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Entre vivir felizmente agotada –lidiar con una ciudad caótica, ser madre trabajadora, mandar al diablo a los funcionarios corruptos– y quejarme por Twitter y Facebook; y estar en un lugar tranquilo y ordenado, pelear con mis hijos, tener arcadas cada vez que tengo que cocinar un pollo, aburrirme y quejarme por Twitter y Facebook, ¿qué prefiero?

 

“Calor de mierda”, “Jueces de mierda”, “Corruptos de mierda”, “Tráfico de mierda”, “Servicio de mierda”, “Tababela de mierda” y una serie de “mierdas” más que repetía cuando vivía en Guayaquil, están en suspenso porque, como les conté, mi familia y yo estamos viviendo en una pequeña ciudad en Alabama, sur de los Estados Unidos. 

 

Cuando hay cambios, es inevitable hacer comparaciones.  “En el taller del carro anterior me atendían mejor”; “Cuando vivía en Puerto Azul no había tanto ruido”; “En la oficina anterior había parqueo gratis”, etc.

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Dicen que las comparaciones son odiosas, pero eso es una mentira de la gente políticamente correcta. Así que he asumido el cambio con más o menos buen humor y he notado que hay ciertos contrastes entre mi vida en Guayaquil y mi vida en Alabama. 

 

De la ley del sabido al miedo de ser reputeada por burra: Una de las cosas que siempre me ha llamado la atención de ciertos coterráneos que en Ecuador son de los que a todo contestan “usted no sabe quién soy yo” y hacen lo que les da la gana, es lo educadísimos que se vuelven apenas aterrizan en Estados Unidos. De repente se vuelven santos cumplidores de todas las normas de convivencia imaginables.  Esto dura exactamente hasta que se embarcan en el avión de regreso y creen que los compartimentos sobre los asientos también están numerados. En Estados Unidos la gente en general no tiene problema en cumplir y hacer cumplir las reglas. Estoy convencida de que ese es uno de los secretos para que este país funcione. A nadie se le ocurre pasarse una fila, subirse a un bus o a un ascensor sin esperar que primero salgan quienes tienen que bajarse, manejar como salvaje o escupir en plena calle. Tienen una gran conciencia del respeto a los demás y le tienen miedo a la autoridad. En este pueblo en particular la gente no sólo cumple las reglas, sino que además es melcochosamente amable y educada. A mí también me ha tocado poner voz de melcocha y sonrisa de chancho en poza. Muchas veces me da miedo meter la pata, hacer alguna burrada, y salir reputeada por algún gringo enorme o hasta por alguna máquina, como esas en las que chequeas y pagas las compras del supermercado sin otro ser humano de por medio –por lo general, un ejemplar de esa especie prehistórica conocida como cajero–, a las que evito porque –como le dije a mi esposo y así me digan anticuada – a mí me gusta el contacto “person to person”.

 

Del terror de ser asaltada en cada esquina a poder dejar las bicis afuera de la casa: Aquí no existe el nivel de delincuencia insostenible que hay en nuestro país. Después de haber sido asaltada a mano armada cuatro veces, prácticamente me disfrazaba cada vez que subía a mi carro. Escondía reloj, anillos, celular y cartera, y tenía un “kit de asalto” compuesto por: cartera vieja, billetera vieja con cinco dólares, celular viejo dañado, listo para entregar a los ladrones. Aquí uno puede andar tranquilo por la calle sin temor a que le arranchen el celular. Mi esposo es de los que regresa en bicicleta de la universidad muchas veces muy tarde en la noche sin problema alguno, cosa impensable en nuestro país.  Sin embargo, tampoco es que esto es la ínsula de Barataria. Hace unos días detuvieron a un hombre que estaba acosando a una de las inquilinas de nuestro condominio y que una noche fue a buscarla con un cuchillo. La semana pasada vi cómo la Policía allanaba una casa a una cuadra de nuestro departamento.  Supimos que a uno de nuestros amigos el año pasado le robaron en su casa y a otro lo asaltaron regresando a ella. Pero se supone que este es un lugar muy tranquilo y así se los siente así. Cosas de percepciones diría el ministro Bustamante.

 

