Profundidad

Bromas poscoloniales

bromasposcoloniales_1.jpg

No pasará nada, porque todo es broma, ¿no es cierto, David?

Hay un extraterrestre en la habitación. David dice que tal vez es la lata de spray sobre el escritorio, cerca de su Mac, o el calcetín negro, encogido, tirado en el piso de baldosa. Él no cree que los extraterrestres posean forma humana. Miro alrededor: dos camas sin tender, una caja con cereales de chocolate abierta, el paraguas cerrado, la luz del sol tocándolo todo. Vivimos entre ovnis con forma de cuchillo sucio de mermelada, moneda de un euro oxidada o lata de Coca Cola sin gas. La idea me fascina y me aterra, pero no comento nada. Sonrío para que David sepa que escuché su teoría. Él entra a Facebook y yo busco una chompa en el armario. ¡Un momento! ¡Todo fue una distracción! Él es un alienígena y lo que consiguió con su planteamiento fue desviar mi atención.

                 — Maldito, tú eres el extraterrestre!

                 — Podría ser.

Reímos al unísono.

David y yo compartimos habitación en una residencia de estudiantes, en Barcelona. El cuarto tiene una cocina con dos hornillas, un baño sin cortinas, el escritorio alargado, repisas estrechas y aire acondicionado.  David tiene 19 años, yo 25. Su apellido es Paz, el mío Molina. David estudia diseño y yo literatura. A los dos nos gusta la cerveza, los hot dogs y el chocolate. Tenemos casi la misma estatura (1.70). David es de Figueras (España) y yo de Quito (Ecuador). Nuestros lugares de nacimiento tienen una relación histórica, muy previa a nosotros, que los dos conocemos bien. 

              — ¡Ustedes se llevaron el oro de nuestras tierras, maldito!

              — Ya, pero porque se dejaron.

              — ¡Claro, pero porque nos obligaron y usaron la violencia!

              — Calla, esclavo.

              — ¡Cállate tú, colonizador!

Hemos mantenido diálogos similares antes y frente a otras personas. Sus amigos piensan que, en cualquier momento, él o yo perderemos la paciencia y nos golpearemos. No ha pasado. No va a pasar. Todo es una broma, ¿no es cierto, David?

***

David se ríe y dice que sí, que todo es broma, que igual ya nos quitaron el oro. Me pico y le digo lo que me enseñaron en el colegio: que los españoles que fueron a América eran de lo peor. Que habían salido de las cárceles y que no tenían educación alguna.  Los sucios eran ustedes. No sólo destruyeron creencias ancestrales sino que impusieron el catolicismo, la religión culpable de que la gente sea acomplejada, ignorante y agache la cabeza. A eso hay que sumarle que hasta ahora matamos toros como espectáculo público, debido a que ustedes nos legaron esa costumbre sangrienta. David se queda callado y yo siento que me desahogué con imprudencia. No quiero pedirle disculpas. Después de un rato, me pregunta:

—   ¿En Ecuador tenéis microondas?

—   Sí, sí tenemos.

—   ¿Y tenéis carreteras o se mueven a pie?

—   Claro que hay carreteras.

—   ¿Y hay ordenadores?

—   Sí, David, no jodas.

Cuando no hay Internet en la residencia, David dice: “es culpa del ecuatoriano”. Repite lo mismo cuando algo se le cae al suelo, cada vez que tiene mucha tarea para el siguiente día o cuando cualquier cosa, lo que sea, sale mal. De lo único que tengo la culpa es de haberle dado la confianza para que me joda.

***

Llego a la habitación y David no está. En la puerta de mi armario encuentro una nota escrita y dibujada sobre una hoja amarilla. Me dice que fue en busca de Balrum, un ser mítico (el dibujo muestra a un caballo con un pene prominente), el cual vive en la Isla de la Piruleta. La isla, según el dibujo, está rodeada de tiburones. Otro día, David trajo un disfraz de conejo rosa y se lo puso. Era para un ejercicio de la universidad. Él iba de puerta en puerta en la residencia y yo y uno de sus compañeros lo seguíamos con cámaras de video para registrar las reacciones de la gente. Una tercera ocasión llegó con una mano de madera, a la cual bautizamos Bitch. Es la mascota de la habitación y, misteriosamente, aparece dentro de su mochila, en mi zapato o debajo de su almohada.

Así han pasado cuatro meses de convivencia. Entre otras cosas, yo he aprendido a decir buenas noches, perro, hasta ahora, señora y ‘muéstrame el conejito’… en catalán. Él ha descubierto el significado y cómo usar la palabra ‘chucha’ después de cada oración. He tenido que explicarle, con gráfica incluida, lo que es una humita y por qué en fin de años los hombres se visten de mujer. Yo he entendido, de alguna forma, su visión sobre la independencia de Cataluña y él ha comprendido, creo yo, porque a veces no tengo ganas de volver a un país acomplejado, lleno de traumas.

—¿Viste que Madrid se llenó de basura? — le digo mientras se prepara un arroz o con setas.
— No lo han dicho, pero la basura son los latinos — responde relamiendo la cuchara con la cual mece la mezcla del sobre.
—Bien que ahora están yendo para Latinoamérica. No vayáis, pringaos — remato con mi pésimo acento español.
— Os volveremos a colonizar — me dice riéndose.
— Pero cuando tengan dinero para los tickets de avión. O para rearmar carabelas —respondo, nuevamente, picado.
—¡Nooo, maldito! Iremos nadando.

***

Hace un par de días me desperté por la bulla. Era las cinco de la mañana y David volvía de una fiesta de novatos en su Universidad. Prendió la computadora, activó los parlantes y subió el volumen. YouTube reproducía el video Torres Gemelas de Delfín Quishpe. David recién se había enterado de que Delfín era ecuatoriano. David cantaba y se carcajeaba.

—¡Pero vaya ‘panchito’ este tío!
—¡Mierda, David, apaga eso y déjame dormir!
—En tu país sí que molan, eh.
—En el tuyo también, chucha.

Cabreado, me levanté de la cama y me senté frente a su computadora. Busqué en YouTube el Aserejé, canciones de Bisbal, el baile del gorila.

—Esto es lo que ha producido España, pijo.
—Ya, pero igual les quitamos todo el oro, machupichu.

Me emputa que me diga así. Lo aprendió de una serie española donde hay un mesero peruano que tiene ese apodo. Reacciono mal porque no he dormido bien y le digo, sin problema, lo que ya le dicho en otras veces:

—¡Haz silencio, nazi!

Golpean la puerta. Es el recepcionista de la residencia. Vino a ver si todo estaba bien. Dijo que llamaron a decir que en la 512, nuestra habitación, se escuchaba música a alto volumen e insultos. Una vez más, quien sea  que nos haya oído debe haber pensado que, en cualquier momento, David o yo perderemos la paciencia y nos golpearemos. Pero yo le insisto al tipo de la recepción en que no ha pasado nada, no pasará, porque todo es broma, ¿no es cierto, David?

 

Óscar Molina V.
Quito, 1987. Periodista. Ha publicado en medios como Mundo Diners, SoHo, CartónPiedra, Revista Vanguardia, El Espectador (Colombia) y The Clinic Online (Chile). Editor y docente universitario. Tiene una maestría en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España).