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¿Por qué el Estado decide privilegiar la vida antes que la vida digna?

 

El sábado 30 de noviembre, diversas organizaciones pro-vida realizaron una vigilia en Quito y Guayaquil para pedirle al presidente Rafael Correa que vete el artículo 149 del proyecto de Código Orgánico Integral Penal, de tal manera que se niegue cualquier tipo de posibilidad para que la mujer embarazada pueda realizarse un aborto legal.

Es una negación de la realidad desde un fetichismo por el feto. El problema, en realidad, va más allá de preferir una vida u otra, se trata de cómo se viven estas vidas. La calidad de vida debe primar antes que su simple sacralización.

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Cuando una mujer no desea continuar con su embarazo surge un ‘dilema moral’ que se dilucida si, como dice Fernando Savater, entendemos que la existencia de las personas no debe estar regida por la mera cuestión biológica sino por una llevadera cohesión social.

“No importa cómo vengan al mundo, ¡sólo importa que vengan, que vengan muchos!”, dicen los irresponsables. No importa si la mujer fue violada, si es una niña, si fue abandonada por su pareja para irse con otra adolescente embarazada. Nada es objeción en un absolutismo moral que demuestra el aferramiento a una deontología intransigente pese al dolor del otro, que es de todos.

La razón de todo esto gira en un Túnel infinito: se cree que el penalizar el aborto va a erradicarlo, que una mujer es culpable cuando tiene un embarazo no deseado, que en represalia debe hacerse cargo de su error, que toda vida es intocable así vaya a ser indigna o hayan muchas otras que padezcan hambre, maltrato, falta de oportunidades, de educación, de una familia estable.

En Ecuador, las personas que se oponen estrictamente al aborto forman parte, generalmente, de las iglesias evangélicas  y católicas. Se agrupan en colectivos "laicos" para, desde una plataforma mediática, interferir en la legislación desde sus dogmas de fe. Pero, ¿es acaso un acto de humanitarismo religioso oponerse al aborto, aún en los casos que hemos revisado?

El cristianismo ofrece un credo de caridad, de compasión con el otro, no de lapidar a quien “se lo merece”, regresando al pasado de la venganza, del “ojo por ojo”. ¿Cómo puede ser esta la doctrina de la reivindicación de los pobres, si las muertes por abortos clandestinos prevalecen, precisamente, en las mujeres pobres? Deberíamos pensar en el tiempo del eterno retorno, donde dejando los cimientos del bienestar general sea posible una vida más feliz, que se repita y se extienda.

Con este escenario hostil urge despenalizar el aborto –siguiendo con las políticas públicas actuales de educación sexual-reproductiva y PDD– para que la madre pueda decidir si desea o no traer al mundo más vidas bajo su contexto social real. Pero esta debe ser la respuesta final de una sola persona, en base a la racionalidad; sin tomar medidas frías que no resuelven nada y lo empeoren todo, sesgadas de una emotividad vana y cruel que, a la larga, sólo provoca más daño.

El ser humano potencial no elige existir, por ello, debería considerarse a la mujer embarazada con la potestad de continuar o no con el embarazo antes que al feto de vivir, siendo un potencial ser humano, que carece, hasta la semana 24 por lo menos, todavía de sensaciones y consciencia de la realidad.

Como vemos, a lo largo de la historia le hemos dado todo el valor moral a un ser potencial, que todavía no es, relegando al ser humano total (la mujer) y a toda una sociedad sumida en la pobreza que se ramifica.

La penalización del aborto crece en las regiones más pobres como África y América Latina (un poco superior a la africana) que casi triplica la tasa de la Europa occidental, donde el aborto está permitido casi en cualquier caso, porque adoptaron la cultura de la planificación familiar, desde la despenalización del mismo aborto como base.

El Estado, en los países más pobres, da más énfasis en promover más vidas, y no más vidas dignas o vivibles, penalizando el aborto en una equiparación con cierto pecado de una corriente religiosa. Ha priorizado una fe ocultando el valor de la humanidad entera, tal vez porque la disputa del dilema ha sido siempre: por un lado el feto y por otro, la mujer, sin puntos de encuentro que logren resolver la problemática.

No se trata de dar toda la importancia a la mujer (que la tiene), como suele hacerse desde la palestra feminista, sino a los derechos humanos, cuando 150.000 niños en el mundo mueren al año, hoy, por enfermedades tratables. Tampoco es una postura meramente utilitarista (mayor bienestar para el mayor número de personas), sino humanista: mayor bienestar para todas las personas: niños, mujeres, hombres, pobres y ricos, creyentes y no creyentes.

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Exigir una maternidad obligatoria cuando el ambiente no es propicio es matar a largo plazo. Buscamos la felicidad para todos y aquella se alcanzará cuando el bienestar sea común.