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@lffonsecal

Fotografía: Iván Chávez y Daniela Scalla.

Es la mañana del viernes 25 de enero y el cielo gris de Quito se confunde con los muros que rodean la cárcel de El Inca. Jenny se sienta en la acera, mira a un punto fijo y su preocupación se disipa entre los regaños que les hace a sus hijos –dos y cinco años– y a su sobrina –cuatro años– para que no jueguen en la calle.

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Estoy ahí desde las nueve horas para ver los murales que tres artistas hacen dentro de la penitenciaría junto a las privadas de libertad. La pintora Daniela Scalla será mi contacto para entrar, la espero en el restaurante de en frente donde un letreo dice: «Encargo de celulares a $1» (para las visitas está prohibido meter teléfonos móviles). Entonces veo a los niños y me acerco a preguntarle a la mujer de cabello teñido y ensortijado si entrará, pero un carro de la policía ha llegado y Jenny se abalanza a este dejándome con los infantes por un momento. Temo que los buses de la calle Las Toronjas los atropellen si la escurridiza naranja con la que se divierten se les escapa. La mujer vuelve sollozando y me ve en silencio. Después llega su cuñada, madre de la niña y que, como Jenny, no debe tener más de veinticinco. La primera le cuenta que su hermana ha ingresado, que no la dejaron verla siquiera porque no es día de visitas y que los guaguas ni se dieron cuenta.

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Daniela llega y me hace cruzar la puerta negra como su acompañante del proyecto «Murales de Libertad». En el patio interior, el guardia del ingreso revisa un balde de pintura y pone nuestras cédulas en un fichero de la garita de vigilancia. Cuando quiere confirmar que soy uno de los muralistas, Scalla le dice que soy periodista y me impiden entrar aduciendo que necesito la autorización de la directora de la cárcel.

Sé que quienes están recluidas cuentan sin remilgos sus historias a la prensa pero quiero pasar desapercibido entre las pintoras que llegarán después. Quien las organiza ha estropeado mis planes y me dice que espere a Grace Guerrero, la directora.

Llega Ana “Tijeras”, otra de las autoras de los murales, entra con Scalla y yo me quedo esperando a la autoridad que decidirá si puedo pasar. Después llega Carol Bone, otra pintora, se registra y entra con prisa. Miro el reloj: son las diez y cuarenta y cinco, entonces reconozco a Guerrero quien me hacen esperar aún más en el pasillo que da a su oficina.

A las doce y quince, termina una reunión con un par de guías penitenciarios y me abre la puerta de su despacho para decirme lo que ya imaginaba: que debí haber pedido un permiso de ingreso al Ministerio de Justicia para que el Departamento de Comunicación de la cárcel decida si entraba o no. En realidad, no quería oír esas instrucciones que ya conocía ni explicarle a la directora que será mejor que nadie se entere de que soy prensa, que busco historias fuera de las declaraciones oficiales que dan a los medios… pero el tipo encargado de abrir la puerta se fue a almorzar y me quedé ahí atrapado, desde que Bone se despidió, durante dos horas.

Cuando salgo de la oficina, el encargado de la puerta viene apresurado porque una camioneta roja quiere descargar cajas de tomate riñón, costales de papas y naranjas, canastos de aguacates, ristras de ajo y cabezas de plátano que trae de Otavalo para una-varias de las reclusas. La puerta se abre y aprovecho para salir después de pedirle mi credencial al guardia de la garita.

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Afuera me sorprende que Jenny, su cuñada y los tres infantes sigan en espera, tratando de obtener el número de la cabina telefónica que debe estar apostado cerca de los murales que yo no pude ver y que los comunicaría con su pariente recién llegada.

“Tampoco entro todavía” le digo a Jenny. Ríe y mueve la cabeza de un lado a otro en complicidad. Su esposo trabaja en un mercado al sur de Quito, por eso no ha venido a ver a su hermana como había ido a visitar a Jenny hasta hace una semana. Ella estuvo presa porque la policía encontró la marihuana que alguien le encargó antes de que un desconocido la venda al menudeo. La historia se repitió con la mujer a quien detuvieron la noche anterior.

—Hoy la llevaron de la PJ (Policía Judicial) al Juzgado de Flagrancia y dijeron que la tendrían aquí veinticinco días para una indagación previa. Ella tampoco tuvo la culpa porque le encargaron la droga; nosotras ni siquiera vendemos— me cuenta.

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En ese instante, un hombre de traje se abre paso entre el tumulto que nos rodea junto a la puerta negra. Le abren la ventanilla de rejas y ordena llamar a la “pasadora”: una mujer negra, de larguísimo cabello recibe las fundas de víveres que el hombre había comprado en un supermercado. Jenny se apresura a ver qué pasa y le dice a la “pasadora” que sólo le faltaba enviarle un papelito a su hermana, le da el encargo y agradece el favor. Después de un cuarto de hora la negra sale y le devuelve el papel con el número de teléfono.

Hablan con la reclusa, lloran por la distancia impuesta y otra vez se distraen de los niños que al fin han dejado los juegos por el sueño. Luego las dos cruzan la calle y compran en una tienda jabón y pasta dental que enviarán con la “pasadora” adentro de la cárcel. Pero a esta también le ha llegado el turno de almorzar, así que Jenny toma el encargo con ambas manos y le pide al guía de la puerta que la deje entrar nada más para entregarlo. El guardia cede y ella corre al portón interior tras el que abrazará a su hermana, y, le deseará suerte en esta pausa de su vida similar a la de centenas de mujeres recluidas delante de los murales que aún no veo más que en fotografías.

 

Luis Fernando Fonseca