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Reseña del concierto que el fundador del Ethio Jazz dio en el Teatro Sucre

La noche del jueves 20 de marzo de 2014, dos días después del mega concierto de Metallica en Quito, un monstruo de la música aterrizó en el Teatro Nacional Sucre. Mulatu Astatke, vestido de blanco reluciente, ingresó al escenario con la fuerza que da el ser una leyenda. Fue recibido con honores por un público que desde el inicio se enganchó con el fundador del “Ethio Jazz”.

El músico y arreglista etíope de setenta y un años, primer estudiante africano del Berklee College of Music de Boston en 1960, saludó sobriamente en inglés. Aunque fue difícil comprender su acento, no fue problema entender que su voz delataba la profundidad del que se ha paseado por el jazz por lo menos unos cincuenta años, desde que culminó sus estudios en el prestigioso instituto bostoniano.

El instrumento de Astatke: el vibráfono, una marimba compleja con todas las notas que uno se pueda imaginar, hecha la mayoría de veces de aluminio y bronce. Se ubica en el centro del escenario para que no quepa duda de que entre todos esos músicos brillantes, el “papá” es él. Sus acompañantes en las tablas del Sucre afianzaban su liderazgo. Cómo no iba a hacer así, si este virtuoso etíope ya en 1973 era tratado con reconocimiento y respeto por otro grande del jazz y el “Big Band”, Duke Ellington, cuando estuvo de gira por la Etiopía, la patria de Mulatu.

Y justamente fue en “Motherland” en que el suave golpe de las baquetas que acariciaban las notas del vibráfono, evocaban la melancolía de la tierra africana. Prueba de ello fue la voz profunda y emocionada de Mulatu, que cantó cada una de las notas del vibráfono en cada uno de sus solos, con una expresión facial que reflejaba esos sentimientos. Astatke cerraba los ojos, su ceño arrugado y su cabeza se meneaban al ritmo de las notas que parecían que entraban en su cuerpo calando como un blues que lo transportaba a su Etiopía querida. La fuerza de su música, dicen los entendidos, descansa en la mezcla de las formas y las escalas pentatónicas de su tierra natal con un sentido occidental el swing. Más allá de esa discusión profunda y para iniciados –entre lo cuales no me cuento–, sí vale la pena decir algo: la noche del jueves quedó claro que Astatke domina el jazz occidental, el funk, el blues, el swing, el hip hop, la llamada “música latina”, con el peso y la claridad de sus orígenes africanos.

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Mulatu puso en escena la riqueza de la historia y la cultura musical de Etiopía, con sus instrumentos y la fuerza de su percusión. Al escucharlo, uno puede sentir la fuerza creativa de los pueblos que le dieron a mundo el blues y el jazz. Música ésta, que se hizo presente de la mano, bocas y cuerpos de sus hermanos africanos, esclavizados por occidente en los campos algodoneros, hasta su “liberación” musical en las salas y los bares donde el jazz fue tomando forma desde el siglo pasado. Con seguridad la energía de su música, de su propuesta creativa y el reconocimiento de la fuerza moral de sus ancestros, haya sido una de las razones por las cuales Astatke tiene un reconocimiento mundial por sus aportes al jazz.

Por lo demás, la banda encendió el Teatro. La combinación de lo africano, el funk, y los ritmos latinos, le dieron al público suficiente justificación “pa gozá”. Astatke, que vivió en Nueva York, siente y vivió en carne propia el surgimiento de esos ritmos salseros propios del mundo urbano neoyorquino, alimentado por la presencia de esos locos cubanos y portorriqueños que han hecho de esa música lo que es. No por nada, en una reseña sobre Astatke del diario el Tiempo de Bogotá, se dice que que su incursión en esos ritmos, cuando el hombre vivía en la Gran Manzana, hizo que, cuando tocaba esos ritmos, parecía “tan latino como Tito Puente”.

La banda que lo acompañó, estaba a la altura de los acontecimientos. Danny Keane (chelo), Nick Ramm (piano y teclado), Rod Youngs (batería), Richard Olatunde Baker (percusión), Quentin Collins (trompeta), Neil Charles (bajo), Leo Richardson (bajo). Verlos a todos juntos en escena se ve que es también fruto de la claridad musical de Mulatu Astatke. Cada uno conoce su instrumento y lo que hace, y en el Sucre se vio el gran nivel de las individualidades y del conjunto. Para quienes nos quedamos fuera de Metallica, incluso en momentos, nos sentimos reivindicados por un chelo que, en las manos de Keane, nos traía las mejores notas de algo que iba más allá de jazz y entraba incluso en el ruido perfecto del metal.

Maravillosa noche la del jueves. Que como aperitivo de semejante personaje tuvo al “World Citizen Band”. Un grupo de muy buenos músicos convocados y organizados por Ramiro Olacireguí (guitarra), Uri Gurvich (saxofón), Manuel Schimidl (piano), Keneth Dal Knudsen (contrabajo), Nicholas Falk (batería).

El encargo de “abrir” a un grande como Astatke no debe ser fácil para nadie. Pero la calidad fue muy alta. Se reflejó la formación de cada uno de ellos, que han pasado por los mejores centros de formación musical del mundo. Llenos de seguridad, frente a un público ansioso por ver a Mulatu, se pararon bien y defendieron con destreza sus temas. Gran banda la de estos ciudadanos del mundo que desde Berlín sorprendieron gratamente, al igual que el público a ellos. En ese sentido, y como anécdota, Olaciregui agradecido por las ochocientas almas que escucharon la música de World Citizen Band, dijo que, al menos él, no había tocado muchas veces ante tanta gente. Arrancó sonrisas y demostró la sencillez y el alto nivel de todos los integrantes de la banda.

Una vez más, el Quito Jazz se pasó.