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El recuento de tres días de #EstereoPicnic2014

Este año Estéreo Picnic se graduó. Ahora hace parte de un grupo más selecto de festivales donde la elección de artistas es tan bárbara que duele pensar en perdérselos. Si bien sigue siendo un gran festival en la ciudad de Bogotá, este año se sintió como un gran festival y punto.

Es cierto que el line up de Estéreo Picnic es bastante bueno desde hace tiempos. Tv on the Radio, New Order, MGMT, Calle 13 –el festival no ha escatimado en la calidad de los artistas que ha traído en otras ediciones. Pero –de pronto mi gusto musical me está nublando el pensamiento– este año el rock le subió el volumen.

Por supuesto que es muy fácil romantizar un evento de estos. “Caía el sol y atrás se oían los gritos de los fanáticos eufóricos”. Es fácil salirse de la realidad por tres días, oír música, sentarse en el pasto y tomarse un par de cervezas y creer que nada en el mundo lo supera. Pero es que traer a Red Hot Chili Peppers, Nine Inch Nails y Pixies a tocar en Bogotá, está fuera de todo romanticismo. Objetivamente hablando, el line up de este año fue realmente bueno.  

Y fue bueno no sólo porque se presentaron grupos de rock. El sábado los sonidos cambiaron. Hubo más reggae, champeta y música electrónica. Bomba Estéreo subió al escenario y la reventó. Tres días de festival y la energía de su vocalista, Liliana Saumet, igual logró ponernos a bailotear, puro fuuueeeeego con su electro tropical.

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Con violín, acordeón, guitarra, platillos, un latino que alentaba al público y rapeaba, un tipo que parecía un pirata y Eugene Hütz cantando con su acento ucraniano, Gogol Bordello se coronó como la banda más excéntrica del festival. El gypsy punk funciona en Nueva York y funciona muy bien en Bogotá. Le añadió un carácter interesante al festival. Bogotá está listo para ver cosas diferentes.

Pero también está listo para ver puestas en escena de clásicos como Los Fabulosos Cadillacs. Si bien no fue mi presentación favorita –tal vez porque no los conozco tanto, de pronto porque todo me sonó muy parecido, como cantos argentinos de estadio– está claro por qué Vicentico mueve masas. El tipo no solo tiene un gran voz, sino que es un capo del rock en el escenario y tiene una tremenda energía con el resto de su banda.

Que mucho hipster, que mucha electrónica, que mucho indie. De pronto , pero al final del día ese es el punto de un festival. Un lugar donde caben diferentes géneros y diferente gente. Un lugar donde se incentiva, además de la música, el diseño joven con marcas de joyas, ropa y otro productos haciendo parte del Hippie Market. Donde se incentiva chiliarse una tarde, botado en un pasto en Bogotá, oyendo música y comiendo algo rico. Que muy caro. , muy caro. Pero si es cierto que traer a Red Hot Chili Peppers cuesta 900 mil dólares y en ese mismo día uno puede ver también a Pixies y a Vampire Weekend, el precio empieza a hacer más sentido.

Por supuesto que hay cosas que todavía fallan. Sobretodo en lo que se refiere a la logística. La salida del festival sigue siendo un dolor de cabeza, la salida del parqueadero puede durar dos horas, la autopista se vuelve peatonal y el tráfico es insoportable.

Pero al final del día poco importa aguantarse una salida caótica con la euforia que produce haber visto a las bandas que a uno más le gustan, o las que pensó que no le gustaban, o las que todavía no había descubierto. Si los oídos todavía le retumban con el bajo de Flea, o todavía no puede parar de cantar Oxford Comma de Vampire Weekend, si Savages lo dejó loco con esa energía de mujeres punkeras, si Nine Inch Nails le revolvió todo el estómago y lo hizo jurar que se va ir a oír todas sus canciones, entonces todo valió la pena. Y , Estéreo Picnic valió la pena.