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¿Puede el caos de la ciudad borrarnos el camino a casa?

Es invierno. El sol nos quema entre las calles cubiertas de humedad de lluvia ennegrecida. La Víctor Emilio Estrada es la avenida principal de Urdesa, barrio guayaquileño fundado a finales de la década de 1950. Es, también, un caos repetitivo, los vigilantes de tránsito aparecen y desaparecen con la misma facilidad con la cual alguien se topa con bosta de perro en la calle Higueras, conductores que sacan la mano izquierda para llegar primero para girar a la izquierda, buses con versiones en cumbia de todo hit musical. Un mierdero. Nadie parece contrariado viendo a la cuadra deteriorarse poco a poco: los ecos del cemento al quebrarse, las piedras saltando del centro del concreto antiguo de mis abuelos, de los abuelos de mis vecinos, de los vecinos que ya no están. Hay un solo hombre que parece estar seguro de lo que está pasando. Tiene un carro parqueado en Ilanes con un cartel de cartón que anuncia “empanadas de cangrejo”. Se acerca a él –hoy, mañana, todos los días son iguales– el vendedor de aguacates. Tres hombres con mercadería extraña parecen esconderse bajo un árbol tan pequeño que no alcanza a cobijarlos. Una Ford 150 se pasa la roja. El vendedor de aguacates sonríe y toca un pedazo metalizado de mi bicicleta. Voy con Max, un mago uruguayo que vive en Urdesa desde el año pasado. Vamos en una sola bicicleta porque la mía se dañó tras un accidente hijo de una doble causalidad: conductor distraído y señalética torpe. Ambos decidimos jugar a la muerte.

Max repara mi bicicleta con una especie de cuchara. Somos dos líneas en medio de círculos que se encuentran y fusionan en un tráfico inexplicable a la altura de Lomas, calle que es una rampa perfecta. Max lleva una camiseta talla S impregnada de colores chillones con bordes azules, zapatos Nike de flogger, el cabello rubio elevado en un moño improvisado. Llama la atención de las conductoras de sedan. Coquetísimo, saluda sonriente y canta una canción de Los piojos –una banda de rock argentina muy famosa en los años noventa– que aún no logro identificar.  “Salgamos de Lomas”, grita. Entramos a una zona desconocida. Hay un letrero en la puerta de un garaje que advierte “Peligro, perro malo”. Max me ruega que toquemos la puerta para descubrir al genio que vive en esa casa. Yo le ruego seguir porque a varios metros de distancia una ola caliente de motores se acercan y el terror me invade.

Junto a la acera, Max, personaje demencial, se detiene y saca una manzana. Los carros pitan porque temen que giremos hacia la derecha y nos peleemos el reducido espacio que hay entre ellos. Este hombre come con una parsimonia perversa mientras yo me seco el sudor con asco de esta piel que parece derretirse bajo mi camiseta amarilla. Un poco por joda, un poco por quemeimportismo, mi amigo golpea el pedal sin tomar aliento hasta que una lluvia tímida nos advierte que lo peor está por venir. Giro. Max desaparece y minutos después lo encuentro congelado frente a una cruz de dobles vías cerca de la calle Circunvalación. Quiero oler su miedo, pero la decepción parece tomar sus ojos verdísimos durante unos segundos. Sonríe. Le digo que yo sé que esta no es la rambla de Montevideo y que le va a tocar acostumbrarse. Él me dice “la que no se acostumbra eres tú”. Me he vuelto una extraña más que olvidó cómo regresar a casa en bicicleta.

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