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Un análisis comunicacional sobre la insistencia en los debates electorales

To be or not to be. El dilema de Hamlet se puede adaptar a la política con  varias interpretaciones. En este caso, la interrogante sobre la participación o no de un candidato en un debate en medio de una campaña. Este análisis surge desde dos posiciones: de mi trabajo diario como consultora y de mis creencias sobre la construcción del país a través del acceso a la información, participación y empoderamiento ciudadano.

Quisiera iniciar este análisis con unos datos históricos sobre los debates mediáticos, ya que en la política de antaño estos intercambios de ideas podían darse en diversas palestras. La era de la televisión revolucionó la manera de hacer política. El 26 de septiembre de 1960, el senador John F. Kennedy y el vicepresidente Richard Nixon debatieron ante una audiencia de 70 millones de norteamericanos, dos terceras partes de la población adulta de los Estados Unidos de ese entonces. Fue el primer debate presidencial televisado. Nixon había pasado dos semanas en el hospital y, aún convaleciente, se presentó ante las cámaras bajo de peso, con aspecto enfermizo y fatigado. Se negó a usar el maquillaje propio de las apariciones televisivas. Kennedy se mostró relajado. Se veía saludable y muy seguro. En aquella ocasión se produjo un hecho curioso a la hora de decidir quién fue el vencedor: las personas que siguieron el debate por la radio dieron a Nixon por ganador mientras que Kennedy se impuso por un amplio margen para aquellos que lo vieron en televisión.

Desde el punto de vista de la estrategia política y comunicacional, el participar en un debate debe ser resultado de una estrategia donde los números de las encuestas y el votante indeciso requieran la presencia del candidato. Sirven, además, para desbalancear a la contraparte, señalar sus falencias o debilidades y desmentir los argumentos que pudiesen estar afectando a la campaña propia. En el debate presidencial estadounidense de 1984 entre Ronald Reagan y Walter Mondale, el rumor que existía antes del debate –y que estaba afectando la intención de voto para el republicano– era que Reagan estaba viejo para ser presidente. Cuando le preguntaron su edad, el ex actor respondió: “No voy a aprovecharme de mi edad para demostrar lo joven e inexperto que es mi contrincante”. Todos, incluyendo Mondale, rieron. Reagan se convirtió en el presidente número cuarenta de los Estados Unidos.

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Desde la perspectiva del candidato, el debate debe suceder siempre y cuando la coyuntura de la campaña se  favorezca con esta táctica. Se debe considerar la posición en las encuestas y dependiendo de la distancia con el primer lugar se usará como plataforma para acortar la brecha, se desafiará al favorito y se generará dudas sobre las capacidades de quien encabeza los sondeos. Si el candidato encabeza las encuestas entonces únicamente acudirá al debate si está seguro de ganar o si la negación a ir pueda afectar sus números en los sondeos de preferencia.

No hay duda: los debates son los grandes acontecimientos mediáticos de la campaña. Es una oportunidad para que el votante vea a los candidatos sin cortes ni ediciones. La audiencia está garantizada mucho más que con otra estrategia como contacto directo, puerta a puerta, mailing o spots televisivos. Existirán consultores que refutarán esto, argumentando que el debate tiene un alto riesgo que podría producir cambios sustanciales en la intención del voto. Creo que un debate bien manejado generará curiosidad e  interés para la campaña. Quién es el ganador será siempre tema de extenso análisis. Esto se reflejara en free press y aumento de presencia mediática –los medios se interesaran más por el candidato ganador, se generaran mayores coberturas sobre la campaña y se ampliaran la invitaciones a participar en foros y entrevistas–.  Uno de los debates más interesantes en Latinoamérica fue el que sostuvieron los candidatos a la presidencia del Perú, Mario Vargas Llosa y Alberto Fujimori, en 1990. En ese entonces, Vargas Llosa gozaba de popularidad y altos niveles de reconocimiento nacional debido a su larga trayectoria como escritor. Fujimori era un desconocido con una tendencia de intención de voto creciente y con una estrategia de comunicación altamente eficiente. Según los analistas, Vargas Llosa iba ganando el debate con elocuencia y precisión. Todo cambió cuando Fujimori, argumentando el apoyo del “poder tradicional” hacia su contrincante, mostró una supuesta portada del diario “Ojo” del día siguiente, en la que se daba como ganador del debate al escritor.

El debate presidencial ecuatoriano de 1984 en la segunda vuelta electoral, entre Rodrigo Borja y León Febres-Cordero, es un ejemplo claro de cómo puede influenciar a la opinión pública y aportar a la intención del voto hacia un candidato. Durante esa presentación Febres-Cordero preguntó a su oponente sobre el precio de las papas y, al no obtener respuesta, lo increpo diciéndole: “Míreme a los ojos, doctor Borja”. Febres-Cordero iba detrás en las encuestas y se adjudica a su intervención en el debate su repunte en los números.

Si no hay una preparación, un guión, una estrategia y, más que nada, una actitud serena del candidato para desarrollar su mensaje, el debate puede ser riesgoso. En el debate presidencial de México en el 2000 se evidenció esta falta de preparación en uno de los candidatos. México había estado gobernado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) por setenta años. El 25 de abril, Vicente Fox Quezada de Alianza por el cambio (PAN-PVEM), Francisco Labastida Ochoa (PRI) y cuatro candidatos más se presentaron al debate. Durante su intervención, motivado por las reiteradas acusaciones de Fox durante su campaña de que el candidato del PRI formaba parte de una “facción de políticos corruptos”, Labastida dijo: “Quiero comentar que me ha llamado la atención  que hoy no me haya agredido Vicente Fox con los adjetivos que últimamente ha utilizado. En las últimas semanas me ha llamado chaparro, me ha dicho mariquita, me ha dicho “la vestida”, me ha dicho mandilón”. Participar en un debate tiene su riesgo que puede ser manejado. Labastida pagó un precio alto por su falta de estrategia. Su error fue repetir los adjetivos calificativos que Fox le había dicho a lo largo de la campaña: es probable que no toda la audiencia conocía estos sobrenombres. Al mencionarlos, ayudó a hacerlos públicos. A partir de ese debate, los estudios de opinión reflejaban al votante refiriéndose al candidato del PRI con los adjetivos que él mismo había mencionado en el debate.  

Más allá de los cálculos políticos y de las estrategias de campaña es importante destacar que  para la democracia es necesario que existan debates. Es aquí donde me separo de mis posturas como consultora y me vinculo a mis creencias donde la construcción del país debe ser un ejercicio diario, en las que la participación y el empoderamiento ciudadano son los vehículos para generar propuestas, enrumbar y proponer los cambios. Para llegar a este objetivo, una de las herramientas debe ser el conocer las posturas y creencias de los candidatos y para esto un debate político es indispensable.

To be or not to be o, mas bien, participar o no en un debate político tiene una respuesta clara. Un debate es importante y necesario tanto para la estrategia comunicacional y política del candidato, como para la construcción del país y su democracia.

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