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"En la lucha entre uno y el mundo hay que estar de parte del mundo”.

– Franz Kafka

Parecería absurdo que el condicionamiento de una vida esté fijado por el número que marca la báscula cuando te subes en ella, todo lo que puedas haber logrado, lo que hayas hecho para estar mejor, lo que hayas aprendido y lo que puedas enseñar pierde absoluta validez si no cumples o no entras en los parámetros estéticos fijados. Y así, si les pones mucha atención a los números serán ellos quienes te gobiernen.

Siempre me admiró cómo ésta sociedad te castiga por ser diferente. Es pasivamente agresiva, no te embiste directo, te golpea poco a poco. Es una suerte de tortura con gotero de agua helada que te golpea en la frente mientras estás en el suelo, mirando al techo con las manos atadas. Te va perforando la piel poco a poco y el dolor es lento y constante.

Dicen que uno aprende a vivir con sus fantasmas y dolores, probablemente yo todavía no me acostumbro a estar del lado de ninguno de los dos. Padezco de una irrevocable obstinación por llevar la contra, tal vez ese es mi mayor atributo y a la vez, mi peor condena.

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Me levanto y me miro al espejo. Hay días en los que no me devuelve una mentira, a veces me conformaría aunque sea con una piadosa, pero me golpea de frente con la realidad sosteniéndome cruelmente la mirada. Me lleno de odio contra el mundo y contra los espejos, pero el mundo sigue girando y el espejo me sigue devolviendo mi dosis de realidad. Así, pasan las horas y se me nubla la mirada.

Una de las pocas certezas que tengo es que no deberíamos tener que luchar en contra de lo que somos. No podemos no concebir a la belleza o el amor desde un ámbito diferente porque la gente, el colectivo, el otro te hará pagar por no querer estar dentro de los estándares que ya están fijados.

Atreverse a cambiar es una ofensa, ser uno mismo es un reto que nadie está dispuesto a asumir y si lo haces, debes pagar el precio por ello: no contarás más con gente, espacios o momentos, dejarás de pertenecer y no te dejarán en paz hasta que cambies.

¡Bah! Hay días en los que mis derroteros personales me convencen de que el precio que hay que pagar por ser uno mismo es demasiado alto, y es peligroso comenzar a darles la razón.

El día y la noche pasan en medio de la incertidumbre. Me siento afligida. Espero que Kafka no tenga razón, a veces prefiero creer que en la lucha entre uno y el mundo, uno puede seguir estando de parte de uno sin que eso le cueste la vida.

Me acuesto y sigo mirando al techo, me cae una gota helada más.