos de formar parte de un medio y descubren que hay mucha competencia y poco espacio. Pero el precio de ser parte de un canal de televisión o un periódico no puede ser el silencio, pues éstos dejan de servir si lo único que hacemos desde allí es replicar lo que los ministros y funcionarios dicen en las ruedas de prensa.

Nuestra idea de periodismo no debería ser la de convertimos, de pronto, en los voceros más eficientes para difundir las maravillas de una campaña que nos convence de que todo lo que necesitamos es amor. Hay un aparataje gubernamental lo suficientemente poderoso para contar sus verdades como para que los medios –autodenominados independientes– salgan con microondas en vivo y primeras planas de periódicos a replicar lo que una voz en off diría desde Carondelet. Con esa misma eficiencia deberíamos investigar y sacar a la luz las verdades incómodas. Esa es la obligación de un periodista.

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Es momento de ser nuestros más duros críticos. Si nosotros no tenemos el valor de ir más allá de las declaraciones oficiales, si dentro de los medios está restringida la investigación o si se pretende evitar que cuestionemos una mentira repetida, es hora de dudar de lo que estamos haciendo. Si no le podemos impregnar a un texto nuestro propio estilo o si es que los filtros internos de los medios, disfrazados de verificación y rigurosidad, están en realidad orientados a cuidar que el reportaje no incomode a nadie, entonces definitivamente hay que poner en una balanza las cosas.

O elegimos ser periodistas para incentivar a los ciudadanos a que cuestionen, a que no coman cuento, a que investiguen, a que duden, a que reclamen… O preferimos calentar el puesto durante uno, cinco, diez años y así mantenernos como la imagen del noticiero estelar o la firma de la columna mimada del diario. Las dos opciones son incompatibles.

En medio de una crisis para el periodismo y para quienes queremos ejercerlo, la alharaca de supuestas amenazas abunda. Periodistas que anuncian agresiones fruto de su imaginación, otros que dicen salir de los medios por supuestas amenazas y esos que creen que hasta el empujón en la fila del banco se debe a una represalia por su trabajo. Aterricemos. Seamos serios. No busquemos protagonismo. No nos victimicemos. Hagamos nuestro trabajo, que no es ni figurar ni alarmar ni buscar espacios para ser vistos solamente con el fin de alimentar el ego.

Cuando hay tantos elementos que juegan en contra del periodismo es cuando mejor debemos ejercerlo. Cuando desde el poder hay insultos y verdaderas amenazas, la respuesta es la rigurosidad, la honestidad, la valentía, la responsabilidad. No debemos respaldar a nadie que atente contra esos valores. No nos endulcemos en la confrontación con un poder político. Como ciudadanos seamos críticos de todo, de los periodistas incluidos, y como periodistas, cuestionemos de vez en cuando nuestra propia ética.

La vanidad y el maquillaje de un puesto  son pasajeros,  y eso aplica para el cargo político tanto como para el cargo mediático. Que Correa nos mencione en la sabatina tampoco es mérito, aunque para muchos es casi un privilegio. El ego también vive de alimento, pero eso no es periodismo. El periodismo no es vocería oficial, no es comunicación corporativa, no son relaciones públicas, y sobre todo, el periodismo no es comodidad. El periodismo no es la plataforma para ser famosillos y salir en tele. Las voces, los reportajes, las entrevistas, las historias tienen que incomodar (nos).

La culpa no es de Correa. Somos nosotros los que hemos callado, los que hemos aceptado un NO ante una buena historia, los que hemos usado como pretexto las restricciones de una ley, los que no hemos cumplido con el compromiso de ser honestos con nuestras audiencias, y –sobre todo– con nosotros mismos. Somos nosotros, cuando hemos dejado que la vanidad se alimente, cuando nos ha deslumbrado cualquier ofrecimiento del poder, cuando nos ha preocupado más nuestra imagen que la verdad. Somos nosotros cuando no buscamos formación permanente o cuando nos falta rigurosidad, cuando hay periodistas que después de años de ejercicio profesional plagian trabajos o se inventan entrevistas o cuando un día vemos a aquel periodista tan crítico convertirse en relacionista público de una entidad gubernamental y bloquear el trabajo de sus antiguos colegas. Nadie está exento de cometer errores, pero para verlos y aprender de ellos hay que mirar hacia adentro. 

Y es que la crítica, el cuestionamiento y la repregunta, deben empezar por casa.