De “gracias por su ayuda” al “hágalo usted mismo”: Los creadores de este lema creen que uno se siente súper orgulloso y autosuficiente de poder armar solito en el lapso de 3 horas una repisa de 6 pisos y que sólo le sobren 4 piezas. Desde que llegas a este país nadie ni siquiera te mira, menos aun te ayuda a cargar ni medio paquete, aunque te vean hecha bolas, con niños y diez maletas. Debo reconocer, sin embargo, que en la ciudad donde estamos es el otro extremo, las personas son serviciales a morir, aquí me ha ayudado gente que no me conoce, me han traído a mi casa desde el supermercado sin haberme visto en su vida y tengo una vecina que es un ángel caído del cielo, porque si no fuera por ella ya habríamos quebrado pagando taxis (ella nos lleva a dejar y a recoger a mi hijo del colegio, entre otras ayudas). Eso, de la puerta de la casa para afuera. Adentro, es impensable pensar en pagar por ayuda doméstica. Excede de todo presupuesto. Esta ha sido para mí la parte más difícil, y no por aniñada. sino porque en realidad yo he sido vaguísima para estas horribles tareas domésticas y aunque mis papás nos enseñaron a mis hermanas y a mí a ser independientes, nunca fuimos muy “mujercitas” porque siempre tuvimos quien hiciera lo que – insisto – es el trabajo sucio. Ahora me ha tocado hacer cosas que en Guayaquil eran impensables: sacar la basura, limpiar baños –con guantes porque realmente es asqueroso; he instaurado, además, un sistema de premios para mis hijos por cada semana sin “salpicar” el inodoro– lavar ropa –lo cual implica: tener suficientes monedas de 0,25 centavos para las máquinas, separar la ropa previamente por colores, revisar bolsillos para no lavar los audífonos de su esposo ni papeles que luego se quedan pegados en toda prenda negra que se mete a la lavadora, acordarse de poner jabón y de que ciertas cosas se encogen en la secadora, doblar la ropa y evitar que su hijo salte en la cama donde estaba todo listo para guardar–; y, lo peor, cocinar –es capítulo aparte porque es patético. Es algo que odio y que siempre odiaré pero digamos que por cultura general y supervivencia es una prueba que hay que cumplir.

 

De ver a los niños por ratos a pasar las 24 horas al día con ellos: En Guayaquil, despachábamos a los niños al colegio, luego almorzábamos juntos y los veíamos a partir de las 6pm, a la salida del trabajo. Recién a esa hora podíamos tener alguna actividad juntos, aparte del fin de semana. Por eso se acostumbraron a dormir tan tarde. Acá, con excepción del tiempo que mi hijo mayor pasa en la escuela, nos toca estar juntos todo el santo día. Ha sido un redescubrimiento. Lo disfrutamos, ellos están mucho más cariñosos y me encanta. Es más fácil educarlos si una está cerca. Pero confieso que hay días que he querido aplicarles dardos tranquilizantes o dejarle una nota a mi marido diciéndole “cuida a los niños” y salir corriendo.  He leído tantos blogs de mamás al borde de un ataque de nervios que al menos sé que no estoy sola en el mundo y al tener estos hijos tan intensos confirmo que lo mejor que pudo pasar es que tomara las riendas de su educación. 

 

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De las amigas karaokeras a la amiga con velo: Mis amigas de Ecuador son lo más divertido del mundo. Siempre salíamos a comer, tomar un trago, karaokear y nos faltaba tiempo para conversar, reírnos, y, obviamente, chismear. Aquí, debido a que mi actividad principal se realiza en casa, es difícil hacer amigos nuevos. La persona con la que más contacto tengo es la vecina a la que me referí anteriormente, que es de Malasia. Es una chica muy dulce, solidaria, alegre y recatada. Debido a su religión islámica, cubre su cabeza con una especie de velo y el día que le brindé una cerveza en mi casa me miró con cara de “esta man se va a ir al infierno”.  Ayer me ofreció irnos de “shopping”. Yo feliz, me puse casi brillos y tacos de aguja, me cepillé el pelo, me maquillé, para terminar en una tienda de ropa de segunda mano. Casi me muero Luego me llevó a Walmart, que sentí como si fuera la 5ta Avenida de Nueva York.  Le tengo mucho cariño y espero agarrar confianza para ver si la puedo dañar un poco. Por ahora me conformo con chismear con mis amigas de Ecuador por los grupos de Whatsapp o hablando por teléfono con las que viven en otras ciudades en este país, y procurar conocer nuevas personas.

 

De la independencia económica al “¿Gordo, puedo comprar esto?”: al vivir con ingresos de estudiante hay limitantes que antes no tenía. Si me gustaba una blusa, unos zapatos, una cartera, un perfume, me lo compraba sin avisarle a nadie. Acá debemos ser muy cautelosos con el dinero (no al punto de comprar en la tienda de ropa de segunda mano, pero cautelosos al fin).  Eso no impide que sueñe revisando todo catálogo o página web que ofrezca descuentos.

 

De los grados Celsius a los grados Farenheit: No saben cómo me arrepiento no haberle parado más bola a las clases de matemáticas en el colegio. No entiendo por qué los gringos usan grados Farenheit, millas, pies, y no se imaginan lo que me demoro en calcular temperatura, distancias y medidas, en la mitad de donde me encuentre, calculadora en mano.  Cuando leía que al día siguiente tendríamos 50 grados me imaginaba derretida, sacaba atuendo casi playero, y total que no ha sido tan caliente.

 

Es probable que en muchas cosas, terminarán habiendo más similitudes que diferencias entre ambos tipos de vida. Por lo pronto, seguiremos procurando que el camino sea divertido y sacarle el jugo a la experiencia, hasta que decida qué prefiero. Y luego quejarme en Twitter y Facebook.