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Cada vez que me alojo en un hotel donde predomina el diseño, la vanguardia y el minimalismo, tiemblo de sólo pensar cómo será la ducha, que es el lugar donde uno más tiembla cuando el caño del agua caliente no aparece por ningún sitio. 

Por supuesto, suponiendo que haya caño y que además uno sea capaz de reconocerlo.

¿Por qué los artistas contemporáneos tienen que meterse a crear «instalaciones» que echan agua? Odio las duchas que combinan sofisticados mecanismos con el diseño, porque en lo último que pienso cuando necesito bañarme es en el diseño. Con lo sencillas que son las tinas de toda la vida, con sus llaves señaladas en azul y rojo para el agua fría y caliente, su palanquita central bien visible para bloquear el grifo y abrir la ducha, y su redondo tapón negro engarzado a una cadenita lo suficientemente larga como para tapar y destapar la tina sin sobresaltos.

Pero no. Los artistas del baño de vanguardia han creado toda una constelación de artilugios que sirve para cualquier cosa menos para bañarse. Por ejemplo, esa línea de griferías cilíndricas o tubulares, imposibles de manipular cuando uno está todo enjabonado, a no ser que nos duchemos con guantes quirúrgicos porque hasta dentro de mil años no desarrollaremos ventosas en las manos como los pulpos. ¿Y qué decir de esas duchas que tienen una enorme regadera fija en forma de plato y una sola llave al centro que gira en todas direcciones sin que uno sepa cómo graduar la intensidad o la temperatura? ¿Y quién no se ha encontrado esas duchas traidoras donde hay un grifo, una regadera fija y una ducha de mano, pero una sola llave para accionar las tres cosas al mismo tiempo?

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No obstante, la peor de todas las duchas de diseño es la cápsula-cabina-telefónica que tiene cuchucientas bolitas distribuidas por todas las paredes de la cápsula y de donde salen cuchucientos chorritos de agua fría, mientras una inmensa regadera fija nos amenaza desde lo alto con un helado y teratológico escarmiento, como cometamos el más mínimo error de interpretación. En esas infames cabinas yo me equivoco en el mismo orden inexorable: primero las bolitas me electrocutan de frío toda la espalda y la barriga; luego la regadera me congela al intentar cerrar las jijunas bolitas, y siempre acabo quemándome porque jamás atino a cerrar la ducha y el agua se pone a hervir sin que hasta ahora haya descubierto cómo. Lo peor de todo es que así uno ni siquiera se jabona. Y de lavarse la cabeza ni hablemos. Qué horror: recién duchado y encima hecho un asco.

No me importa que los lavatorios de diseño parezcan tejas de iglú y juro que no me molesta que los inodoros de diseño tengan forma de volcán, a pesar de que uno pueda resbalarse malamente en el peor momento. Sin embargo, no soporto esas duchas de vanguardia donde hay que bañarse con manual de instrucciones para descubrir por dónde sale el agua, cómo se enfría o se calienta y qué hay que hacer para abrir o cerrar el invento. Lo que faltaba: una ducha de clases. Menos mal que ya se me pasó el arroz de ducharme con alguien, porque hacer el ridículo en pelota picada corta el rollo, da espanto y tiene horribles consecuencias.